La comprensión de la realidad del Espíritu como ser eterno, pasa a ser prioritaria en la vida actual, si el deseo es garantizar un porvenir feliz, ya que las ideas del hombre están en relación con su saber.

¿Qué enigmas ocultará realmente la muerte? ¿qué seremos desde el instante en que el cuerpo ya no posea vida? A algunos les puede afligir pensar en qué les va a ocurrir cuando mueran, si estarán solos o acompañados, si sufrirán o serán dichosos.

En realidad, el entendimiento del destino del hombre es fundamental para un eficaz desarrollo de la vida, porque no basta con saber que seguiremos vivos, sino que es necesario construir con las acciones y pensamientos durante la vida un estado que garantice un futuro venturoso. La muerte no es más que una transformación natural, es la extinción de la vida orgánica. El Espiritismo elucida, entre otras grandes verdades, que el Espíritu sigue vivo siempre, eliminando los misterios y las incógnitas sobre la muerte.

Es muy importante comprender esa cuestión, porque descarta absolutamente la muerte como el final para el ser, haciendo ver que en realidad no hay una desaparición hacia la nada, la entrada en un sueño profundo por tiempo indeterminado o incluso la permanencia en un estado de paraíso o infierno eternos, sino que aclara que simplemente dejamos de estar aprisionados en la materia, sujetos a las barreras y limitaciones físicas para volver al mundo imperecedero. Es el término de una etapa y el inicio de otra, en la cual lo que se deja atrás es el cuerpo físico que se descompondrá paulatinamente, mientras el Espíritu inmortal sigue, consciente, actuante, absolutamente vivo y vibrante después de ese tránsito.

El triple aspecto de la Doctrina Espírita esclarece acerca del origen, la naturaleza y destino de los Espíritus, demostrando sin duda que son las actitudes y sentimientos durante la vida física los que hacen la gran diferencia en el estado dichoso o desdichado que encontrará el alma en el mundo espiritual. Nos enseña que ese pasaje para el mundo real puede ser rápido, fácil, dulce y sin sufrimiento o, por el contrario, laborioso, lento, arduo y doloroso, así como las impresiones postreras. ¿Qué condicionará que pase el Espíritu por una u otra sensación, que su vida en el mundo espiritual sea agradable o penosa? La condición determinante del estado en que se encuentre el Espíritu es irremediablemente acorde con el nivel de elevación moral adquirida por él.

No olvidemos algo muy importante, venimos del mundo espiritual, ese es el plano real, verdadero, hogar natural del Espíritu. Tenemos al nacer una oportunidad de desarrollo durante la nueva vida en la Tierra que es una especie de escuela-taller para que el Espíritu experimente y desarrolle su progreso. Luego, pasado el tiempo que cada uno necesite, el ser retorna a la comunidad espiritual, ambiente genuino del Espíritu.

Este proceso se repite innumerables veces, tal como está escrito en el dolmen del insigne codificador Allan Kardec, “Nacer, renacer, progresar siempre, tal es la ley”. Todos los Espíritus que se encuentran en ese mundo mayor o espiritual, necesitados de volver a encarnar para desarrollar sus aptitudes y facultades, son llamados Espíritus errantes.

No obstante, esa condición no es un signo de inferioridad, pues hay Espíritus errantes de todos los grados de evolución. Según el estado, se puede clasificar los espíritus en: encarnados, cuando están unidos al cuerpo físico; errantes, cuando están desprendidos del cuerpo físico aguardando una nueva reencarnación; y puros, los que por haber alcanzado el grado máximo de perfección están exentos de la necesidad imperiosa de pasar por las vicisitudes de la materia.

Es destacable mencionar que el Espíritu mantiene siempre su individualidad, antes, durante y después de  la encarnación; la experiencia en la carne sólo es una fase especial de su existencia, un período de aprendizaje.

¿Cuánto tiempo permanecerá, entonces,  el  Espíritu  en la erraticidad? El periodo de espera en el mundo espiritual es de una duración más o menos prolongada, condicionada a la evolución del Espíritu. Normalmente es él quien determina ese tiempo, sin embargo, influyen otros factores condicionantes, como el equilibrio emocional del Espíritu.

Aquellos que ya están menos apegados a la materia, que durante la vida buscaron desprenderse de las pasiones con sus acciones y pensamientos dirigidos al bien, pueden reencarnar casi inmediatamente, pero la inmensa mayoría de los Espíritus en la Tierra aún necesitan de ese tiempo de reflexión, trabajo y planificación debido a sus inferioridades en relación a las Leyes Divinas.

En ese período, cuando entrevé el porvenir y comprende con claridad lo que le falta para alcanzar    la felicidad en base a su libre albedrío, decidirá por su voluntad qué quiere para sí mismo, ya que en la erraticidad el Espíritu también aprende, estudia, desea y aspira a un nuevo destino, se arrepiente de las cosas equivocadas que hizo, buscando ánimo en nuevas realizaciones, deseoso de evolucionar.

También puede inclinarse por mantenerse estacionario u optar por permanecer actuando en el mal.

¡El ser es dueño de su destino! En la erraticidad, el Espíritu estará sujeto al ambiente mental creado por él mismo, lo que significa que la mente es la que le llevará a vivir al lugar correspondiente a su sintonía vibracional.

El resultado de nuestras acciones y sentimientos es el único bagaje que nos llevaremos del mundo material al desencarnar, por eso es tan importante prestar atención.

La mayor o menor dificultad, la lentitud o rapidez del desenlace y las consecuencias emocionales en la vida espiritual, están en relación directa con el estado de  materialización del Espíritu.

De esto resulta que el sufrimiento, más o menos dilatado en el tiempo, que acompaña al Espíritu después de la muerte, esté subordinado a la adherencia que une el cuerpo al periespíritu, puente de ligación de éste con el Espíritu, bien como por el nivel moral alcanzado.

El estado de felicidad en el mundo inmaterial es, pues, derivado de la nobleza de las acciones, del esfuerzo en domar las malas inclinaciones, de los progresos morales, así como los avances realizados en el ámbito intelectual en su estancia en la Tierra. No almacenar en los sentimientos las pasiones inferiores que aprisionan al hombre a la Tierra ayudará a un paso indoloro al mundo espiritual y a una condición de bienestar posterior, junto a amigos y compañeros, en lugares de paz y calma.

Podemos encontrar un ejemplo de una situación similar en la obra de Allan Kardec El Cielo y El Infierno, cuando el Espíritu del Sr. Sanson, miembro de la Sociedad Espiritista de París, conocedor de las verdades espirituales, apenas ocho horas después de su desencarnación, explica en una comunicación con extraordinaria lucidez que la comprensión de la continuidad de la vida, las acciones en el bien y un comportamiento moral en consonancia con las Leyes de Dios, facilitan una desencarnación tranquila.

No obstante, encontramos en ese mismo libro, innumerables ejemplos de otros Espíritus que se mantuvieron en la postura del egoísta, endurecidos en sus desvíos, que tuvieron las miras de la vida material concentradas en el disfrute,  gozando  la  plenitud  de los placeres, indiferentes a las cuestiones espirituales, permaneciendo al desencarnar imbuidos en sus problemas, anhelos y deseos, sintiéndose aislados, ansiosos, bajo una aparente inmovilidad, sumergidos en sensaciones inalcanzables y desequilibrios psicológicos, hasta que tarde o temprano recapacitan y encuentran el deseo sincero de cambiar, modificando las sensaciones derivadas de esas elecciones.

Debemos considerar siempre, para no juzgar, que el mal no existe en realidad, lo que se manifiesta es la ausencia temporal del bien en los sentimientos del ser. Para esos Espíritus apegados a las cosas terrenales sus preocupaciones son verdaderas aflicciones, en algunos el sufrimiento muchas veces es superlativo, experimentando sensaciones desagradables, algunos incluso comprenden y son conscientes de que se hallan privados de felicidad por su propia elección en las acciones de la vida.

Reseñamos que el tiempo del encarnado gastado en la inutilidad, en la pereza, en el desánimo, en el egoísmo, dejándose llevar por los falsos patrones de éxito de la Tierra, manifestando expresiones antagónicas de las nobles cualidades morales, perjudica enormemente al ser, aprisionándolo en el sufrimiento.

Sin embargo, esa condición penosa no es eterna, basta con un deseo de arrepentimiento verdaderamente sincero para que surja la oportunidad de cambio, en una ocasión más entre tantas brindada por la misericordia Divina para el progreso, sacando al Espíritu de esa situación.

Hay que tener en cuenta y ser consciente de que el Espíritu sufre por: el mal que haya hecho o haya causado voluntariamente, por el bien que haya podido hacer y no hizo, así como por el mal que resulta del bien que no practicó. ¡Mucha responsabilidad para no prestar atención a eso!

 Subrayamos la importancia  de  comprender  que el futuro dependerá en gran medida de cómo se haya procedido en la última encarnación, así como en las vidas anteriores. Tenemos que aprovechar la oportunidad de corregir actos pasados mediante un comportamiento correcto en la vida actual. La dicha o desdicha del Espíritu será resultante según los méritos, sufre si ha conservado pasiones o bien será feliz si cumplió con los compromisos en relación a Dios, siendo que entre un extremo y otro hay innumerables posibilidades, condicionadas por cada Espíritu.

Es importante un buen entendimiento de la necesidad reencarnatoria para el eficiente buen desarrollo del Espíritu. Dios ofrece infinitas oportunidades de enmienda y corrección a los errores, como una vía más de la Ley inmutable de progreso. Los Espíritus deben progresar en el orden intelecto-moral, en estos dos amplísimos aspectos para alcanzar el estado máximo de perfección, lo que nos hace racionalizar que una sola vida no es suficiente para lograrlo.

Pero urge saber que no será, por el simple hecho de perder el cuerpo físico, excelente en todo, inmediatamente maravilloso, virtuoso y perfecto; con toda seguridad, no detendrá todo el saber, todas las cualidades. Será el resultado de sus esfuerzos y de sus caídas, manteniendo en el mundo espiritual el carácter, la manera de ser, con los defectos y las virtudes adquiridas.

El Espiritismo nos desvela lo que ocurre en el plano espiritual, lo que nos espera más allá de la vida, aclarando que el comportamiento actual conlleva a una consecuencia lógica en el destino futuro. La diversidad de las sensaciones en el tránsito y en la vida en el mundo inmaterial, son infinitos, sus consecuencias y matices serán diferentes, conforme las elecciones de cada Espíritu, durante la vida. Reflexionando profundamente, no hay que sentir aflicción, siempre y cuando se busque cumplir con la tarea de vencerse a uno mismo.

Nos aconsejan los buenos Espíritus que exploremos nuestra conciencia con la finalidad de destruir en ella las malas inclinaciones, haciendo un balance de la conducta moral, implicándonos en la reforma de nuestros desvíos, educando nuestro ser para alcanzar en la vida futura la felicidad completa.

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