«Es por la Educación, más que por la Instrucción, que se transformará la Humanidad.»

Allan Kardec

Basta echar una mirada a nuestro alrededor para ver que nuestro mundo avanza inexorablemente. A lo largo del siglo XX los descubrimientos científicos y los avances tecnológicos consiguieron cambiar y mejorar nuestras vidas, nuestras sociedades. Tal es así, que hoy ya nadie duda de que en la última centuria la humanidad ha avanzado más, y más rápidamente, que en todos los siglos anteriores. Hemos conseguido modificar nuestro entorno, el clima, prevenir y curar enfermedades, mejorar la calidad de nuestros alimentos, prolongar la esperanza de vida, etc.

En el aspecto intelectual hemos hecho grandes logros, eso es indiscutible. Sin embargo, no hemos conseguido acompañar este progreso intelectual y tecnológico con el progreso moral que ha de acompañar nuestra evolución. Así, aún observamos con dolor la máquina de la guerra arrasar pueblos, al hambre y la pobreza campar a lo largo y ancho de este mundo, como fruto del egoísmo y el orgullo, que son las grandes lacras de la humanidad. Este progreso material, si no va unido a la comprensión de las leyes morales que rigen la Vida y el Universo entero, es estéril.

Vivimos momentos decisivos en los que los sistemas antiguos se van desmoronando uno a uno, quizá porque sus bases, sus pilares, no estaban edificados sobre la dura roca de los valores imperecederos. Sin duda, estamos ante los tiempos de cambio tantas veces anunciados por la Espiritualidad Mayor a través de los diferentes mensajeros que nos han visitado. El tránsito entre este Mundo de expiación y el Mundo de regeneración sólo puede procesarse con la mejoría gradual de quienes lo habitamos.

Este cambio no habrá de operarse bruscamente, pues la evolución se procesa muy lentamente, como ya sabemos. Sin embargo, el progreso es imparable y está en nuestras manos cooperar para que se procese de manera adecuada.

La Tierra, en las palabras de los espíritus, no tendrá que transformarse a través de un cataclismo físico que, de repente, vaya a aniquilar a toda una generación. La actual desaparece gradualmente y la nueva seguirá de la misma manera, sin ningún cambio en el orden natural de las cosas... Para ello, la educación se erige como la herramienta fundamental que habrá de favorecerlo. Y no hablamos aquí de la educación que va dirigida a instruir las mentes, sino a aquella otra que tiene como objetivo despertar al hombre para sus responsabilidades presentes y futuras. Aquella que habla al hombre de su inmortalidad, de su origen y destino, de su filiación espiritual y de su contribución como parte fundamental que es de la creación.

La Doctrina Espírita tiene como objetivo la reforma integral de ser ofreciéndole las respuestas adecuadas a cuantas preguntas pueda hacerse, preparándolo para enfrentar todos los acontecimientos de la vida, todas las adversidades según la propuesta que nos trae el Evangelio.

Precisamos saber que el niño es un espíritu, creado por Dios, ora viviendo en el plano espiritual, ora respirando en un cuerpo material. El niño es, antes que nada, un Espíritu reencarnado, un alma que recomienza una nueva existencia en la carne.

Como ser espiritual que es, trae todo un bagaje acumulado a lo largo de su trayectoria evolutiva, y su destino es toda la perfección de la que sea susceptible. Y, para eso, cuenta con todo el tiempo necesario, pues su esfuerzo de perfeccionamiento no se circunscribe a una sola existencia terrena. En el cuerpo o fuera de él, continúa su tarea evolutiva y su caminata con destino a la conquista de la felicidad a la que todos estamos destinados.

La función de la reencarnación es fundamentalmente educativa. Es la nueva oportunidad para rehacer los caminos, aprender a través de las distintas experiencias y rescatar aquellos errores que cometimos en nuestra andadura.Todo ello perdería su sentido si el Espíritu no fuese internado en un cuerpo infantil. A través de ese proceso de renovación de la vida y del olvido necesario con respecto al pasado, él puede construir una nueva personalidad, mejor y más íntegra, puede rescatar sus débitos sin verse continuamente oprimido por el sentimiento de culpa y vergüenza por su pasado, puede convivir con antiguos enemigos transformados en parientes; modificando sentimientos y rehaciendo relaciones, puede absorber nuevos conocimientos aumentando su bagaje universal. Es así que la familia, principalmente los padres y el entorno, son responsables de procurarles cuantas herramientas sean precisas para que el proceso educativo se lleve adelante con éxito.

La Educación Espírita es el único medio de sembrar en el espíritu del niño, desde el amanecer de la vida, la comprensión de la importancia de la práctica en el bien, la adquisición de la moral y del saber, para que alcance el crepúsculo físico consciente de sus conquistas espirituales, conociéndose a sí mismo e integrándose en el Universo como colaborador de la Divinidad Suprema. El Espíritu infantil permanece maleable a las impresiones que recibe, más receptivo y permeable. Esas impresiones serán determinantes en su existencia actual y hasta en próximas vidas. De ahí nuestra responsabilidad con la Educación.

Educar, pues, dentro de la concepción Espírita es no sólo ofrecer los conocimientos del Espiritismo sino también envolver al niño, al joven, en una atmósfera de responsabilidad, de respeto a la vida, de fe en Dios, de consideración y amor a los semejantes, de valorización de las oportunidades recibidas, de trabajo constructivo y de integración consigo mismo, con el prójimo y con Dios.

Si queremos mejorar nuestra sociedad, nuestro mundo, tendremos que empezar por mejorar los miembros que la componen, procurándoles amparo, orientación, para que puedan cumplir con el luminoso futuro que les espera. El hombre será lo que de su infancia se haga.

Los tiempos son llegados, nos dicen los Espíritus, y en Jesús y Kardec encontramos los máximos ejemplos en cuanto a lo que a la Educación se refiere. La construcción moral del Mundo Nuevo depende de que seamos capaces de llevar a cabo la transformación de los hombres en hombres de bien, y la piedra angular, tal y como nos dice el venerable espíritu Bezerra de Menezes, es el Amor.

 Es imperioso que estemos atentos a este proceso de transformación, contribuyendo de esta forma, con nuestra parte, en la regeneración de la Humanidad, pues ésta será más rápida o más larga en función del esfuerzo que cada uno, individualmente, haga en beneficio de la colectividad.

Hay un gran progreso aún a ser implementado: Hacer que el amor, la fraternidad, la solidaridad sean una realidad, para asegurar el bienestar moral. Ya no es sólo desarrollar la inteligencia lo que los hombres necesitan, sino elevar el sentimiento…

Sepamos pues cuidar de nuestros niños, de nuestros jóvenes, moldeándoles el carácter y la personalidad sobre las enseñanzas de Jesús a la Luz de la Doctrina Espírita y estaremos contribuyendo a la formación de adultos más equilibrados y conscientes de sus responsabilidades en la construcción del Mundo del tercer milenio.

El tiempo es ahora.No eludamos nuestra responsabilidad en la construcción del Nuevo Mundo que nos espera.

«Unámonos, que la tarea es de todos nosotros. Solamente la unión nos proporciona fuerzas para el cumplimiento de nuestros servicios, trayendo la fraternidad por lema y la humildad por garantía de éxito» (Bezerra de Menezes)

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