El mes pasado hubo una conferencia en Madrid del famoso autor de Vida después de la Vida, libro convertido en best seller y que divulgase ante el mundo las experiencias cercanas a la muerte, ampliando el ya inmenso abanico de fenómenos que muestran la realidad de la vida después de la vida. Años después de la publicación de aquel libro, también llevado al cine, el propio Raymond Moody descubriría en primera persona, a través de las regresiones, que no sólo hay vida después de la vida sino antes de ella.

Muchas filosofías y religiones han defendido en todas las épocas la vida post mortem y entre ellas algunas presentaban además la idea de la vida antes de la   vida. Pero este concepto saltaría del campo de las creencias hacia la experimentación con dos pioneros en regresiones a otras vidas: José María Fernández Colavida y Albert de Rochas. Un siglo más tarde, entraría en el mundo académico en la Universidad de Virginia, en Estados Unidos, a través de Ian Stevenson, director del departamento de Psicología, y también en la Universidad de Jaipur, en la India, con los estudios del Dr. Nat Banerjee, director del Departamento de Psicología. Ambas Universidades, en grupos multidisciplinares, reunirían por separado pruebas y demostraciones de más de 4000 casos de niños que han recordado con precisión vidas anteriores.

Las comunicaciones mediúmnicas vienen a confirmar esta realidad, los espíritus manifiestan haber tenido otras existencias y el velo del recuerdo sólo se descorre ante su vista paulatinamente cuando ya han progresado lo suficiente para no desfallecer ante el peso de los errores pasados.

En las recónditas cuestiones filosóficas acerca de dónde venimos y hacia dónde vamos, la muerte no es el final, ni la cuna el principio.Y nuestra razón busca respuestas en esta aparente injusticia por doquier, en esos niños que nacen desamparados, enfermos, expuestos a las peores vicisitudes de este mundo egoísta. Hay tras cada ser una historia profunda que va más allá del principio biológico del cuerpo físico. Nuestro presente es la consecuencia de un pasado reencarnatorio de la misma forma que marca de forma casi indeleble el día de mañana, la encarnación venidera. Somos herederos del ayer y constructores de nuestro destino. No hay injusticias, ni acciones sin pena ni gloria, ya que todo obedece a una ley de causa y efecto que nos educa y sitúa exactamente donde nos corresponde. Una ley sabia y justa que esculpe nuestra alma y de lo peor saca lo mejor, en nuestros errores pasados coloca el cincel de las consecuencias.

Ah, pero cuando ese buril nos golpea, todavía no vislumbramos el grabado final, la virtud que anticipa y clamamos en contra de ¡la injusticia!, ignorantes de que antes fuimos nosotros los que asestamos golpes más severos aún. Ignorancia necesaria como necesario es el olvido para cumplir nuestras pruebas sin el peso del tiempo pasado.

¿Quiénes fuimos? Qué importa ¿Qué hicimos? Mejor no saberlo ¿Quiénes seremos? He ahí lo importante y de nosotros depende. Nuestra conciencia nos marca el buen camino, escuchémosla. Pero si a pesar de todo queremos ahondar en el antes de nuestra vida, estudiémonos, observemos nuestras tendencias e inclinaciones, exploremos nuestro interior, sigamos ese conócete a ti mismo tan antiguo como el templo de Delfos. Porque en el ¿cómo somos? podemos descubrir ¿cómo fuimos? y trabajar en el ¿cómo queremos ser?

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