Anaxágoras, el filósofo presocrático, afirmaba que el todo se encuentra en cualquier parte y que cada parte posee el todo. Este pensamiento sería hoy denominado holograma, por medio del cual cada partícula es una síntesis del universo y el universo está constituido de partículas. A Sócrates y a Platón les cupo la idea extraordinaria de decir que vivimos en un mundo de ideas, de donde somos originarios y donde retornamos después de la muerte. Para su filosofía ética, la vida tenía un sentido superior: la edificación de un ser integral a través de una propuesta de naturaleza moral. El espiritualismo socrático-platónico pretendía demostrar que la vida era indestructible, que la materia no era más que una condensación de esta energía del mundo de las ideas.

Posteriormente, casi cuatrocientos años después, Jesucristo afirmaría que la finalidad de la vida es amar, porque el ser viene del mundo espiritual, adonde retorna dando continuidad al fenómeno de la vida. Él mismo se hizo anunciar por medio de fenómenos proféticos antiguos, y cerca de su nacimiento por la revelación de los ángeles a su madre para realizar el periplo y, después de desencarnar, retorna a la convivencia de los amigos, tan real como antes del fenómeno mortis. Empero, este pensamiento iría a quedarse en la teología de aquellos denominados padres de la iglesia cristiana primitiva. Porque antes de ellos, los neoplatónicos de la escuela de Alejandría, que hubiera sido restablecida para estudiar los fenómenos platónico-socráticos, ya afirmaban que hay vida antes de la vida y continuación de la vida después del fenómeno de la muerte.

La historia del proceso evolutivo de las ciencias se dará paso a paso, con mucha dificultad por causa de la intolerancia religiosa. En el siglo XVII mientras tanto, gracias a Lord Bacon, a Blaise Pascal y a otros científicos que constataron que la vida era más grandiosa que ese fenómeno vital teológico, surge el momento en que se separan la ciencia y la religión, abriendo espacio a la investigación científica.

Hasta el siglo XX, en sus comienzos, se creía que la comunicación cerebral era resultado de fenómenos eléctricos. Sin embargo, después de los años cincuenta del siglo pasado, se pudo detectar gracias a la ingeniería de la física cuántica que las neuronas tenían impulsos eléctricos y que éstos permitían la eliminación de sustancias químicas. Las comunicaciones por lo tanto serían electroquímicas y este fenómeno era resultado de la consciencia. Se estableció en la psicología un problema, porque la psicología materialista informaba que la consciencia era un efecto cerebral, pero ahora sería la consciencia la que conduce los fenómenos cerebrales, la consciencia no estaría adscrita exclusivamente a esas neuronas. Surge entonces la probabilidad científica de una consciencia no cerebral como afirmaba el parapsicólogo indio H.N. Banerjee. Para él había dos memorias en la criatura humana, la memoria actual, la memoria cerebral, y una memoria extra cerebral, que dependía de las neuronas. Éstas se transformaban con las glándulas endocrinas y el sistema nervioso central en antenas, que decodificaban esta memoria extra cerebral y la traían al consciente actual. Es decir que antes de la vida, a la luz del pensamiento de Banerjee, había inteligencia y que antes del nacimiento orgánico, la memoria funcionaba y cuando iba a ser dominada por el cerebro, esta manifestación no cerebral podría traer recuerdos, reminiscencias del fenómeno de las existencias pasadas.

En experiencias realizadas en Canadá, el psiquiatra Fisher, después de haber investigado esta memoria no cerebral, constató que entre una existencia y otra hay un espacio que las investigaciones de terapia de regresión de memoria no habían constatado. Y a ese periodo ellos dieron un nombre que corresponde al periodo espiritual, a ese llamado por Jesús el «reino de Dios» y que Allan Kardec, al presentar la ciencia espírita denominó como «erraticidad». La erraticidad es, por lo tanto, ese periodo que precede al nacimiento y que sucede a la desencarnación. Es decir, que hay un mundo de ideas, un mundo de vibraciones, un mundo causal antes de este mundo temporal, relativo, transitorio, que es el mundo físico, que tiene inicio en la concepción y que se cierra en la desencarnación, no desintegrando la realidad de la vida.

Pero en este periodo desde el siglo XVII, Isaac Newton había propuesto las manifestaciones de la vida, el estudio de las partículas, los fenómenos materiales y estableció que la materia era todo aquello que tenía tres propiedades: espesura, anchura y altura.Todo aquello que tenía un contenido que presentaba las tres características era materia, eso pasó a denominarse física clásica o física newtoniana.

Posteriormente, en torno al año 1872, Sir Williams Crookes consiguió detectar la materia radiante que percibió al estudiar el espectroscopio de la Tierra, de la Luna, que la materia producía determinadas radiaciones. A continuación, Henri Becquerel estudiando esas radiaciones descubrió que la materia poseía otras propiedades no necesariamente tangibles que nuestros sentidos pudieran detectar. Más adelante, Roetgen detectó los rayos X y abrió un espacio para un estudio profundo de la materia y a medida que los físicos newtonianos estudiaban la materia, ella se deshacía delante de sus miradas.

Entre los años 1888 y 1892 una extraordinaria física polaca estando estudiando pechblenda en la universidad de La Sorbona detectó una cierta manifestación luminosa, una radiación. Mme. Curie percibió que de tanto trabajar con la pechblenda, de llevarla a altísimas temperaturas para que se fuese disgregando, quedaba, como resultado de esa labor fatigosa, con sus manos quemadas debido a la radioactividad.

A partir de ese momento, en el año de 1905, Albert Einstein, matemático y físico, concluye que el universo se expande, que el universo no está parado, se contrae y se expande y presenta la teoría de la relatividad, del tiempo y del espacio. La física cuántica va siendo colocada como la mejor manera de entender la vida. No somos seres exclusivamente orgánicos y la vida no está constituida del mineral, del vegetal, del animal; está constituida de energía. Y esta energía, en las palabras de Einstein, constituye todo el universo. Vivimos en un mundo de ondas, vibraciones, rayos, pensamientos e ideas, que cuando se condensan se manifiestan como materia, cuando se disgregan se manifiestan como energía.

Posteriormente, Fermi y una élite de pensadores y físicos cuánticos de la escuela de Copenhague presentan la teoría de la complementariedad y la física cuántica se presenta ahora como una doctrina de probabilidades. Con las experiencias de laboratorio se pudo constatar que el átomo no es la mínima partícula, sino un universo miniaturizado. La evolución de la disgregación de la materia continuó hasta llegar al descubrimiento del neutrino, una partícula tan pequeña y tan veloz que atraviesa una galaxia con la velocidad del pensamiento y después se disgrega. Así pues, las investigaciones realizadas para intentar repetir el Big bang de hace catorce mil millones de años resultaron una sorpresa fantástica para la física cuántica, porque hicieron que chocaran dos protones, que dejaron un rastro de luz. Este rastro de luz inquietó a los científicos porque era energía, sin embargo era materia. Pero lo más fascinante es que esa partícula, que prácticamente podemos concebir casi abstracta, sería denominada como la «firma de Dios», como si Dios colocara en su creación su autógrafo.Y entonces esa partícula que es materia, que es energía, es la firma de Dios en su obra. Yo había leído al escritor francés que escribió lo siguiente: «Cuando Dios no quiere aparecer, surge su autógrafo que se llama el azar»; el azar es por lo tanto el autógrafo de Dios. Ahora tenemos un autógrafo de naturaleza material, de naturaleza energética.

Cuando el extraordinario codificador de la doctrina espírita probó científicamente que el espíritu es una energía que piensa, el principio inteligente del universo, no tuvo la preocupación de demostrar que el espíritu sería materia o solamente energía. Es un principio, y demostró que en el universo hay tres principios: Dios, materia y energía.Y además, para que pudiéramos entender cómo ese principio inteligente creado por Dios que los antiguos esotéricos dijeron ser el Dios interno, la chispa divina que se encuentra en germen para desarrollarse mediante las reencarnaciones, él no tuvo otra preocupación sino decir que esta energía es eminentemente inteligente como la semilla. Cuando miramos la semilla sabemos que ahí está la planta, el árbol del futuro sintetizado en aglutinaciones moleculares. Allan Kardec estableció entonces que esta energía está envuelta en una organización semi-material, el periespíritu, muy conocido de los antiguos esotéricos como el cuerpo astral encargado de la memoria, de plasmar aquello que la mente construye para la edificación del cuerpo. Y el tercer elemento, la materia, que es la aglutinación de moléculas en este cuerpo semi-material. Es decir, si la mente edifica de forma positiva, construye el amor, la fraternidad, la ciencia, el arte, la belleza. El periespíritu capta, produce la organización y las moléculas de energía se aglutinan y propician el cuerpo de acuerdo con aquello que ha pensado el Ser. Si por ejemplo comete un suicidio y destruye la forma material, la forma periespiritual es afectada porque la construcción fue de la mente y en la próxima reencarnación este periespíritu afectado irá a plasmar un cuerpo con deficiencias, un cuerpo con idiotez, con esquizofrenia, descerebrado, con acromegalia, con microcefalia, etc.

Entonces tenemos este campo de energía pero, ¿de dónde viene ese mundo de energía? del mundo de las ideas de Platón, eminentemente energético.Y como nosotros no vemos al átomo, ni conseguimos ver al neutrino, ni a las micro partículas, nuestra percepción orgánica no consigue detectar este mundo original de dónde venimos. Sin embargo, individuos especiales, dotados de un sexto sentido como afirmaba Charles Richet, premio Nobel de fisiología considerado uno de los más grandes sabios del siglo XX, sí entran en contacto. El mundo espiritual es invisible a algunas personas, no a todas, porque los médiums clarividentes pueden percibir una parte mínima y moverse incluso en desdoblamiento de la personalidad en ese mundo real, real porque es el mundo causal, y trae las impresiones al mundo físico.

Pero ¿cómo es ese mundo que no es imaginario? No se puede concebir, si no es partiendo de comparaciones filosóficas, de tentativas científicas. Tenemos que examinar con realidad, con frialdad, para que la emoción no nos induzca a la imaginación exacerbada, al fanatismo, a una forma de auto-consideración que nos lleve a un estado de exaltación de la personalidad. Fundamentado en las experiencias de la mediumnidad, de las experiencias de casi muerte, cuando retornan aquellos que ahí estuvieron y también por los fenómenos de la reencarnación, el mundo espiritual existe. Esta es la realidad.

Más recientemente, un notable neuropsiquiatra, cirujano de la Universidad de Harvard, publicó un libro que sorprendió a las universidades americanas y mundiales, el Dr. Eben Alexander afirma en él: «el Cielo existe». Él era materialista confeso, neurocirujano, uno de los más importantes de EEUU. Fue acometido de una enfermedad infecciosa que ataca el cerebro y durante siete días estuvo en coma. Durante ese periodo que estuvo intubado, la familia, muy cristiana, empezó a orar para su curación, a pedir a los grupos de oración americanos para que volviera en sí. Los médicos veían en el electroencefalógrafo la línea horizontal, la línea de la muerte, y por lo tanto que no había la más mínima esperanza de vida, por lo menos cerebral y posteriormente orgánica para él. Al séptimo día, los médicos resolvieron desconectarlo de los aparatos para impedir que ese estado de muerte prosiguiera indefinidamente, sin ninguna posibilidad remota de retornar a la vida mental. La familia les rogó una noche más, que se hiciera la desconexión al día siguiente. Y cual no fue la sorpresa, que al amanecer del octavo día el Dr. Eben se despertó, absolutamente lúcido, sin cualquier secuela cerebral de la falta de oxígeno durante tanto tiempo, y dijo: «He retornado del Cielo» en su concepto arquetípico de las creencias ancestrales. «El Cielo existe. Mientras vosotros estabais ante mi cuerpo en estado cadavérico, yo me movía, yo podía caminar, yo salía del hospital.Visité una ciudad maravillosa, más bella que todas las ciudades norteamericanas, y me di cuenta que los árboles, las flores, el agua allí son más preciosos que aquellas que yo conocí en la Tierra. He visto pájaros, aves bellísimas, de plumaje superior. He dialogado con personas, sin la necesidad del habla, nos mirábamos y dialogábamos mentalmente. Quiero decir que la divinidad me ha elegido para demostrar que hay vida después de la muerte.» Y en un lenguaje muy americano narra lo que fue esa experiencia, y dijo: «Nadie podrá decir que estos fenómenos son alucinatorios, resultado de las medicinas, de las sustancias químicas en mi cerebro, porque mi cerebro técnicamente estaba muerto. Yo soy uno de los más grandes conocedores del cerebro en los EEUU, nadie tiene cómo argumentar que es un fenómeno de naturaleza psicológica, no, es un fenómeno real.» Y eso produjo un “shock”, porque era el primer científico de Harvard en creer y divulgar que hay un mundo más allá del mundo físico terrestre.

Pero para nosotros eso no constituye una sorpresa, porque desde hace tiempo, gracias a la revelación cristiana, cuando Jesús retorna, convive y se marcha en dirección a la casa del Padre, citada en el Evangelio, según Juan, cap. XIV, vers. 1-2, «Creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre, muchas moradas hay». Entonces tenemos, de acuerdo con las vibraciones circulares que envuelven a cada planeta y al Universo, diferentes moradas que están situadas fuera de nuestra dimensión, invisibles a la mirada física y que muchos de nosotros en los momentos oníricos podemos visitar en transportes extraordinarios.

Tenemos en la literatura mediúmnica las más extraordinarias narraciones al respecto del mundo espiritual. Cuando un médico brasileño desencarna y va a una región de profundos sufrimientos, donde se queda sufriendo durante ocho años como consecuencia de sus actos. Porque lo más importante del mundo invisible, del mundo espiritual, de la erraticidad como dice Allan Kardec es que hay una erraticidad inferior y hay una erraticidad superior, un mundo sublime y un mundo primitivo, doloroso. Porque la función de la existencia terrenal es mejorarnos moralmente, desarrollando los sentimientos nobles, el dios interno para retornar un día definitivamente a ese mundo en una situación de dioses, una situación de plenitud. Porque el mismo universo es relativo, ya afirmaba Albert Einstein que estamos en un universo relativo que un día se desintegrará por falta de la energía mantenedora. El mundo espiritual existe antes que el universo y continuará después de su desintegración. Los detalles se escapan a nuestra mente porque son parte del infinito. Entonces, ese médico que se denominaba André Luiz y cuya historia un gran número de vosotros conocéis por la película, por el libro Nuestro Hogar, narra con riqueza de detalles reales lo que es ese mundo, porque estuvo en esa colonia.

Y André Luiz, por no haber cumplido con sus deberes y misión de médico, por haberse preocupado mucho más por los valores terrenos, por los placeres, cuando podría haber devuelto parte a los infelices, a los sufrientes, y no lo hizo, fue por lo tanto hacia la erraticidad inferior que él mismo denomina “umbral”. El umbral, la entrada, la puerta, la parte que precede a cualquier lugar, este umbral pasó a ser para los espiritistas como aquel infierno de Dante o aquel purgatorio de la visión de La Divina Comedia. Entonces ahí sufría, se sentía muerto y se sentía vivo porque experimentaba todos los fenómenos orgánicos, la muerte no cambia a nadie.Y André Luiz, después de ocho años es rescatado de esa región dolorosa.

Permitidme una narración personal: Cuando yo continué con esas experiencias de desdoblamiento, un día, Juana me propuso hacer una visita al Umbral. Me dijo que no era una visita social, sino de socorro, yo tenía que ayudar a Espíritus en sufrimiento.Y me dijo: «Tú conocerás en este momento a la Reina Santa Isabel». Yo tuve la satisfacción de conocerla en esa oportunidad, cercada de luces, con rosas luminosas en la mano. Fuimos a una región por ella comandados donde se podía decir que era el Umbral, era un charco cerca de un pantano de una región muy oscura entre montañas, una cadena montañosa. En aquella región la psicosfera era tremendamente oscura, donde la claridad de la luna no penetraba, ni la claridad de las estrellas. Y los seres que constituían la caravana, casi cien, un número enorme, algunos de ellos con antorchas, con luces que brillaban en la oscuridad. El camino era tan peligroso que debíamos seguir las huellas dejadas por ella, huellas luminosas, porque era como si fuera un abismo y con cualquier desatención podríamos caer al precipicio. Amparado por el Espíritu Juana de Angelis, nos adentramos en ese páramo y escuchábamos el alarido, las exclamaciones, los gritos, el desespero, las agonías, el sufrimiento, la revuelta, aquellos que protestaban, que blasfemaban y periódicamente, algunos de los que iban atrás tiraban redes, redes magnéticas luminosas y ellas iluminaban el pantano donde se veía muchas cabezas de Espíritus que se ahogaban y que volvían, “suicidas”. Y entonces ellos se agarraban a esas redes y eran retirados por esos trabajadores de la caridad. Pero de cuando en cuando, una parte de la red se rompía y aquel que se agarraba volvía al pantano y Juana me dijo:

«No son sinceros. Cuando ruegan a Dios con amor y están con el alma libre de sentimientos negativos la red se hace fuerte, pero cuando son hipócritas y solamente tienen miedo la red se rompe y permanecen ahí hasta que cambien». Entonces los rescatados eran conducidos a la parte de fuera para ser trasladados a las colonias purgatoriales de Nuestro Hogar. Y entonces vi a un amigo que tuve en la Tierra, y pienso que ese fue el motivo por el cual Juana me llevó a ese lugar. Cuando la red lo atrajo le vi el rostro transfigurado, como si tuviera una dermatosis deformante, heridas, entonces me reconoció y gritó: «¡Divaldo! ¡Socorro!

¡Sálvame!». Juana me miró y me acerqué y comencé a hablarle diciéndole: «Ya estás salvado. Pero no pienses en mí, que no soy nada, piensa en Dios, piensa en tu madre, recuerda la caridad que hiciste». A lo que él me interrumpe: «¡No! No hice caridad alguna».Y seguí:

«Piensa entonces en la posibilidad de hacerla oportunamente, tenemos el porvenir». Entonces Juana me dijo: «Retorna con él» y fui con él hasta una zona de césped.

Esta experiencia marcó definitivamente mi actual existencia. Porque no es necesario parecer bueno, gentil, es necesario ser gentil. Que cuando alguien se acerque a nosotros no solamente identifique nuestra generosidad, nuestra simpatía, sino una cierta irradiación de paz, de esa paz que viene de la conciencia tranquila, del desapego, de la superación de las malas inclinaciones, de los vicios, que aún no he conseguido librarme. Sin embargo con la bendición de la doctrina estoy esforzándome cada día, cada momento. Que una persona habla mal de ti, qué maravilla, como decía San Francisco, en ocasión de que una persona le dio una paliza y cuando le preguntaron si estaba resentido dijo:

«¡No! De esa manera aprendo a ser humilde y a saber que nada valgo, porque solamente me sucede aquello que es mejor para mi evolución». Qué filosofía más extraordinaria, la victoria sobre sí mismo, sobre las pasiones, para nuestra paz que nadie nos puede brindar. La paz es una adquisición personal, íntima, por eso se hace necesaria la reflexión, el hábito necesario de la concentración, del análisis, del examen de conciencia como recomienda San Agustín en respuesta a la pregunta nº 919 de El Libro de los Espíritus: «Haced como yo cuando estaba en la Tierra. Al acostarme hacía examen de conciencia y cuando me daba cuenta de que había actuado de una forma correcta, continuaba, y cuando me daba cuenta de que había actuado de manera equivocada, pedía perdón, me acercaba, procuraba rehabilitarme». No es lo que hacemos nosotros, si tenemos un enemigo, mejor, nos hemos librado de él. No es así, somos parte de la familia universal.

Cuando el Espiritismo nos habla de tolerancia, me doy cuenta qué poco se habla de esa trilogía: trabajo, solidaridad, tolerancia. Trabajo, porque la hora vacía es la hora de la depresión, es la hora de los pensamientos frívolos, la hora en que no estamos preocupados con el trabajo por el bien es la hora de los resentimientos, de las reflexiones negativas, por lo tanto: trabajo. Y de inmediato la solidaridad, pensar en ser solidario a nuestros hermanos, la caridad recomendada por Allan Kardec que es la forma de salvación de paz. Y por encima de todo la tolerancia, dar el derecho al otro de ser inferior, infeliz, de estar en el nivel de conciencia del sueño, de aún no haber despertado. Él tiene todo el derecho, es un Espíritu nuevo, aún no ha pasado por la escalera de la reencarnación, es un Espíritu primitivo, está llegando ahora, para él lo importante son los instintos básicos. Para nosotros es la razón, ya somos seres que pensamos de una manera superior, que nos comunicamos sin la necesidad de tantas palabras, esa comunicación virtual maravillosa que será en un tiempo muy cercano, la comunicación psíquica, la transmisión del pensamiento, en que ya no necesitamos disfrazar nuestras anfractuosidades, nuestras miserias, porque seremos espejos vivos que transmiten el material del cual estamos hechos.

André Luiz fue a Nuestro Hogar, es una comunidad muy semejante a las comunidades terrenas. Muchos amigos me dicen: «Divaldo, ¿Esto no te parece un poco de ensoñación, de fantasía? — Sí, parece, pero explícame cómo te parece a ti el mundo espiritual.

—No, no lo sé. —Entonces, esta es una forma para que sepas». Es que tenemos la necesidad de hablar de cosas desconocidas por medio de palabras conocidas. Cuando por ejemplo hablamos de una casa, no es una casa de piedra, de cemento, es una construcción mental, de naturaleza cósmica, de fluido cósmico, como la indumentaria de los Espíritus. Aquellos que han estudiado El Libro de los Médiums saben del laboratorio del mundo invisible, cuando plasmamos con la mente aquello que deseamos, tal como sucede en la Tierra, primero pensamos, elaboramos, después trasladamos al papel o al ordenador, después actuamos, materializamos, corregimos, mejoramos o empeoramos.

El mundo espiritual tiene esos umbrales, pero también tiene este Ministerio de la Bendición Divina. Los árboles, las casas, las flores, los pájaros, son de una belleza incomparable y hay música en el aire, las hojas de los árboles al moverse con la brisa producen melodías incomparables, que nuestros oídos no están acostumbrados a escuchar. No es Nuestro Hogar solamente un lugar de tránsito, es también un lugar de perfeccionamiento. Está el Espíritu de Veneranda, que está encargada de atender a los sufrientes y que regaló doscientos años de trabajo, de caridad, para poder ayudar a la familia en la Tierra. Porque el bien que hacemos nos propicia una recompensa que André Luiz denomina “bonus-hora”, cada hora de trabajo es registrada en los depósitos de memoria espiritual y constituye valores y merecimientos para progresar. La vida en el mundo invisible es más activa que la vida en la Tierra. Preparémonos, porque si nosotros hacemos pequeños ejercicios de meditación, si buscamos penetrar un poco en la trascendencia divina, si reservamos un poco de tiempo para meditar, para hablar con nuestra conciencia, iremos poco a poco penetrando en ese mundo fantástico denominado mundo invisible.

Para concluir, cierta vez en que estaba desprendido espiritualmente, caminando por una carretera bordeada de flores, vi de pronto un árbol inmenso, grandioso, parecía que sus hojas cantaban música navideña, no era Navidad. Entonces salió de detrás de ese árbol un Espíritu y me dijo: «Divaldo, escucha la canción navideña»; y era la canción de Noche de Paz, pero de una belleza como si mil ángeles estuvieran cantando. Me embriagué de ese sonido que me penetraba el alma y el Espíritu me dijo: «Es un homenaje que deseo hacer a Jesús. Y me gustaría proponerte trabajar contigo en la mediumnidad». Era una señora bellísima, que usaba gafas, porque los Espíritus para hacerse reconocer mantienen ciertas características. Recordad la caja de rapé que nombra Allan Kardec en una de las comunicaciones. Entonces esa señora, bella, toda luminosa me dijo: «Me gustaría escribir la vida de Jesús en psicografías contigo, porque he consultado los archivos del mundo espiritual y tengo muy buenas noticias. ¿Tú me permitirías tomar algo de tu tiempo para escribir?»; yo le pregunté: «¿Y vuestro nombre señora?» Me parecía un ser angelical y ella me dijo: «Amelia Rodrígues, he desencarnado en 1927 cuando tú estabas llegando a la Tierra, y he esperado sesenta años para prepararme para mandar a la Tierra esas noticias. ¿Me brindarías un poco de tu tiempo?»; y yo le dije: «Con mucho gusto de mi parte, pero mi tiempo es programado por Juana de Ángelis y es de considerar. —Sí, porque ella me propuso este encuentro personal».Yo no sabía explicar la alegría, no es la alegría convencional, era un estado de plenitud. Y a partir de entonces el Espíritu de Amelia Rodrígues ha escrito diez libros comenzando con el libro Primicias del Reino, que narra la historia de Israel para después hablar de la historia de Jesús.

El mundo invisible nos espera, vivamos de tal forma en este mundo visible que al llegar el momento de la desencarnación podamos cerrar los ojos y decir como el apóstol Pablo: «He dado cuenta de mi administración». Y si por casualidad nuestra vida no esté señalada por grandes conquistas, siempre podemos hacer algo.

(Resumen de la conferencia proferida por Divaldo Franco, cuyo texto completo se encuentra disponible en la web de la fee)

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