Vivimos inmersos en una sociedad consumista, preocupada por las formas, los conceptos materialistas, las tendencias, la moda etc. Estamos constantemente siendo bombardeados con frases e imágenes publicitarias de todo tipo. Somos marionetas en el mercado global del consumo, en el que las grandes multinacionales mueven nuestros hilos al son de la moda, de la tecnología, de la actualidad. Para lograrlo sólo tienen que incitar nuestra vanidad, nuestro orgullo, nuestra envidia, consiguiendo hacer de nosotros un blanco fácil, para colocar sus productos. Nuestros egos se hinchan y se alían con toda esa multitud de eslóganes publicitarios e imágenes irreales. Esclavizan nuestros sentidos y subyugan nuestra voluntad para hacer lo que los estándares del consumismo nos dicten.

Del mismo modo en que mantenemos una higiene con nuestro cuerpo, lo lavamos, lo alimentamos, hacemos ejercicio físico para tonificarlo etc., no podemos descuidar la higiene de nuestro yo interior, de nuestro espíritu inmortal, que es en verdad quien con su inteligencia y voluntad actúa sobre nuestro cuerpo físico y nuestras emociones. Para llevar a cabo la higiene del espíritu es imprescindible descontaminarlo de tantas agresiones externas, desconectarlo del agitado y molesto ruido de tantas ondas cerebrales, de tantos pensamientos confusos, ruido de la mente agitada, de las ideas atropelladas y en desorden.

La meditación es un estado especial de desconexión externa. Este estado nos posibilita la reflexión profunda acerca de las cosas necesarias y las superfluas. Cuanto más conscientes somos de nuestra verdadera esencia, y de lo poquito que necesitamos para vivir, apenas alimento, agua, aire y cobijo, nos encontramos más ligeros y más felices de tener una vida plena y sin la carga de todo lo innecesario que nuestros egos han ido acumulando sobre nuestros hombros.

No podemos cambiar el mundo, pero sí que podemos cambiar nuestro mundo interior a través de la autoobservación. Conociéndonos a nosotros mismos, podremos manejar mejor nuestras emociones y lograremos saber distinguir entre las ideas y pensamientos que son propios de los sugeridos e inducidos por nuestras formas desordenadas de vivir.

Además de esta higiene íntima, para mantener nuestro espíritu saludable, es necesario también el alimento espiritual.

«No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que viene de Dios» (Mateo 4:4)

Tenemos la necesidad de escuchar palabras que nos hagan sentir, vibrar, resonar como un diapasón, para que nuestro espíritu sienta la llamada del progreso evolutivo que tiene que realizar, a través de las experiencias, para su aprendizaje y acercamiento al Creador, en una corriente ascendente de todas sus cualidades morales, que le van a posibilitar la conquista de la verdadera felicidad a través del camino de la caridad y el amor al prójimo. Aquello que el maestro de Nazaret nos vino a decir hace 2000 años, y que aún estamos tan lejos de entender en su justo valor.

En esta vida de tantos avances tecnológicos, en la que todos los miembros de una misma familia tienen su móvil, smartfone, tablet, ordenador, videojuegos etc., andan cada cual por su lado, absortos en sus aparatos electrónicos. Ni a la hora de comer son capaces de mantener una conversación sin que los aparatitos estén sonando y se interrumpa una cucharada de sopa, para contestar un wasap. Antes no había tanta tecnología, pero a la hora de comer se sentaba toda la familia junta en la mesa y, mientras comían, hablaban y cambiaban opiniones y pareceres en torno a las circunstancias que cada uno vivía en ese día. Había comunicación y la familia permanecía unida.

Nosotros, espíritus encarnados, tenemos la necesidad de compartir. Es la forma de aprender de las experiencias propias y las ajenas. El maestro Jesús nos dijo: «donde estén dos o más reunidos en mi nombre allí en medio estaré yo con ellos». ¡Si entendiéramos el gran beneficio que supone estar reunidos en nombre de Jesús! Unos momentos en el seno de la familia, apenas para tomar una hoja del Evangelio, realizar su lectura y establecer un diálogo dando la opinión de lo leído cada uno, según su entendimiento. Luego realizar una oración en conjunto acordándose de dar gracias al Padre por todo lo que nos da. Apenas 20 minutos una vez por semana, genera en el lugar donde se realiza una carga magnética de ondas energéticas de alta elevación que va a perdurar en el tiempo, sirviendo de protección y de ayuda para que el estado vibratorio se mantenga elevado y los moradores de la casa se sientan mucho mejor a todos los niveles, físico, mental y espiritual.

Cuando el Evangelio entra en el hogar, las ondas negativas y las confusiones que promocionan las sombras se disuelven.

Con un pequeño grupo que realice este ejercicio regularmente en su hogar, el beneficio se va a notar en todo el vecindario. La oración proporciona un sentido de paz y bienestar, ayuda a encontrarle sentido y significado a la vida, a tomar mejores decisiones y a evitar la infelicidad. Todos esos efectos psicológicos también ayudan al cuerpo, lo que se traduce en calidad y cantidad de vida.

Diversos estudios científicos han demostrado que este acto de orar ayuda a mejorar la salud, reduce el ritmo cardíaco, la presión arterial, la tensión muscular y refuerza el sistema inmunológico. Harold G. Koenig, autor del libro The healing power of Faith (El poder curativo de la fe), profesor asociado en psiquiatría y director del centro para el estudio de la religión, la espiritualidad y la salud de la universidad de Duke en Estados Unidos, ha encabezado diversas investigaciones al respecto y asegura que ha podido comprobar estos beneficios. «Los 25 estudios realizados a lo largo de más de 15 años han demostrado que orar por otros ayuda al bienestar propio, además aquellos que oran experimentan menos depresión y manejan mejor el estrés que ocasiona la enfermedad que quienes no lo hacen».

«Mas cuando oréis no seáis como los hipócritas, que les gusta orar de pie en las plazas públicas para ser vistos…» (Mateo 6:5)

La oración es un bálsamo que nos hace mucho bien en nuestras vidas. Se realiza para hacer un ruego, dar gracias o glorificar. Toda oración tiene respuesta, porque “Dios es Amor”. Es una comunión entre el Padre y nosotros sus hijos. Orar es un acto de amor y el Padre nos envía las respuestas a nuestros corazones afligidos, elevando nuestras almas, fortaleciéndonos para superar las pruebas del camino.

Para que la oración llegue a su destinatario debe hacerse desde el corazón. No son importantes las palabras más o menos pomposas que se utilicen. Es más agradable a Dios la simplicidad. Igual que un hijo habla con su padre, con naturalidad y sencillez, desde el corazón y esa oración sin duda llega. Se transmite por el pensamiento a través del fluido universal. Semejante al aire que transmite el sonido, el fluido universal sirve de vehículo para las ondas que emitimos con nuestros pensamientos. Orad, orad siempre. La oración es una medicina que calma y cura. Una forma de llevar nuestra mente a lugares más hermosos con vibraciones de paz y Amor.

«Por sus obras los conoceréis…» (Mateo 7:16)

El espíritu posee los atributos de la inteligencia y la voluntad. Todos, aunque en diferentes gradaciones, tenemos conciencia de ser y disponemos de la voluntad de hacer. No es suficiente con la oración, pues todo pensamiento para ser útil debe ir seguido de la acción.

 En esta vida en la Tierra disponemos del laboratorio perfecto para que se nos den las circunstancias adecuadas que nos permitan ir superándonos moralmente día a día en esa ascensión evolutiva del espíritu que somos. En el quehacer cotidiano vemos por todas partes circunstancias para poder poner en práctica esas herramientas con las que la evolución nos ha ido dotando y que están a nuestra disposición cuando estamos preparados: la empatía, la humildad, la abnegación, la resignación, el perdón, etc., y, por encima de todas ellas, la caridad y el amor.

 A través de la caridad vamos moldeando nuestro ser interior, forjando nuestro espíritu hasta el día que esté preparado para acercarse a la fuente de la verdad eterna. Pero la verdadera caridad no es sólo la limosna, aunque alivia el cuerpo físico, y sirve para apaciguar el hambre. La caridad es sobre todo dar el alimento espiritual a aquellos que lo necesitan, que son mucho más numerosos que los primeros. Y aunque el pedazo de pan alivia el hambre del cuerpo, la palabra de Dios, que es el alimento espiritual, alivia el espíritu que es imperecedero por su esencia inmortal.

 Para gozar de una buena salud, tanto física como psicológica y espiritual, debemos poner en práctica las enseñanzas del Evangelio. Es necesario que nos involucremos en actividades solidarias, ayudando a personas con dificultades, promoviendo la solidaridad, la comprensión y la tolerancia entre todos los seres humanos, a través del ejemplo y no sólo de la palabra. De este modo, no sólo serán beneficiados aquellos hacia quien dirijamos nuestras acciones. Los primeros beneficiados seremos los que lo practiquemos. Cada cual tiene la responsabilidad y la posibilidad de cambiar el mundo, pero desde dentro: cambiándose cada uno a sí mismo y predicando con el ejemplo, para contribuir a mejorar el mundo en el que vivimos, su civilización, su humanidad, el medio ambiente en el que nos movemos, para encontrarnos con un mundo mejor, más bello, más adelantado intelectual y moralmente, más justo y más humano, cuando regresemos en sucesivas encarnaciones a habitarlo de nuevo.

 

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