Cuando un ser querido deja la vida física, la mayoría de personas, espiritualistas o no, se plantean si realmente habrá llegado el fin; si esa vida y ese ser, con sus emociones, recuerdos y amores ha desaparecido en la nada. Frente al silencio del féretro siempre hay tiempo para la reflexión e íntimamente todos creemos que sí, que hay vida después de la muerte. Sin embargo para la generalidad es una creencia difusa que no tiene ni sustento ni prueba racional, y es precisamente esa duda la que desgarra los corazones de quien ve marchar a sus seres queridos.

A algunos esa incertidumbre les lleva a buscar como sea una confirmación de que él o ella sigue viviendo, que está en el otro lado sano y salvo. Así emprenden un tortuoso camino que les puede llevar a pasar ante esotéricos, echadores de cartas o “médiums” y adivinos. En unas consultas que tienen más de negocio que de mediumnidad, no encuentran ni pruebas ni evidencias y con poca perspicacia que se tenga se puede descubrir el engaño. Es por eso que los espíritas no nos cansaremos de repetir que eso no sólo no es espiritismo, sino que detrás tampoco hay espíritus ni facultades mediúmnicas. Cuando alguien se presta a esas consultas o pretende lucrarse ejerciendo de médium está ya demostrando por ello que no conoce ni el abc del intercambio mediúmnico, que posiblemente no sea médium, y que si lo es, va a ser objeto e instrumento de engaños y de una segura suspensión de la mediumnidad.

Si fuera cierto el adagio que cuando el río suena agua lleva son ya más de 3.000 años que los espíritus “suenan” a través del cauce de la mediumnidad y sus sonidos tintinean en la mayoría de los libros religiosos desde los Vedas. Aunque el río que nace cristalino se puede oscurecer, por la tierra y la suciedad del camino, prosigue siempre adelante hacia el mar puro. El ser humano ha logrado salir del lodazal del fanatismo religioso por la conquista de las verdades científicas, pero aún no se consiguió erradicar la turbidez que permita a todos observar el río y admirar el fondo. Si se cruza por puente seguro se puede ver y muchos científicos han metido incluso los pies en el afluente de la investigación mediúmnica demostrando que hay médiums.

Pero mientras la confirmación de este hecho no sea generalizada, la ignorancia es y será fuente de desequilibrios y muchas personas pasan por el vía crucis de ser médiums sin encontrar quien les entienda y oriente.

¿Y si dijéramos que hay un manual, un libro de instrucciones para utilizar correctamente la mediumnidad? Estaríamos hablando de El libro de los Médiums. Antes de emprender la búsqueda aciaga de un médium que le traiga a su ser querido, lea este libro.

Antes de pretender hacer uso de una herramienta que tiene y no sabe utilizar, analice y estudie este libro. Antes, en fin, de perder tiempo, dinero y salud, busque primero saber, porque hasta el mono sabe el palo que trepa.

Dedicamos así este número a los 150 años de la publicación de El libro de los Médiums.

Seguramente ha llegado la hora de que más personas conozcan qué soluciones proponen los espíritus, en este momento especialmente singular en nuestro país que ha llevado a ciudades de todo el mundo a repetir el ejemplo español de Puerta del Sol.

Suscribimos la indignación frente a las desigualdades sociales, frente al egoísmo y hacia una mejor organización social, política y económica de la sociedad. Pero esta indignación debiera dirigirse fundamentalmente hacia uno mismo, encontrando que no podemos reclamar de los otros la ausencia de un materialismo y un egoísmo que aún nos domina interiormente. Cada día y cada hora es una oportunidad de manifestarnos en acciones por un mundo mejor cumpliendo mejor nuestros deberes, teniendo mayor conciencia política y social. Pero mientras la fórmula del Amor no sea puesta en práctica por el hombre, siempre habrá quien se aproveche del otro ante la más mínima parcela de poder. Sigamos el ejemplo de Cristo, el mayor médium de todos los tiempos, que bajo la gran premisa pacífica de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, trajo la mayor revolución del ser humano en su práctica del amor al prójimo como a uno mismo.

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