El concepto de “movimiento social” surge a mediados del siglo XIX para dar nombre a las movilizaciones de la clase obrera, unida, para defender la transformación de una sociedad basada en la desigualdad de clases, el lucro de unos pocos privilegiados interesados en fomentar la miseria en beneficio de la propiedad privada, y las alianzas de la iglesia católica al servicio del poder económico.

Desde principios del siglo XIX se inicia en Inglaterra un proceso de industrialización que se extenderá por todo el planeta, dando inicio a la Revolución Industrial. La introducción de la máquina de vapor en las fábricas textiles, así como la utilización de los descubrimientos científicos y avances tecnológicos a disposición de la industria, la capitalización y la política absolutista, hacen que la estructura de la sociedad se transforme hasta consolidarse el sistema capitalista.

En España la industrialización es lenta, pero sus efectos son devastadores. Las avalanchas migratorias de campesinos a las ciudades, en busca de trabajo asalariado y hogar digno, así como la pérdida progresiva del trabajo artesanal substituido por el desarrollo industrial, generan la creación de puestos de trabajo donde el trabajador es explotado y sus condiciones de vida son miserables.

El Dr. Ciriaco Ruiz, oficial del Consejo de Sanidad del Reino, con motivo de la elaboración del censo de población, describe en el Primer Congreso Médico Español, celebrado en Madrid en 1864, la situación de la mayoría de los obreros en las ciudades:

«... en habitaciones miserables y reducidas, encontrándose hacinadas las familias, faltándoles, no ya el sol, la luz, que es el principal estímulo de la vida, sino hasta el pan de los pulmones, el aire necesario para respirar, (...) muriendo prematuramente por el exceso de calor o frío, la humedad y deterioro de paredes y pavimentos».*

Todo ello, junto con las guerras carlistas, provoca entre la clase obrera la necesidad de asociarse para negociar con los industriales jornadas laborales más reducidas (trabajan entre 14 y 18 horas diarias con un día festivo semanal), salarios y condiciones de vida dignos, así como la abolición del trabajo infantil (a partir de los 6 años, e incluso de menor edad, los niños trabajaban jornadas laborables enteras bajo el trato cruel de los capataces y en el entorno rural están obligados a caminar de 10 a 12 kilómetros hasta las fábricas, talleres y minas donde trabajan).

Ante tales demandas, los industriales se alían con el gobierno y el poder eclesiástico para aplicar medidas represivas legales que cohíban el deseo naciente de transformación. La lucha llega a ser sangrienta en muchas ocasiones pero no hay vuelta atrás; la clase obrera está decidida a reivindicar mejoras sociales que dignifiquen su existencia. Nace con fuerza un sentimiento de pertenencia que se consolida con la creación de asociaciones, sindicatos y centros culturales que fomentan la alfabetización de mujeres y niños, la ayuda mutua, las artes, las ciencias, el sentido crítico y el diálogo.

En este clima revolucionario, surge en Francia el Espiritismo a raíz de la publicación en 1857 de El Libro de Los Espíritus. Dos años después, José Mª Fernández Colavida traduce al castellano las obras de Allan Kardec difundiéndolas por toda la península y tierras de habla hispana.

En 1871, sólo doce años después que llegaran a España los textos de Kardec, los espiritistas proclaman públicamente por todo el territorio español la finalidad que buscan: realizar la reforma social mediante la reforma del individuo. ¿Cómo? A través del método.

La mediumnidad es la herramienta de propaganda, pero sin método empírico, peligra su desarrollo.

En la Revista de Estudios Psicológicos de enero de 1876, Josep Arrufat dice al respecto:

«Es preciso no dejarnos llevar por las impresiones del momento, y no admitir los hechos sin un previo examen de ellos; (…). Metodizémos pues, y así (…) evitaremos el incurrir en exageraciones y absurdos en la propaganda de nuestras creencias, que empiezan a ser solicitadas por los desengañados, que no son pocos.

(…) No olvidemos que los espíritus trabajan sin cesar por nuestro bien; cooperemos con nuestras fuerzas, que aún que débiles nos parezcan, poderosas serán si con método las empleamos».

El mensaje que transmiten las voces de personas comunes por las que hablan los espíritus, proclaman la reforma moral y social a partir de conceptos como caridad y amor al prójimo rescatados de los abusos y manipulaciones del catolicismo y resignificados en su verdadero sentido sagrado. Al mismo tiempo incitan a la comprobación experimental, la investigación racional y al sentido crítico del fenómeno mediúmnico y    su contenido. Esta invitación al estudio y la investigación implica a la población obrera analfabeta a aprender a leer y escribir, es decir, facilitarles el proceso de reforma interior y tomar responsabilidades ante la vida (individual y colectiva), construyendo así el mundo en el que queremos vivir.

 La propuesta espiritista permite alianzas con otros movimientos sociales de la época afines a su propósito. Así, anarquistas, masones, sindicalistas, socialistas, suman sus fuerzas para impulsar la transformación social a través de un vasto tejido asociativo en forma de centenares de centros espiritistas1 con biblioteca, celebración de actos culturales y de reflexión política, centros educativos laicos, sociedades de socorro, cooperativas, casas de cultura, consultorios gratuitos de medicina natural y bioenergética y publicaciones donde el pueblo tiene la palabra.

Hay innumerables maestros espiritistas en institutos y escuelas laicas y en todas las clases sociales, predominando la obrera. Se cuentan a centenares las publicaciones espiritistas en el país. Muchas de ellas sufren el cierre por las autoridades, pero vuelven a la calle con otros nombres, sin dejar de dar voz al pueblo, a los espíritus, a hombres y mujeres que reivindican la revolución social y política a partir de la reforma interior, tomando como ejemplo al maestro nazareno Jesús.

Tal es la fuerza del movimiento espiritista, que el año 1873 en las cortes constituyentes del gobierno español de la Primera República2, los diputados espiritistas J. Navarrete, A García López, L Benítez de Lugo, M. Corchado, M. Redondo hacen una enmienda a la Ley de Educación (título II, art. 3º, párrafo 3º) para introducir el estudio del Espiritismo en la enseñanza media y superior, justificando la eficacia de la doctrina en cuanto a la reforma moral de la sociedad. En la enmienda se adjunta el “Programa de un curso elemental de espiritismo” donde se encuentran nociones de cosmología, antropología, cosmografía comparada, un tratado sobre la pluralidad de mundos habitados, los conceptos de espíritu y encarnación, la teoría del progreso, los fundamentos de la teoría y moral espiritista, el ideal social humano y el desarrollo del espiritismo experimental. Las circunstancias políticas del momento, impiden la realización de la iniciativa2.

El Espiritismo se muestra, para las clases populares, como un marco referencial que satisface necesidades sociales fundamentales, y también como la prueba científica para comprender la sacralidad de la vida y nuestra responsabilidad ante ella. Por eso no es de extrañar que se proclamaran espiritistas personas como Emilio Castelar -presidente electo de la Primera República española-, el criminalista italiano Cesare Lombroso, el filósofo alemán Arthur Schopenhauer, el astrónomo Camille Flammarion, el naturalista Alfred Wallace, Jacint Verdaguer… incluso la primera esposa del presidente Lluís Companys de la Generalitat de Catalunya. La lista es tan extensa como desconocida.

En el ámbito de la liberación de la mujer, el Espiritismo actúa con gran rotundidad. Kardec dice antes de morir: «se han de modificar de pies a cabeza las legislaciones de los estados para consagrar la igualdad plena y absoluta de derechos entre hombre y mujer; se han de abolir los privilegios, la emancipación de la mujer sigue el camino del progreso y su esclavitud es la barbarie». En este sentido, la espiritista Amalia Domingo Soler, la anarquista Teresa Claramunt y la masona López de Ayala, crean en 1889 la Sociedad Autónoma de Mujer de Barcelona, la primera asociación española dedicada a la liberación de la mujer y dirigida por mujeres. Se establece en el barrio del Raval, el más pobre de la ciudad, y sus actividades son: publicación de libros, revistas, opúsculos, celebración de debates y conferencias, creación de proyectos para ofrecer trabajo y hogar a mujeres sin medios económicos, atención a los hijos mientras las madres participan en los debates y clases. Las socias pueden acceder gratuitamente a las clases nocturnas del Fomento de Instrucción Libre3.

Muchas personas participaron de la realización de logros significativos que hoy consideramos obvios pero que en su momento fueron defendidos con la propia vida. Jornadas laborales de 8 horas se consiguieron con sangre de hombres y mujeres valientes que defendieron el derecho a ser y existir dignamente, el derecho a voto de las mujeres y a la igualdad de género, la libertad de credo, la educación laica y popular, los matrimonios civiles, entierros y bautizos civiles, el derecho al asociacionismo en defensa de los desprotegidos, la cultura y el arte popular, sanidad para todos, derecho de los infantes, abolición de las armas... Aun así, en los libros de texto de escuelas y universidades, el Espiritismo es el gran ausente en el proceso de transformación de la sociedad de la que hoy somos herederos.

El silencio al que ha sido sometido el Espiritismo en Europa es fruto de la imposibilidad de integrar su propuesta a un sistema basado en la ambición y la explotación por parte de los gobiernos y la jerarquía vaticana. Gerard Horta, dice:

«La oposición de la cultura espiritista -en cualidad de cultura subalterna- respecto a los referentes dominantes a su tiempo convierte al Espiritismo en un movimiento subversivo, atendiendo a la imposibilidad por parte del poder de integrarlo».

Iglesia católica y gobierno, lejos de servir al pueblo, tuvieron que prohibir reuniones espiritistas, sus centros, sus publicaciones, su voz, para mantener ese estado llamado de “bienestar” al que siguen sirviendo; pero la verdadera historia de la transformación social y la conquista de algún grado de progreso y justicia social, no puede entenderse sin la presencia del Espiritismo hasta la aparente victoria del totalitarismo en el año 1939.

La pregunta es ¿dónde se encuentra ahora el Espiritismo?


* La conclusión tomada en dicho Congreso es que de la realidad que impone el proceso de explotación capitalista, surge el concepto de “enfermedad social” relacionada directamente con el raquitismo, escrofulismo y tisis, produciendo elevadas tasas de mortalidad.

1 P. Sánchez i Ferré, en su libro La maçoneria en la societat catalana del segle XX (Ed 62, 1993, pág 25), hace mención a la realidad espiritista de 1874 di- ciendo “no hay ningún barrio barcelonés ni ningún pueblo de los alrededores donde no se encuentre una entidad espiritista”. Esta realidad se extiende al todo el territorio español.

2 Horta, Gerard. Cos i revolució. L’espiritisme català o les paradoxes de la mo- dernitat. Ediciones 1984, 2004.

3 Pere Sánchez, en su libro Los orígenes del feminismo en Cataluña: 1870-1926 señala que es el Espiritismo el que impulsa el movimiento feminista en Ca- taluña y no al revés.

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