Sócrates nació en el año 470 y desencarnó en el 399 a.C. Fue considerado el padre de la filosofía. Estudió filosofía con Anaxágoras, uno de los más notables pensadores de Atenas y posteriormente estudió medicina con Arkelao. Un día su madre lo llevo consigo para que observara un parto y así nació ese interés extraordinario de Sócrates por la filosofía, creando una doctrina muy especial, que en griego se llama mayéutica, es decir, el parto del alma.

Sabía Sócrates que nosotros venimos del mundo de las ideas, el mundo causal, que tenemos el conocimiento dentro y que el verdadero estudio de la vida era hacer brotar del mundo interior ese conocimiento. Y por ello es el primer pensador en proponer el autodescubrimiento, un viaje interior. Porque dentro nuestro está la verdad y por eso cuando se dedicó a la educación, su pensamiento filosófico tenía como fundamento esencial el bien, la verdad y la transformación moral del ser humano. Y explica que una vida que no tiene reflexión no merece la pena ser vivida. Es necesario, por lo tanto, que el ser humano realice un viaje tanto hacia fuera, como hacia dentro, hacia el autoencuentro.

En la entrada del santuario de Delfos había un pórtico muy antiguo y allí estaba escrito un pensamiento de la Magna Grecia. Estaba allí inscrito que era necesario al individuo volverse hacia dentro «gnóthi seautón» «Conócete a ti mismo» y este pensamiento que era atribuido a Sócrates, ya era conocido por los antiguos griegos que mantenían contacto con el mundo transpersonal. Sócrates, dominado por una emoción extraña porque eso confirmaba lo que ya sabía, cuando volvió a Atenas se propuso invitar a todos a que hicieran este viaje: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Cuál es mi misión en la Tierra? Y de esta forma comenzó a divulgar esa necesidad imperiosa del ser transformándose cada día para mejor.

Era inevitable que los enemigos tramaran algo en contra suyo. Como él hablaba de la reencarnación, de las vidas sucesivas, los enemigos tramaron y lo presentaron a los jueces. Sin embargo, durante este juicio arbitrario que recuerda al de Jesucristo, Sócrates se mantuvo callado hasta el momento en que el juez le dijo que lo condenaba a muerte. Entonces Sócrates comenzó a reírse y dijo «Magistrado, todos nosotros cuando nacemos ya nacemos condenados a la muerte. No es para mí sorpresa ninguna que usted ponga una fecha para que eso se cumpla» Y así fue a la cárcel. Allí mantenía la tranquilidad de una conciencia recta, de una conducta correcta, de pensamientos nobles y tuvo que quedarse allí durante casi un mes, con el permiso para seguir hablando a sus discípulos. Y los reunía para hablarles de la vida, de la muerte, diciendo que el sentido de la vida es entender la del espíritu.

La vida física es tan corta, tan insignificante ante la realidad inmortal, que el ser no debe preocuparse mucho en acumular, en tener, en disfrutar. Tiene que tener la conciencia tranquila que le propicie la verdadera armonía. Cuando estaba cerca el día de su muerte, Critón, uno de sus discípulos más queridos, le propuso liberarlo sobornando a sus guardianes. Sócrates no aceptó de ningún modo, diciéndole: «No, Critón. Encarcelada está la materia, yo soy libre, porque sé pensar. Donde vaya mi pensamiento, allí voy yo. No hay prisión para un hombre que es libre interiormente. Y dile a mis discípulos que no huiré, aquí permaneceré, porque después de concordar con un crimen ¿con qué coraje iría a hablar del valor moral, de la verdad, de la divinidad?... Yo soy inmortal.» Y en este momento final, Sócrates sale de la Tierra sin tener ninguna deuda, perfectamente tranquilo, enseñando que el ser humano es su alma.

Es esta realidad transpersonal y su doctrina posteriormente divulgada por Platón y por otros pensadores discípulos suyos, porque él nada escribió a semejanza de Jesús, la base de la doctrina ética espiritualista, la doctrina cristiana que Jesucristo tendrá la oportunidad de presentar a la humanidad casi 400 años después.

La doctrina, por tanto, de Sócrates no es solamente filosófica, porque aproximadamente 22 siglos posteriormente Carl Gustav Jung, ese notable padre de la psicología analítica, viene a proponer que la vida tiene un sentido y que es necesario que ese sentido sea encontrado. Jung, cuando se distancia de Freud, comienza a pensar y experimenta un profundo trance, una depresión profunda. En la búsqueda dirá: Tenía que bajar al fondo del pozo, este pantano, como lo llama el psicólogo norteamericano James Hollis. Tenemos que bajar hasta el fondo nuestro, hasta el pantano del alma donde están archivadas nuestras herencias antropológicas, nuestros conflictos de personalidad. Y Jung tuvo una depresión profunda, después de la cual, después de estar en el pantano, se descubrió a sí mismo, que la vida no es del azar, no es casual, es causal y adoptó un concepto diferenciado de Freud. Este concepto junguiano tiene una característica muy bella porque él necesitaba una palabra para explicar la realidad del ser, del psiquismo, de la emoción, era el “arquetipo”, que significa marcas, señales antiguas. Jung estableció que todos nosotros somos herederos de nuestras señales antiguas de la evolución. Estas marcas están representadas en arquetipos, que son: el ego (aquello que aparentamos), la personalidad y el self.

El arquetipo central, el viejo, que nosotros espiritistas consideramos que es Dios, la causa primera, la inteligencia suprema del universo, y de este arquetipo básico derivan los arquetipos que constituyen los sueños. Decía que todos ignoramos mucho y esto es una sombra en nuestra conciencia, porque somos esencialmente seres inconscientes. Para Jung, el inconsciente humano era tan grande como un iceberg, el 95 de nuestra realidad.

Nosotros actuamos automáticamente. Vivimos en nuestro inconsciente profundo y estableció que poseemos dos inconscientes: el individual, que es el inconsciente mío desde la cuna hasta la muerte, y el inconsciente colectivo, que es una herencia de todo lo que ha pasado en la Tierra. Y porque el propio Jung no sabe explicarlo, el espiritismo viene a decir que tenemos estos archivos del inconsciente colectivo porque vivimos en los diferentes periodos, estuvimos reencarnados en las eras pasadas y tenemos este archivo que se encuentra en el periespíritu, en el cuerpo astral, en el órgano modelador de la forma como dice la parapsicología. Es que nuestro inconsciente tiene los archivos de las cuestiones positivas y de las cuestiones negativas.

Tenemos una sombra que es la característica de nuestra evolución. Todo aquello que ignoramos es una sombra. El self es la labor de nuestro autoconocimiento, tiene que trabajar para identificar la sombra, el conflicto. La finalidad de la Tierra es hacer la fusión en una realidad profunda y al mismo tiempo consoladora. Dice también Jung que a medida que vamos descubriendo la realidad, la sombra se hace claridad. Y que la fatalidad de la vida es llegar al estado luminoso. Jesús dijo que el Reino de los Cielos está dentro de nosotros. Es necesario conquistarlo por asalto. Si el reino del cielo está dentro de mí, yo tengo que hacer un viaje interior para descubrirlo.

Jung nos invita a la meditación, a la búsqueda de la realidad, a momentos de silencio interior. Es necesario calmar el ego para que el ser que somos pueda iluminarse por intermedio de eso que Jung llamaría la individuación, un estado de individualidad, porque nosotros estamos constituidos de cinco elementos: la personalidad, el conocimiento, la identificación, la conciencia y la individualidad.

Vamos a intentar hablar de esto de una forma sencilla: Un hombre vivía cerca de un bosque, era leñador, era un hombre pobre. Y un día se acercó a su casa un hombre santo y lo recibió con bondad, con ternura, y al salir el hombre santo le dijo: «Hombre, entra en el bosque» y se marchó. El leñador se dio cuenta que vivía en el borde del bosque, pero nunca había entrado en él y gracias a esta indicación entró y quedó sorprendido, porque el bosque tenía caobas, jacarandas, cedros, maderas fantásticas de mucho valor. Se quedó muy emocionado y llegando a la ciudad constató que aquellas eran tierras desocupadas, que no tenían dueño. Contrató a un abogado y las registró a su nombre, se hizo maderero y se hizo rico, cambió de casa, de residencia, puso a sus hijos a estudiar. Adquirió vehículos para transportarse de un lado a otro…

Y 10 años después, más o menos a los 40 años, estaba meditando y recordó el pensamiento de la propuesta del hombre santo «Hombre, entra en el bosque». Tuvo la idea de adentrarse todavía más en el bosque. Contrató amigos geólogos y al fondo descubrió una montaña especial. Los geólogos mirando a la tierra: «Señor es una mina de cobre» y entonces él que era maderero, se transformó en minero, y su fortuna se hizo más amplia, consiguió construir un verdadero palacio, vivir regaladamente. Sus hijos fueron a estudiar a otro país…

Cuando tenía 50 años, prácticamente feliz, le volvió a la mente la propuesta del hombre santo «Hombre, entra en el bosque» Ahora, que era muy listo, solicitó un helicóptero. Con especialistas sobrevoló el bosque hasta que vio un río que salía de una cueva, descendió y con aquellos que le acompañaban se dio cuenta que había piedras muy especiales en el lecho del río, diamantes. Y a partir de este momento se dedicó al comercio de diamantes.

Ahora era un hombre de 60 años. La fortuna era fantástica, porque era maderero, minero y ahora exportador de piedras preciosas, pero tenía muchos problemas. Tenía a los hijos que querían parte de la fortuna. La mujer siempre protestando y todo aquello que poseía prácticamente no le valía nada.

Entonces un día, mirando a la luna, y ahora ya mayor recordó la enseñanza de aquel hombre santo «Hombre, entra en el bosque». Se dio cuenta que era necesario entrar en el bosque de su propio yo. Hizo el viaje hacia dentro y adentrándose descubrió el tesoro más extraordinario: La paz, la paz que no tiene apariencia, la paz que no pesa, la paz que solamente irradia tranquilidad, dulzura, y en ese momento en que adquirió la paz se transformó tan completamente, que las cosas que tenía no le valían de nada.

Cierta vez, estaba un día meditando sobre las cosas de la Tierra, cuando el espíritu Juana de Angelis me dijo: «Hay una historia extraordinaria del despojamiento de la búsqueda del ser interior, este viaje que todos tenemos que hacer hoy o posteriormente para encontrar la esencia que somos y no la apariencia que demostramos». Y narró que un muchacho norteamericano, acostumbrado a mucha tecnología, era discípulo de un sabio egipcio. Hizo un viaje hasta El Cairo y fue a la casa de su maestro, de su gurú. Y cuando llegó la sala estaba vacía, encontrando al gurú en postura de loto, estaba en el centro de la sala en meditación. El muchacho lo saludó «Salam Aleikum» (La paz de Alá esté con usted) y entonces el sabio le contestó.

Él mirando la sala vacía le preguntó –¿Dónde me sentaré? ¿Dónde están los muebles?

Y el maestro dijo: – ¿Dónde están los muebles suyos?

  • No, no los tengo, estoy de
  • También yo estoy de

Porque todos nosotros estamos viajando, nos apegamos a esto o a aquello y nos desapegamos de nosotros mismos. Somos esclavos de cosas. Luchamos, el egoísmo, la avaricia, nos conducen a esta amargura, a esta inquietud, porque nos olvidamos de ser lo que deberemos para ser la apariencia.

Tenemos tanta preocupación con el juzgamiento. Esto es el ego. Al ego le gusta el aplauso, la apariencia, porque el ego es un conflicto. Cuando tenemos seguridad de nuestros actos, no es importante que nos comprendan o que no nos comprendan. Tenemos el aplauso de la conciencia ¿no es esto lo que nos ha enseñado Jesucristo? Cuando llegó a Jerusalén, en la entrada triunfal, la gente se engalanó, puso tapices, puso velos, para que él los pisara. Curiosamente él estaba montado en un burrito y ese burrito era quien pisaba estas donaciones, porque él estaba entre la Tierra y el Cielo. Jesús es incomparable porque no está en la Tierra, no está en el Cielo, está como un puente que liga dos abismos, el ego y el self de la criatura humana. Porque menos de una semana después estaba siendo juzgado y una obsesión colectiva de los espíritus de las tinieblas y de la alucinación del pueblo pedía para que fuera crucificado. Y él estaba absolutamente tranquilo. Estaba a solas con la conciencia. Mejor estar a solas con la conciencia que con toda la gente y con un conflicto íntimo.

¿Cuál es el punto evento de vida? Es la soledad. Somos una sociedad con 7200 millones de personas. Y cada uno está solo dentro de sí mismo. ¿Por qué somos solitarios? porque no somos solidarios. Cuando somos solidarios, cuando salimos de nuestro ego para el self, salimos de nuestra apariencia para el espíritu que somos y ya no estamos a solas, estamos acompañados por aquel a quien hacemos el bien.

El notable Dr. Siegel afirma que aquellos que tienen autoconocimiento pueden controlar el mundo, porque controlan sus pensamientos. La ciencia espírita es la ciencia del autoconocimiento. Dice Campetti que mucha gente cuando se hace espiritista tiene la preocupación de hacer a otro espiritista, sin la preocupación de autoiluminarse.

Un día me dijo Joanna de Angelis: «Haz de tu vida una vía donde tus acciones sean huellas luminosas, para todos los que venga después de ti »

Estamos clausurando el XX Congreso Espírita Nacional. Este congreso nos ha proporcionado reflexiones. No nos olvidemos de la responsabilidad nuestra como espiritistas. Allan Kardec dice en la presentación de El Evangelio según el Espiritismo «Los espíritus que son las voces el cielo descienden para proclamar la era nueva, son estrellas que caen para iluminar la Tierra». En la cuestión 919 de El Libro de los Espíritus, Allan Kardec pregunta: «¿Cuál es el método más eficaz para ser feliz en este mundo y liberarse de las malas inclinaciones?» –Un sabio de la Antigüedad ya os dijo «Conócete a ti mismo» y San Agustín comentando decía  «haced como yo cuando estaba en la Tierra, diariamente al acostarme hacía una reflexión, cuando descubría que me había equivocado me rehabilitaba al día siguiente. Y cuando constataba que había actuado con rectitud, entonces proseguía». Es el autodescubrimiento que nos da la conciencia. Si nosotros defraudamos a la confianza de nuestros guías, nosotros nos alejamos de ellos.

Es necesario por lo tanto que, después de este congreso, asumamos el compromiso de ser Cartas vivas del Evangelio. Menos palabras, más demostraciones, más perdón, más fraternidad, más sentimiento de ternura. El mundo llora, el mundo sufre. Buenos oradores, la humanidad siempre los ha tenido desde Pericles en el siglo V hasta los oradores clásicos. Lo que necesitamos es amor, porque solamente por el amor el mundo será salvado. Y un día que no está muy lejano, ni muy cerca, un ángel silencioso lo llamará al ángel de la conciencia. Entonces, en este periodo que todos nosotros tengamos el valor de rendir gracias a Dios.

(Resumen de la conferencia proferida por Divaldo Franco, cuyo texto completo se encuentra disponible en la web de la fee)

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