La quema de libros tiene sus inicios casi desde el mismo momento en el que comienzan éstos a escribirse y difundirse, aunque especialmente, desde el instante en el que la población que está fuera de las esferas privilegiadas y poderosas accede a la lectura. Esta puerta de acceso tiene mucho que ver con la extensión de la lengua vulgar y con la consolidación de la lectura silenciosa, que surge de forma natural, como si siempre hubiese estado ahí, esperando a ser descubierta y convirtiéndose para muchos en una verdadera necesidad.

La lectura silenciosa es un acto mágico que permite una misteriosa conexión con el libro. Cuando los lectores medievales comienzan a leer, de esta manera, encuentran en la lectura la llave maestra de su libertad. Leyendo en silencio, se puede interpretar libremente el texto, valorarlo según unos criterios y juicios propios. Y éste, sin duda, fue un hecho muy incómodo para quienes pretendían imponer sus ideas y creencias. De este modo, el conocido dicho «qué atrevida es la ignorancia» va tomando forma. Si echamos la vista atrás a lo largo de la historia vemos, más veces de lo que deberíamos, quemas de libros realizadas con intenciones diversas. En definitiva, la lectura tiene ese poder de abrir puertas, que permite que algo se mueva dentro del lector. Las palabras escritas caen dentro de uno mismo como semillas a punto de germinar. Sólo nos queda esperar a que la ignorancia de unos pocos no impida florecer las inquietudes de muchos.

Las primeras quemas de libros auténticas en España, empezaron a llegar hacia el final de la reconquista y especialmente tras la caída del reino de Granada.Ya en 1480 Tomás de Torquemada, el gran inquisidor español, promovió la quema de libros no católicos, especialmente el Talmud judío y todo tipo de literatura árabe. En 1490 un gran número de biblias judías y otros libros judíos fueron quemados públicamente a instancia de la Inquisición.

Desde el siglo III antes de nuestra era hasta la actualidad, la quema de libros ha sido utilizada repetidamente como una herramienta por parte de las autoridades, tanto políticas como religiosas, para suprimir opiniones discrepantes que son vistas como una amenaza.

Las quemas de libros suelen realizarse en público, sin embargo es común que esto provoque justamente un efecto contrario al que se busca y se dé una gran publicidad a los libros que se quería hacer desaparecer. Es por este motivo que muchas quemas de libros también se han hecho en privado. Cuando los libros son retirados y almacenados en privado por las autoridades, puede no ser una quema de libros literal, pero la destrucción del legado cultural e intelectual es la misma.

A través de la historia nos hemos encontrado en España con casos similares a la quema de los libros de Allan Kardec en Barcelona en 1861. En otras épocas, y en distintos lugares del país, se han destruido muchos libros por las Juntas Diocesanas de Censura, a los cuales se les catalogaba como libros de mala doctrina.

Las ciudades de Madrid y Cádiz constituían el principal centro de difusión de libros, considerados impíos y peligrosos. Ya en 1854, existen referencias documentales que avalan un genuino interés por el Espiritismo en España. Los primeros datos recogidos son acerca de una sociedad espiritualista, fundada en 1855 en Cádiz, atraídos por las manifestaciones mediúmnicas que se extendieron por América y Europa a partir de los fenómenos sobrenaturales de Hydesville, en Nueva York. Esta Sociedad espiritualista fue disuelta por la autoridad eclesiástica dos años más tarde, sufriendo un auto de fe a raíz de la publicación de un libro titulado Luz y Verdad del Espiritualismo, opúsculo sobre la exposición verdadera del fenómeno, causas que lo producen, presencia de los espíritus y su misión. De las ediciones publicadas, una de ellas fue incautada al pasar la frontera desde Gibraltar hacia España, y su destino fue el ya citado auto de fe de Cádiz de 1857.

Pasamos al año 1861, las ideas espiritistas se extienden por todo el mundo. Los obispos presionan a los políticos para impedir la libertad de culto y consiguen una orden ministerial que prohíbe los libros espiritistas, a los que consideran como muy dañinos para la moral del pueblo, resultando un auto de fe el 9 de octubre de 1861 en Barcelona; siendo quemadas por la antorcha a favor de la ignorancia, más de 300 obras espiritistas, incautadas en la aduana. A pesar de los autos de fe, el Espiritismo se propagó por gran parte de España, pero esto no impidió otro auto de fe en 1867 en Madrid, esta vez con la obra la Noción del espiritismo, quemada por orden del obispo de la capital. Con la Revolución de 1868, conocida también como “La Gloriosa” o “La Septembrina”, y la instauración del llamado Sexenio Democrático, el Espiritismo se acabó desplegando por todo el territorio nacional. Con la promulgación de una nueva constitución, en 1869 se reconoce la libertad de imprenta, de culto y de enseñanza, de asociación y libre expresión. Todo esto favorece la libre circulación de las ideas espiritistas, que se sirven de gran número de revistas y publicaciones para dar a conocer sus trabajos.

La ilusión espiritista se ve truncada con la derrota de la República por las tropas franquistas, el saqueo de los centros espiritistas es total y sus prácticas prohibidas y perseguidas. El Espiritismo se ve obligado a refugiarse en el interior de los hogares, donde intentará sobrevivir a la larga noche de la dictadura.

Uno de los primeros actos organizados por el régimen franquista una vez acabada la guerra civil, fue una quema pública de libros. En la Universidad Central de Madrid, el 30 de abril de 1939 se celebró un acto denominado “auto de fe” para condenar al fuego a los “enemigos de España”, y allí ardieron libros de diferentes autores, como: Sabino Arana, Lamartine, Freud, Marx, Rousseau,Voltaire, y muchos otros. La prensa falangista publicó que con la quema se contribuía a la construcción de la España Una, Grande y Libre. Se condenaba a los libros liberales, separatistas, marxistas, a los de la leyenda negra, a los anticatólicos, a los del enfermizo romanticismo, a los que propagaban el pesimismo, a los modernistas, a los pseudocientíficos, y todos los que el franquismo podía considerar sus enemigos. Llama la atención cómo el poder inquisitorial se erigía en juez censor, no sólo de los libros políticos o con ideas que supuestamente intentarían dañar a España, sino también de la calidad y valores literarios de dichas obras.

Los autos de fe, como exponente del fanatismo religioso, fueron la quema de libros creyendo estos fanáticos que con este acto podrían hacer desaparecer al Espiritismo. Gran error y desconocimiento, puesto que no era ningún ser humano el autor de la obra, pues aunque hubieran quemado todos los libros editados en el mundo, siendo imposible tal acto, sólo hubieran puesto un simple guijarro en la rueda del progreso. Si creíamos que las mentes estaban más abiertas para la comprensión de la espiritualidad del ser humano, siendo ésta su auténtica esencia, no es así, aún hay mucha intransigencia y desconfianza. Las ideas religiosas preconcebidas ponen trabas e impedimentos para la divulgación de aquellas ideas que se creen contrarias a las propias. Estos son los nuevos autos de fe encubiertos. Y como dijo Allan Kardec tras la quema de sus obras en Barcelona «pueden quemar los libros, pero no las ideas».

Otros autos de fe han destruido riquezas literarias, que hoy día formarían parte del patrimonio cultural de la nación española.Tenemos el ejemplo del oriolano Miguel Hernández, considerado uno de los grandes poetas españoles del siglo pasado. Pasión y tradición se unían en sus poemas, muchos de los cuales fueron musicalizados décadas después por Alberto Cortez, Paco Ibáñez y Joan Manuel Serrat. Su último libro, El hombre acecha, fue destruido por la censura franquista. Algunos ejemplares se salvaron y fueron reeditados posteriormente.

Querido lector:

Acabada la dictadura franquista, y con la llegada de la democracia, todos los amantes del progreso aplaudimos con esperanza los acontecimientos que tienen lugar en la nueva España. Y los espiritistas no han sido los únicos en saludar con júbilo la era nueva que se inauguraba para este país, porque una de las conquistas más importantes que en ella han de sobresalir es la abolición del yugo inquisitorial que pesaba sobre las conciencias y ahogaba el pensamiento. Esperemos, pues, que la humanitaria y regeneradora doctrina del Espiritismo no encuentre insoportables trabas oficiales, y que sus adeptos no sean perseguidos por dedicarse a su propagación. Tropezarán, sin duda alguna, todavía con el obstáculo de la incredulidad, pero esta oposición es poco temible, porque día a día se va debilitando y el materialismo no tiene raíces en la opinión pública. Estamos convencidos de que hay en España numerosos elementos favorables a las ideas espiritistas. No dudamos de que una vez en posesión del derecho de libre examen, este país será, a juzgar por las previsiones de los espíritus, un país libre de idea y pensamiento, en el que florecerá la doctrina espírita. Nuestros guías nos han dicho siempre que los graves acontecimientos que deben tener lugar en el mundo, y que ya vemos los preludios, son favorables para su difusión.

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