Desde las épocas del codificador Allan Kardec y del astrónomo sensitivo Camille Flammarion, hasta nuestros días, los conocimientos científicos sobre el Universo han cambiado y se han desarrollado notablemente. Sin embargo, el aspecto filosófico y moral de la comprensión de Dios y su creación, el Universo, permanece fuerte y firme en estos preclaros autores.

Y recordemos cómo este astrónomo francés en su obra Dios en la Naturaleza, cuya introducción terminó en mayo de 1867, dos años antes de la desencarnación del maestro lionés, nos narra, con ese sentido poético, en el tomo V, del citado libro lo siguiente: «La Tierra era cual átomo fluctuante en el infinito. De este átomo, sin embargo, a todos los soles del espacio, aquellos cuya luz lleva millones de años para llegar hasta nosotros, a los que yacen desconocidos más allá de nuestra visibilidad, yo sentía un lazo invisible abarcando, en un solo halo vivificante, todos los universos y todas las almas. Y la oración celestial, grandiosa, inmensurable, tenía su repercusión, su estrofa, su representación visible en aquella vida terrena que palpitaba en torno de mí, en el rugido del mar, en el perfume de las selvas, en el canto de las aves, en la melodía confusa de los insectos, en el conjunto emocionante del escenario y, sobre todo, en la luminosa tonalidad de aquel extraordinario crepúsculo». Flammarion era un poeta del universo, que traducía, en versos y en prosa, las bellezas de la obra de la creación.

El insigne pedagogo francés Allan Kardec sitúa en el Libro de los Espíritus (Cap. III del Libro Primero), una de las definiciones del Universo más notables, cuando se afirma: «El Universo comprende la infinidad de mundos que vemos y que no vemos, todos los seres animados e inanimados y todos los astros que se mueven en el espacio, como también los fluidos que lo llenan». Esta definición es filosóficamente fuerte y permanece vigente a pesar de todos los descubrimientos de la astronomía y la astrofísica.

Hoy día las investigaciones sobre la estructura actual del universo nos muestran que éste se encuentra constituido por galaxias, grupos y cúmulos de galaxias. Nuestro planeta Tierra se encuentra en el Sistema Solar, ubicado en uno de los brazos de la Galaxia denominada Vía Láctea, que tiene forma de espiral y que pertenece al llamado Grupo Local, que consta de nuestra galaxia, las nubes de Magallanes, la galaxia de Andrómeda y varias «galaxias enanas».1

Se calcula que existen 100 mil millones de galaxias en el Universo conocido, el cual corresponde al 8% de la materia visible; mientras el otro 92% del universo corresponde a materia y energía oscura que no es visible. Lo que quiere decir que la mayor parte del universo es desconocido para nosotros y ni siquiera lo podemos ver.

Sin embargo, no encontramos una clasificación científica de los mundos porque en astronomía utilizan el término planeta, que fue definido por la Unión Astronómica Internacional en el 2006, como un cuerpo celeste en órbita a una estrella y que debe tener suficiente masa para hacer que éste tome una forma esférica y sea el cuerpo dominante de su órbita.

Apenas la humanidad conoce un  poco  acerca de los planetas del sistema solar, a los que divide en planetas interiores, que son sólidos y rocosos (Mercurio, Venus, La Tierra y Marte), y en planetas exteriores, que son casi totalmente gaseosos (Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno, pues desde agosto de 2006 Plutón ya no es considerado un planeta).

Esta clasificación, como vemos, se realiza en base a las características físicas de los planetas, es decir, una clasificación materialista. Por ello el aporte hecho por la Doctrina Espírita al conocimiento humano, de plantear una clasificación con un criterio moral, es realmente una revelación única, y seguramente prevalecerá a través de los tiempos, sin perder vigencia conceptual.

Creemos que Kardec fue un pionero en colocar la primera clasificación moral de los mundos, cuando publica en abril de 1864 El Evangelio según el Espiritismo, y en su capítulo III plasma muy acertadamente la siguiente categorización:

  1. Mundos primitivos: donde se hacen las primeras encarnaciones del alma.
  2. Mundos de expiación y pruebas: donde todavía domina el mal.
  3. Mundos regeneradores: donde las almas aún expían, pero adquieren fuerzas para continuar en la lucha.
  4. Mundos felices: donde el bien predomina sobre el mal.
  5. Mundos celestes: donde reina el bien.

Hay otro tipo de mundos descritos en la codificación. Son los mundos transitorios (ver preguntas 234, 235 y 236 de El Libro de los Espíritus), que están habitados espiritualmente por Espíritus errantes, quienes al estar reunidos se instruyen y progresan. La Tierra ya fue un mundo transitorio en su época de formación, es decir, antes de ser mundo primitivo y de albergar los primeros seres encarnados.

Podemos afirmar que en el universo los Espíritus evolucionan en grupos, en humanidades que pueblan los diferentes planetas, pero cuando algún espíritu evoluciona más rápidamente, puede ascender en la categoría de los mundos morales, al igual que aquel que persiste en el mal, cuando el planeta ascienda en la escala de los mundos, estará condicionado a permanecer en un orbe acorde a su estado vibracional, lo que no implica que está decreciendo, evolutivamente hablando.

Aunque indudablemente, esta clasificación realizada de los mundos es de carácter moral, según la evolución espiritual de sus habitantes, podemos inferir que lógicamente va acompañada de una evolución material del planeta como tal, lo que quiere decir que cuanto más evolucionado moralmente esté una humanidad y el mundo que habita, más perfectible será la naturaleza, más equilibrada la relación de sus habitantes con todo el ecosistema planetario y por supuesto el estado vibracional y lumínico será cada vez mayor, porque reflejará la sintonía de sus pobladores con las leyes divinas.

Hay mundos habitados que pasan por fases de transición de un nivel a otro, lo que genera períodos de crisis, como ocurre en nuestro planeta Tierra en los tiempos actuales. Somos un planeta en transición, de mundo de pruebas y expiaciones a mundo de regeneración.

No todas las categorías morales de los mundos se encuentran en un mismo sistema solar, pero sí en una misma galaxia, ya que la cantidad de estrellas es tal, que facilita la probabilidad de su existencia en los planetas que las orbitan. En esta clasificación moral de los mundos habitados, podemos ver:

  • Los reflejos de la Justicia de Dios, en relación a sus hijos que poblamos el Universo, pues brinda para todos las múltiples opciones, en el proceso de ascensión en la escala progresiva de la evolución.
  • Refleja también el principio de solidaridad y fraternidad universal, pues los diferentes mundos y sus humanidades son solidarios, ya que, en muchas oportunidades, grupos de Espíritus pueden migrar de un mundo a otro, con el objetivo de ayudar en su adelantamiento moral, científico, filosófico y espiritual, unas veces en misión y otras por no haber alcanzado el nivel vibratorio que su mundo original y su humanidad logró.

Encontramos que 40 años antes de la publicación de El Libro de los Espíritus, el Dr. Gelpke publica en Leipzig en 1817 la obra Exposición de la Grandeza de la creación Universal, de la cual Kardec publicó un texto en la Revista Espírita, Periódico de Estudios Psicológicos Año VI, noviembre de 1863, vol. 11, con el título: “Pluralidad de existencias y de los Mundos Habitados”, y que desarrolla los siguientes e interesantes conceptos:

«….como de la organización de cada mundo depende la de los seres que lo habitan, éstos deben, tanto interna como externamente, diferir esencialmente en cada globo. Ahora, si consideramos la multiplicidad e inmensa variedad de las criaturas en nuestra Tierra, donde una simple hoja no se asemeja a otra, y si admitimos una gran variedad de criaturas en cada mundo, cuán prodigioso nos parecerá su multitud en el inmensurable reino de Dios. »

Y Kardec en la explicación a la respuesta de la pregunta 58 de El Libro de los Espíritus confirma lo siguiente: «Las condiciones de existencia de los seres que habitan los diferentes mundos deben ser apropiados al medio en que están llamados a vivir».

Y nosotros estamos llamados a vivir en este bello planeta azul, a cuidarlo, a amarlo y a preservarlo para las futuras generaciones que somos nosotros mismos, cuando heredaremos nuestra propia Tierra, en la sinfonía divina de los mundos habitados, donde nuestro Creador nos colocó.

1 www.bibliotecadigital.ilce.edu.mx/sites/ciencia

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