Si acudimos a los antiguos filósofos griegos como Epicuro, Zenón, Sócrates, etcétera, descubrimos que el objeto final de su ciencia fue el destino del ser humano y los medios para alcanzarlo. Posteriormente hemos ido diluyendo aquella idea esencial que insinuaba nuestro verdadero origen, procurando el olvido del ser. Es la característica de nuestro mundo contemporáneo, tecnológico.

El mundo, en su mundanidad (en la que cabe el ser), es un constructor del ser humano y en esta construcción racional debemos aceptarnos a nosotros mismos en tanto proceso cultural, esto es, en cuanto arquitectos de sí mismos en la dinámica dialéctica de la vida. La cultura sobredetermina la sociabilidad y el incremento de ésta produce la complejidad cultural. Es una realidad sistematizada por el Homo sapiens, aunque el proceso es de género: del género Homo en el devenir histórico de la evolución antropo-psico-sociológica en la que somos guionistas y actores gracias a la ganancia de nuestro libre albedrío.

Sin embargo, nuestra tradición espiritual, aquella que caracteriza la cuna de nuestra civilización –pretendidamente negada desde la postmodernidad– tiene la finalidad de devolvernos a nuestras raíces. Existió en función de testigo, como podemos comprobar en la Introducción de El Evangelio según el espiritismo, donde Allan Kardec nos presenta a Sócrates y Platón como precursores de la idea del cristianismo y del espiritismo. Es la Doctrina Espírita, pues, cariñosamente llamada Espiritismo, la ocupada en rediseñar los rumbos del destino del ser humano, perdido en la elaboración de su conciencia crítica, hacia la tierra promisoria de un mundo de justicia, amor y caridad. Ella nos permite, en verdad, restablecer el conocimiento en la secuencia natural de ciencia, filosofía y religión, convirtiéndose, así, en la síntesis del conocimiento cultural de la humanidad interpretando a Léon Denis, el apóstol del espiritismo.

Remitiéndonos, entonces, a la Codificación, que para nosotros es El Libro de los espíritus (LE), vemos que en su tercera parte trata del destino de los espíritus decodificándose, como sabemos, en la tercera gran obra del Pentateuco espiritista: El Evangelio según el espiritismo. Este libro, indiscutible código de amor, nos abre los caminos para acceder a la grandeza divina, verdadero grado de plenitud del ser espiritual que somos, como destaca Emmanuel en Viña de luz. Sólo la aplicación, en nuestras vidas, de la cuestión 918 del LE sobre el carácter del hombre de bien sería suficiente para alcanzar nuestro destino aquí, en nuestra amada Tierra; porque el hombre penetrará un día el misterio de las cosas ocultas, como encontramos en la cuestión 18 del LE, tras su transformación moral. He ahí, entonces, la clave que perseguimos a lo largo de todos estos milenios de equivocación recorridos en la aplicación del Evangelio de manera externa, es decir, destinado a los demás, cuando en verdad debe ser dirigido hacia nuestro adentro, hacia el comportamiento íntimo de cada ser conforme nos esclarece Carlos Torres Pastorino, en Sabiduría del Evangelio.

Alcanzar aquel objetivo, nuestra sublimación, se reduce a mirar lo que quisiéramos que no nos hicieran y no nos engañaríamos en nuestros actos y elecciones, puesto que el hombre puede, con pequeños esfuerzos, vencer siempre sus malas inclinaciones. Lo que le falta es la voluntad de querer hacerlo. La voluntad es esa potencia que junto al pensamiento conforma para el Espíritu lo que son las manos para el hombre. Con lo cual, podemos, por acción de la voluntad, como encontramos en el Libro de los médiums (LM, cap. VI, 126 a 131) –tanto encarnados como desencarnados– crear elementos, átomos, alterar la estructura de lo ya creado, crear alimentos, medicamentos y hasta venenos en este gran viaje de desenvolvimiento que acometemos. Para Emmanuel la voluntad es la gestora del espíritu en relación a la mente (Pensamiento y vida) que prepara todo el contenido, según el comportamiento del alma encarnada, para actuar sobre sus vehículos de manifestación: el periespíritu y el cuerpo físico. En Pan nuestro nos dice que existe en el fondo de cada mente (la mente es la extensión del Espíritu, la representación del todo) una vasta red de potenciales de progreso y sublimación requiriendo trabajo. Y teniendo en cuenta que cuando quiero pienso; si pienso actúo; si actúo atraigo y si atraigo realizo, como bien dice André Luiz (Señal verde).Tenemos en nosotros todo aquello que facilitará nuestra propia realización e integración con la Conciencia cósmica; o bien todo aquello que propiciará el auto encuentro de la criatura con el Creador, a nivel macrocósmico; y del yo con el Sí mismo, a nivel microcósmico, posibilitando la conciencia plena de la finalidad de la existencia terrena.

La voluntad acciona el mecanismo de la conciencia y trae hacia el fondo de la mente, en forma de pensamiento, el contenido de esa conciencia, el ser inmortal. En el opúsculo Qué es el espiritismo Allan Kardec pregunta sobre la conciencia a los Espíritus superiores. Respondiendo estos que «Es aquel conjunto de recuerdos intuitivos de las buenas resoluciones tomadas por el Espíritu en las diversas encarnaciones, que no siempre son posibles tomarlas como hombre». Luego, entonces, ¿el alma encarnada no es el Espíritu? ¿Somos Espíritus o apenas un fragmento de esta realidad?

En la cuestión 455 de LE vemos que existe el ser del cuerpo, existe el ser espiritual y alguien en el medio dirigiendo sin saber que lo hace, que somos nosotros. Somos un fragmento del Espíritu no la totalidad. El yo superficial no pasa de un fragmento del yo profundo.Y Allan Kardec en La Génesis, ítem 27 del capítulo II dice que «El hombre es un pequeño mundo cuyo director es el espíritu, en el cual el principio dirigido es el cuerpo». Hay tres entidades. El cuerpo físico representa para el Espíritu su creación, de la que él sería dios. Y compara a Dios con el Espíritu de forma analógica, cada uno en su espacio. A nivel cósmico si cada uno de nosotros pensamos, Dios lo sabe. Para el Espíritu cada una de las células que se mueven en su universo biológico, sabe por qué lo hacen.Y preguntamos:

¿Y el alma encarnada lo sabe. El hombre, la personalidad, lo sabe?

Debemos entender cuál es nuestra naturaleza humana para después concebir el mecanismo que nos direcciona, en virtud a la ley universal de causa y efecto, hacia nuestra propia conquista; a nuestra elaboración por la sublimación de la personalidad en beneficio de nuestro Espíritu, de su purificación y elevación. Porque entendemos que esta Conciencia eterna, que es la suma, la síntesis de todas las personalidades vivenciadas, actualiza su potencial y posibilita la adquisición de experiencias animando varios cuerpos. Y sabiendo que todos nuestros desequilibrios, problemas y enfermedades tienen su origen en la mente en desaliño (Evolución en dos mundos), así como que en nuestro entorno se encuentra la materia cósmica de la que asimilamos una porción; y como hallamos, igualmente, en Mecanismos de la mediumnidad: cada cual trae una fuente inagotable de energía. Cuando tomamos conciencia de esta realidad y movilizamos nuestros recursos, construimos átomos, moléculas saludables para la reconstrucción de nosotros mismos o incluso dirigiéndolos hacia el exterior para beneficio de nuestro semejante, en amoroso acto de intercesión por él. Es nuestra realidad. El problema de sublimación radica, pues, en el despertar de nuestra conciencia, en la adquisición del conocimiento de Sí, que nos permite asumir nuevas disposiciones de elaboración.

Y es la voluntad la que dirige los recursos de la mente, que está constituida por cuatro departamentos o áreas fundamentales: la de los deseos, la inteligencia, la memoria y la de la imaginación. De esta forma, si quiero pienso, si pienso actúo, si actúo atraigo y si atraigo realizo. Adecuando, así, la construcción de todo aquello que queramos y que redundará, en última instancia, en nuestra propia autorrealización, a todos los niveles.

Y nos dice Emmanuel que el corazón está entorno de la mente. El corazón es la cara de la mente, el equipo de los sentimientos que necesitamos trabajar; los instintos, las sensaciones, las emociones, todo esto se encuentra en el mundo psíquico: de la mente hasta la última capa del periespíritu. Es el trabajo de miles de millones de años que viene realizando el espíritu con e minúscula, el principio inteligente del universo. Así que, cuando requiramos cambiar algún sentimiento, debemos instar ese sentimiento en el área del inconsciente; bucear en nuestro ser para identificar aquello que queremos trabajar, la ternura frente a la rudeza, por ejemplo; la salud, lo que queramos… ¡Allí está nuestra realidad inmediata! Una vez pensada la idea, la grabamos en la memoria. Seguidamente consultamos la inteligencia, y si no encontramos los valores necesarios para enfrentar aquella realidad, no sabemos cómo hacer esa transformación. Es el momento entonces de la oración en la que vamos a pedir orientación, guías, para actualizar nuestras potencias divinas en aras de nuevos niveles de conciencia o grados evolutivos de ser. André Luiz nos dice en Liberación: «Que la mente estudia, arquitecta, determina y materializa los deseos que le son peculiares». Aquello que queremos construir. Y lo realizamos con la materia que está entorno, la materia cósmica, que es la misma materia que compone nuestra mente. Ésta está regida bajo la misma ley, la ley de amor. La atracción es la ley de amor para la materia inorgánica y el amor es la ley de atracción para el mundo orgánico.

Por consiguiente, esa energía entorno de la mente cuando acepta esta invitación técnica, y la acepta siempre, comenzamos a pensar.Y ya que el pensamiento es el Espíritu en acción, procedemos a crear infra corpúsculos, líneas de fuerza, principios subatómicos, átomos y todos estos elementos son vivos, conforme el ministro Flacus en Liberación. Simientes de vida de las que el ser organizado asimila una porción en conformidad a la obra que desea construir, comenzando por nosotros mismos, y de la que somos responsables. Emmanuel en Siembra de los médiums nos muestra que atraemos esos elementos y de la misma manera que una lámpara exterioriza fotones, nuestra mente exterioriza materia mental cuando pensamos.

¡Cuidemos, pues, nuestro campo mental porque, en conformidad a la enseñanza del Cristo, hallamos aquello que buscamos! Busquemos nuestra plenitud, nuestro perfeccionamiento bajo el deseo de ser hoy mejores que ayer y mañana mejores que hoy, poniendo en marcha, así, todos los recursos divinos que Dios nuestro Padre erige para que prosperemos en nuestra purificación y elevación.

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