«Cierto día, estando Francisco de Asís en peregrinaciónque me oigas. Te pido que vengas conmigo hasta donde están ellos por la ciudad de Gubbio, al norte de Asís, supo que la población de aquella región estaba intranquila, pues allí vivía, en las laderas de determinados peñascos, un lobo feroz, que ya había devorado muchos animales, e incluso algunos niños. El lobo procedía de una manada de lobos, de la que fue apartado por enfermedad, viviendo en una caverna que encontró, alimentándose de los animales que por allí pasaban, atacando igualmente a seres humanos descuidados. Tantos fueron los perjuicios verificados y el pánico sembrado por la región, que la población fue a su encuentro, para que él bendijese a aquél lobo, y rogase a Dios que lo hiciese desaparecer, para que la paz se restableciese.

Las madres afligidas imploraban al Padre Francisco que tuviese piedad y las ayudase, prometiéndole hacer cualquier penitencia, desde que se librasen del peligroso animal. El Padre Francisco escuchó, con paciencia, la llamada del pueblo y prometió hacer alguna cosa en beneficio de todos. Pediría a Dios para que el lobo buscase otro lugar, que no fuese donde vivían los humanos. Y Francisco, como de costumbre, por la noche, entró en meditación y en oración al Señor. A estas horas, sus oídos siempre registraban cosas fuera de lo común de los hombres.Y fue lo que ocurrió, al pedir a Dios en estos términos: “–¡Dios mío!... ¡Señor mío!... Permite que Te pida algo, tal vez inoportuno, pero que está en el alma del pueblo, por donde estamos pasando, donde queremos llevar el Evangelio de Tu Hijo y Nuestro Maestro, que nos pide alguna cosa que le pueda traer la paz y la tranquilidad física. Que apartes, Señor, el lobo que los ataca, pues bien sabes lo que está haciendo, matando animales e hiriendo a hombres y amedrentando a la población. Si fuera Tu voluntad, y si lo merecemos, haz que ese lobo salga de esta región y busque otro lugar donde él pueda sentirse mejor, y los hombres vivir en paz. Jesús, ayúdanos a comprender las necesidades de nuestros semejantes, y haz por ellos alguna cosa; María, Madre de Jesús, cúbrenos a todos con tu manto de luz, confortando nuestros corazones atribulados, pero que se haga la voluntad del Señor y no la nuestra.”

Y en el intervalo en que reinaba el silencio, Francisco, a la espera de una respuesta, oyó en el fondo de su alma un cántico respondiéndole lo que deberían hacer, en un tono armonioso y lleno de ternura: “–¡Óyeme, Francisco!... El lobo tiene derecho a quedarse donde quiera que sea, arriesgando también su vida.

¿Dónde debemos mandarlo? Él tiene la necesidad de algo que existe entre los hombres. ¿Esos no buscan mejoría en el bienestar y en la convivencia con hermanos de la misma y de otras razas? Es, pues, un derecho que asiste a quien vive, a cualquier criatura nacida de Dios y por Dios. ¿Cómo expulsar y sacrificar a un animal, solamente para satisfacer a personas, algunas sin piedad hasta para con los propios semejantes? El egoísmo de los hombres es el que los hace sufrir, no simples animales, que piden socorro, con los recursos que poseen.Ve, Francisco, a conversar con el lobo. Después de entenderlo, vuelve y conversa con los hombres, y ve si te entiende, lo que creo que es más difícil. Procura hacer una alianza entre uno y los otros, para que lo que sobre, no falte a quien tenga hambre, y que, después de amansada la fiera, no la maltraten, pues casi siempre, después de la paz, surge el abuso. ¡El lobo tiene hambre, Francisco!...”

Francisco despertó del éxtasis y sintió el drama del viejo lobo. Y partió hacia una de las gargantas del Monte Calvo, situado en los Apeninos. El gran animal, al oír la voz de un hombre que cantaba, salió de su escondrijo, tal vez pensando en alimento y agua, esquelético y débil. Puso sus ojos vidriosos en el pequeño hombre de Dios, y éste le habló dulcemente: “–¡Hermano lobo!... ¡Que la paz sea contigo, que se haga la voluntad de Dios y no la nuestra! Yo soy de paz. Vengo a pedirte en nombre de Dios y de Jesús, que tengas paciencia, pues nada te va a faltar: agua, comida y un lugar seguro. Basta que tengas un poco de confianza en los hombres, porque no todos son violentos; muchos son buenos y les gustan los animales. Puedes convivir en paz con ellos y comer lo mismo que ellos. Espero y les pediré que te atiendan en tus necesidades. Yo también soy un animal; nada tengo aquí para darte, a no ser mi cariño, pero prometo que te daré la amistad de todos, en aquello que puedan ofrecerte. Las madres están llorando, temiendo por sus hijos. ¡Ven conmigo, que serás compensado por Dios!” El lobo, a esa altura, ya estaba echado en los pies de Francisco, rozando su largo cuello en las piernas de su protector, sometiéndose con confianza. Éste se arrodilló, le puso las manos sobre la atormentada cabeza y agradeció a Dios por la nueva amistad. Al lado de los dos había una pequeña falange de espíritus de la naturaleza, algunos en forma de animales, festejando aquella unión en el sentido de despertar en los hombres el amor para con los animales, y en éstos el amor para con aquellos. El futuro nos promete que la cobra vivirá en paz con el batracio, el ratón con el gato, el perro con los felinos, el cordero con el lobo, y que los hombres vivirán en paz con los propios hombres. Francisco miró al lobo y dijo con piedad: “–¡Vamos, hermano mío; descendamos juntos, vayamos juntos hacia los hombres, pues todos somos hijos de Dios!” Francisco siguió adelante y el lobo lo acompañó a paso lento, pero sin perder su guía.

Al llegar a la aldea, el pueblo salió a las puertas sorprendido con el fenómeno. Muchos ya conocían al feroz animal, que en aquel momento se volvió un compañero manso y obediente, en la sombra del santo. Éste se sentó en un tronco, al lado de una casa, y el lobo se aproximó a su compañero, que pasaba levemente la mano sobre su cuerpo descarnado, hablándole con tranquilidad:“–Hermano lobo, este lugar es también tuyo. Considérate hijo de este bendito rebaño de ovejas humanas, que te tratarán como si fueses un hijo. No te va a faltar de nada, ni agua, ni comida, ni el cariño de todos los hermanos en Cristo que aquí residen, y para eso, vamos a ir de casa en casa para confirmar lo que deseamos. Si por ventura tuvieras que morder a alguien aquí, haz eso conmigo ahora; no debes traicionar lo que acordamos, yo te lo pido. A Jesucristo le gustan mucho los animales, tanto que prefirió nacer en un pesebre, a nacer en un palacio. Él podría haber escogido el lugar que hubiese querido, y buscó a los animales; esto es una prueba de Amor por ellos”. Las manos del Peregrino corrían por el lomo del animal, inundadas de luz que sólo el amor puede proveer, y los ojos del animal dieron una señal que solamente los humanos pueden dar, la señal de las lágrimas, porque es más fácil llorar que reír. Francisco se levantó, volvió a llamar a su compañero y fue de puerta en puerta, en nombre de Dios y de Cristo, pidiendo a los que allí vivían que no faltasen agua y alimento para el lobo, y todos, viendo la mansedumbre del animal junto a Francisco, estuvieron de acuerdo. El hijo de Asís se quedó algunos días en la región, hasta que el pueblo se acostumbrase a la convivencia con el animal, y el lobo iba de puerta en puerta comiendo y bebiendo. Engordó, tomando otro aspecto, pero, se conservó siempre manso. Aullaba en las madrugadas, sintiendo nostalgias del Santo de Asís. En los últimos días de su vida, soportaba hasta golpes por parte de los transeúntes, al intentar acompañar a algunas personas. Era mordido por los perros perturbados que recorrían la ciudad, y muchos de ellos le quitaban su comida, sin que él se revelase con el hecho. Nunca peleaba con sus adversarios y, por fin, ya enfermo, no tenía fuerzas para andar de casa en casa en busca de alimento. Se acomodó en una vieja casa, donde manos cariñosas le hicieron una cama de paja, que fue su lecho de muerte. Muchos le llevaban para que él comiese y bebiese, y, en una madrugada, se escuchó al lobo aullar, por ver en su retina a un fraile convidándolo para dar un paseo. Cuando hizo fuerza para levantarse, lo hizo, no con el cuerpo físico: se levantó en el otro mundo, en su doble etérico, y acompañó al fraile, mostrando por el movimiento de la cola, la alegría que estaba sintiendo en el corazón. Y desaparecieron en el infinito los dos hijos de Dios.»

¿Tienen alma los animales? Juzguen ustedes mismos.

*NUNES, J. Francisco de Asís. Por el Espíritu Miramez. Minas Gerais (Br), 1986

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