La primera vez que en la Doctrina Espírita aparece el concepto de periespíritu es en la cuestión nº 93 de El Libro de los Espíritus, donde éstos nos informan de que «El Espíritu está revestido de una substancia vaporosa para ti, pero muy grosera aún para nosotros». Allan Kardec, a partir de ello, en el comentario que sigue a esta respuesta, nombra “periespíritu” a esa envoltura que reviste al Espíritu.

Cien años después de esa primera definición de El Libro de los Espíritus, en enero de 1958, en la obra Evolución en dos mundos, el Espíritu André Luiz nos ofrece, entre otros, el siguiente apunte sobre el periespíritu (cuerpo espiritual): «En el cuerpo espiritual poseemos todo el equipamiento de recursos automáticos que son conquistados muy lentamente por el Ser durante milenios y milenios de esfuerzo y recapitulación en los múltiples sectores de la evolución anímica.» (cap. II)

Por otro lado, sabemos que el Espíritu no se puede concebir sin la idea de la forma o del cuerpo que lo reviste, formando, por tanto, el periespíritu parte integrante del Espíritu. De ello se deduce y entiende, claramente, que la evolución espiritual no puede desligarse de la evolución de la forma que, en todo momento, la acompaña. Efectivamente, por su esencia espiritual, el principio inteligente (después Espíritu) no puede obrar directamente sobre la materia, necesitando de un vehículo intermediario que “amortigüe” la diferencia de vibraciones que existe entre esa condición espiritual y la materia, permitiéndole poder interactuar en el medio físico.

Por tanto, para comprender correctamente esa serie de recursos automáticos del cuerpo espiritual (automatismos del periespíritu) de los que nos habla André Luiz, debemos, inevitablemente, remontarnos a los orígenes del Espíritu. Cuando el espíritu fue creado, empezó su larguísimo peregrinaje en contacto con la materia, en dirección al elevado fin al que Dios le había destinado,

«tejiendo, con los hilos de la experiencia, la túnica de su propia exteriorización, conforme al molde mental que lleva consigo» (Evolución en dos mundos, cap. 3).

A partir de sus primeras manifestaciones en el plano material, el principio inteligente avanzó a través de los reinos inferiores de la naturaleza, construyendo formas y cuerpos cada vez más complejos y perfectos para su manifestación, en variados estadios de aprendizaje y en las diferentes esferas de la vida, a medida que sentía la necesidad de expresar mayores avances y nuevas facultades, conforme a las directrices que lleva en su intimidad desde su creación. De manera que, en ese prolongado y progresivo desenvolvimiento del espíritu en los múltiples laboratorios de la naturaleza, se plasmaron los diversos sentidos, órganos y sistemas, donde las células se “fueron especializando”, surgiendo paulatinamente, cada vez más nítida y definida, esa estructura astral intermediaria entre el mundo invisible y el mundo material que, milenios después, en la unidad Espíritu/Ser humano, se consolida como el periespíritu.

Y todo ello siempre ha sido a base de experiencias, esfuerzos, sacrificios y aprendizajes adquiridos durante milenos de pruebas, de “sufrimiento”, de entrenamiento, de repeticiones y de más repeticiones, creando, con el paso del tiempo, una serie de automatismos biológicos de defensa, de supervivencia y de inmunidad, que sedimentaron en el cuerpo astral del principio inteligente.

El proceso evolutivo, por tanto, no ha sido sólo un paso de unas formas a otras. Es mucho más: significa un íntimo perfeccionamiento de funciones psíquicas y de las correspondientes estructuras astrales/físicas que permiten expresarlas, desde las más simples formas a los organismos más complejos, donde las facultades rudimentarias se desenvolvieron sucesivamente, actuando sobre esa estructura extrafísica, modificándola y dejando en ella, en cada paso y en cada etapa, los trazos y señales del progreso realizado.

Con el transcurso del tiempo y la repetición de las experiencias, el espíritu adquiere aprendizajes en todo y de todo, en las vicisitudes de sus luchas constantes por progresar, en los pormenores de las experiencias sucesivas y en todas las actitudes que, a fuerza de vivirlas una y otra vez, después de “tanto entrenamiento”, las incorpora en su intimidad, convirtiendo los movimientos y esfuerzos que en un principio resultaban “penosos” y “voluntarios”, en fáciles, inconscientes y mecánicos, para mejor y más rápidamente defenderse de las adversidades del medio y sobrevivir en la lucha por la necesidad, enraizándose todo ello como automatismos en los engranajes de la fisiología anímica, es decir, en el cuerpo astral.

Cada vez que el principio inteligente tenía que ejecutar una acción o una serie de movimientos por primera vez, debía hacerlo “de manera voluntaria”, es decir, requiriendo de un esfuerzo consciente para poder realizarlo. A base de repetir esos movimientos y acciones en numerosas ocasiones, se fueron creando una serie de asociaciones dinámicas y estables en el cuerpo astral, que se activan de manera automática en cuanto se precisa de ello, al vivir las mismas situaciones y experiencias tantas veces ya vividas anteriormente.

De este modo, leemos en el cap. 4 de Evolución en dos mundos que «el principio inteligente plasmó en su propio vehículo de exteriorización las conquistas que fundamentan su crecimiento, facultando, con el transcurso del tiempo, el automatismo fisiológico por el cual, sin ningún obstáculo, ejecuta todos los actos primarios de la manutención, preservación y renovación de su propia vida». Este automatismo presente en las funciones fisiológicas es el resultado de la suma de experiencias del principio inteligente en su cuerpo astral, a través de los siglos. Así pues, formado durante miles de años en los talleres de la naturaleza, el periespíritu heredó el automatismo permanente que lo mantiene actuante, gracias a lo cual el ser humano no necesita programarse o pensar para respirar, dormir, promover fenómenos digestivos, excretar, etc.

Es decir, que el ser humano, por su periespíritu, es poseedor, por así decirlo, de una “memoria biológica” (anatómica y fisiológica), que se ha ido construyendo pacientemente en toda la ascensión del principio espiritual por la escala zoológica de la vida orgánica, en la que en esa estructura extrafísica indefinida, rudimentaria y amorfa en los seres iniciales y que en el ser humano se consolida como el periespíritu, se han fijado todos los recursos, beneficios, mecanismos y leyes de esa vida orgánica, de supervivencia y de adaptación y que hoy se encuentran perfectamente estructurados y definidos en el ser humano y, gracias a lo cual, todos nosotros ejecutamos, de forma natural y completamente automática, todos los actos primarios y básicos del funcionamiento fisiológico de nuestro organismo y un sinfín de funciones que nos pasan desapercibidas.

De manera que el cuerpo físico obedece a esos automatismos periespirituales incluso cuando el equipo Espíritu/periespíritu se emancipa parcialmente de él, quedando unido tan sólo por algunos lazos fluídicos, suficientes para preservar las funciones biológicas sin ningún perjuicio. En el Plan Divino de la evolución era necesario que el espíritu pasase primero por toda una serie de experiencias básicas, a fin de ir fijando en su envoltura extrafísica las leyes que dirigen la vida orgánica, para entregarse, después, a los trabajos propios de perfeccionamiento moral e intelectual, que se inician en el Espíritu/ ser humano.

Una vez ya plenamente conquistada esa etapa inicial, algún día llegará, sin duda, en que también el ser humano conquistará e interiorizará actitudes de amor, para exteriorizarlas sin esfuerzo alguno. Porque, también, a base de entreno, aprendizajes y experiencias, formarán parte de su intimidad espiritual, no necesitando esforzarse para amar porque, después de tantos errores y rectificaciones, lo hará como un automatismo más.

Nota:

Se llama periespíritu al vehículo intermediario entre el Espíritu y el cuerpo físico, a partir de la especie humana. Antes, en los reinos inferiores, ese cuerpo intermediario lo he nombrado como cuerpo /estructura astral, envoltura extrafísica, vehículo intermediario. Del mismo modo, el Espíritu (individualidad con conciencia propia) empieza su trayectoria a partir, también, de la fase humana. Ese psiquismo, antes de la etapa humana, lo he nombrado como espíritu (con minúscula) o principio inteligente.

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