Según los estudios de la Biología y la Paleontología, la vida orgánica en la Tierra aparece en la última etapa de la Era Arqueozoica, en el Período Precámbrico. La vida sólo podía aflorar y estar debidamente ordenada en su camino evolutivo a causa de un campo de comando que pudiese influenciar e incentivar las formas, esto es, el principio-unificador o espiritual, que se manifiesta en los fenómenos de la vida como “necesidades”, con el fin de alcanzar una determinada posición, de orden, armonía y equilibrio.

El mineral posee tanto la vida como el vegetal y el animal. El principio unificador, la esencia que preside las formas y el metabolismo de la flora y de la fauna, existe también en el reino mineral, presidiendo las fuerzas de atracción y repulsión en que los átomos y las moléculas se unifican y equilibran.A medida que los elementos dispersos se fueron reuniendo, las primeras combinaciones formaron cuerpos exclusivamente inorgánicos, las piedras, las aguas y toda la diversidad de minerales. Cuando esos mismos elementos se modificaron por acción del fluido vital—que no es el principio inteligente—formaron cuerpos dotados de vitalidad, con una organización constante y regular, cada uno en su especie.

El vegetal despunta como consecuencia de la coordinación del eje-vital o dinamismo espiritual, que va modelando las formas físicas de microscópicas    a macroscópicas, en el fondo de las aguas con las temperaturas adecuadas y sin las convulsiones telúricas de la superficie de aquella época.

El eje vital, o psiquismo primario, va adquiriendo experiencias en las idas y venidas, del campo energético al campo material y viceversa, determinando una apertura cíclica que posibilitaría la adquisición de cualidades de los pequeños ciclos de vida que se van formando. La vida se va expandiendo y mostrando infinitas formas a partir de cuerpos simples, como consecuencia de la acción del principio-espiritual.

La energía espiritual, en esas eras de millares de millones de años, adquiere experiencias y cualidades, amplía aptitudes en las vivencias de todo el reino vegetal y animal, ganando en el primero, sensibilidad; en el segundo, instinto.

El animal tiene una tendencia para reaccionar contra el medio exterior y la sensación le determina emociones de placer o de dolor. Buscando unas y huyendo de otras, realiza actos instintivos, que se traducen por acciones reflejas que se adaptan admirablemente a su existencia. Así, en la liebre que se dispara al menor ruido, el movimiento de fuga es involuntario, en parte reflejo, en parte instintivo, pero, sobre todo, un movimiento adaptado a la vida del animal, teniendo por finalidad su conservación. Huye para salvarse.

De ahí se sigue que acciones y reacciones son siempre las mismas para una especie y, por consecuencia, provocan las mismas operaciones intelectuales obscuras. Esas operaciones incesantemente repetidas, se incrustan en el periespíritu, que petrifica por así decirlo el aparato cerebro-espinal, llegando a ser parte del animal. Es en esa categoría que se colocan los instintos, cuyo objetivo es: nutrición, conservación, reproducción.

La inteligencia, un tanto desprendida del medio periespiritual grosero, interviene para que el Espíritu, aproveche los instintos naturales, modificándolos o perfeccionándolos.

El instinto es la fuerza oculta que lleva a los seres orgánicos a realizar actos espontáneos e involuntarios para sobrevivir. El instinto es una inteligencia rudimentaria no racional y mediante él todos los seres proveen sus necesidades. La inteligencia es una facultad especial propia de ciertas clases de seres orgánicos, que les da con el pensamiento, voluntad de actuar, conciencia de su existencia y constituye su individualidad moral.

La reflexión y la premeditación no entran en los actos instintivos. Es así como la planta busca el aire y la luz y sus raíces hacia el agua o la buena tierra. Por instinto, los animales migran hacia climas más propicios a construir con arte, según la especie y sin lecciones previas, refugios y lechos mullidos para sus crías, los métodos para atrapar la presa que le servirá de alimento.

Es el instinto el que acerca a los sexos, el que lleva a la madre a cuidar a sus retoños y a éstos a buscarla. El instinto materno el más seguro de todos, se eleva y se ennoblece. Dios vela por sus criaturas recién nacidas mediante la protección materna.

La inteligencia se revela mediante actos voluntarios, reflexivos, premeditados y combinados según las circunstancias. Es indudablemente un atributo exclusivo del alma. Sus actos son libres y, en razón de su carácter libre, está sujeta a errores. En el instinto sus actos son mecánicos, convirtiéndose en un guía seguro que jamás se equivoca. Aunque el acto instintivo no tenga el carácter de inteligente, revela una Causa Inteligente, esencialmente previsora.

No hay una frontera definida y precisa que nos diga dónde termina uno y dónde comienza el otro. A menudo se confunden, pero se pueden distinguir muy bien los actos que pertenecen al instinto de aquellos otros que corresponden a la inteligencia. Si observamos los efectos del instinto, tenemos una unidad de puntos de vista y de conjunto, una seguridad en los resultados que desaparece cuando la inteligencia libre reemplaza al instinto; se reconoce una sabiduría profunda en la adecuación tan perfecta y constante de las facultades instintivas a las necesidades de cada especie. Lo que implica por fuerza la unidad de la causa; una causa general, sabia, previsora, uniforme, constante, segura, inteligente, nos obliga a pensar más alto hasta llegar al Creador.

Una inteligencia profunda significa un inmenso acervo de luchas planetarias. Cuando se logra esa posición, si el hombre conserva en sí mismo idéntica expresión de progreso espiritual por medio del sentimiento, estará entonces en condiciones de elevarse a nuevas esferas de lo infinito para la conquista de su perfección.

 


Bibliografía

DOS SANTOS, J.A. Dinámica de la evolución espiritual DELANNE, G. La Evolución Anímica. Buenos Aires: Fundación Espírita Humanista Allan Kardec, 2004.

KARDEC, A. La Génesis

[En línea: www.espiritismo.es] KARDEC, A. El Libro de los Espíritus [En línea: www.espiritismo.es]

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