Nuestra morada, el planeta Tierra, podría considerarse una universidad sublime con diversos cursos y disciplinas en la que nos encontramos matriculados actualmente. En ella, cohabitamos encarnados y desencarnados, es decir, los que están en el cuerpo físico o ya lo han abandonado, con distintos niveles de evolución, inmersos en infinidad de diferentes vibraciones dentro del fluido cósmico universal, que nos conecta a todos y sirve de vehículo para nuestros pensamientos.

En nuestra larga carrera evolutiva, poco a poco, siglo tras siglo, durante miles de años, usando diferentes cuerpos en el campo de las formas, nuestro espíritu construye, lentamente, su posibilidad de ascender algún día a las sublimes esferas de la perfección.

El espíritu, durante ese largo peregrinaje, pasa por infinidad de pruebas necesarias para su aprendizaje. Excepto en los casos de severas expiaciones, en los que el espíritu, necesitando ajustes, acomete pruebas difíciles de forma obligatoria, en la mayor parte de los casos es el mismo espíritu quien elige el tipo de pruebas a las que quiere ser sometido, y tendrá libre albedrío en la toma de decisiones, así como toda la responsabilidad de sus actos y consecuencias. Podrá escoger tanto la senda del bien, como la del mal.

Esto no supone que todas las adversidades que experimentamos en la vida hayan sido previstas y escogidas por nosotros. Lo que elegimos es una clase de pruebas en general; los detalles son consecuencia de la posición en la que nos encontramos y, a menudo, de nuestras propias acciones.

Si, por ejemplo, el espíritu ha elegido nacer en un núcleo familiar con tendencia al mal, para luchar contra el instinto de la delincuencia, sabe a qué consecuencias se expone, pero no conoce de antemano cada uno de los actos que va a realizar, que serán el efecto de su libertad de acción. Los detalles nacen de las propias circunstancias, sólo puede prever los sucesos importantes, aquellos que influirán sobre su destino. Cuando atraviesas un camino peligroso, debes adoptar ciertas precauciones, porque tienes posibilidades de caer, pero desconoces en qué lugar exacto se producirá tu caída, y quizá no caigas, si eres lo bastante prudente. Por tanto, podemos deducir que no existe un determinismo, ni una fatalidad en nuestro destino.

Algunos espíritus eligen pruebas de miseria y privaciones, para tratar de sobrellevarlas con valor y resignación. Otros, deciden probarse mediante las tentaciones de la fortuna y el poder, mucho más peligrosas, por el abuso y el empleo inadecuado que de ellas suele hacerse, así como por las pasiones que suelen desencadenar. Otros quieren probarse por medio de las luchas que han de sostener en su contacto con el vicio.

En la respuesta a la pregunta 261 de El libro de los espíritus, nos esclarecen a este respecto: «Si un espíritu, por ejemplo, pide riqueza, se le podrá conceder. Entonces, conforme a su carácter, podrá volverse avaro o pródigo, egoísta o generoso, o bien se entregará a todos los goces de la sensualidad. Sin embargo, eso no quiere decir que deba pasar forzosamente por toda esa serie de inclinaciones».

Todos los espíritus fuimos creados simples e ignorantes. Algunos siguen prudentemente, desde el comienzo, un camino que los exime de muchas pruebas. Actuando libremente, hacemos nuestro camino más o menos espinoso o largo.

Para mejorar nuestro nivel evolutivo a lo largo de las diferentes encarnaciones, tendremos como pruebas aquellas que puedan, o bien hacernos caer como en otras vidas, o tener la posibilidad de superarlas. El Espíritu puede equivocarse respecto a la eficacia de las pruebas que ha escogido, sobrepasando éstas sus fuerzas, en cuyo caso sucumbe a ellas. Puede también optar por aquellas que no le aprovechen en manera alguna, como, por ejemplo, si busca un género de vida ociosa e inútil. Pero entonces, de regreso al mundo de los espíritus, cae en la cuenta de que no ganó nada y puede pedir recuperar el tiempo perdido.

No existe ningún tipo de castigo divino en ninguna de las pruebas que sufrimos en este planeta, simplemente, son consecuencias de nuestros actos; oportunidades de aprendizaje y superación, con vistas a mejorar nuestro nivel evolutivo. Dios sabe aguardar. No apresura nunca la expiación. Con todo, puede imponer una existencia a un espíritu cuando éste, por su inferioridad o su mala voluntad, no es apto para comprender lo que le sería más saludable, y cuando ve que esa vida puede servir para su purificación y adelanto. Las expiaciones en los casos de muertes voluntarias, suelen conllevar difíciles pruebas para el espíritu. Francisco Cándido Xavier nos informa que: suicidas que se dispararon un tiro en el corazón, pueden volver con la cardiopatía congénita o con determinados fenómenos que la medicina clasifica dentro de la llamada Tetralogía de Fallot. Los que voluntariamente se ahorcaron, pueden volver con paraplejia infantil; los que usaron un veneno, con malformaciones congénitas; otros que violentaron su estomago, acaban desencarnando con el llamado infarto mesentérico. Los que murieron voluntariamente por ahogamiento, vuelven con el llamado enfisema pulmonar. Aquéllos que se provocaron un disparo de arma en la cabeza, vuelven con diversos fenómenos dolorosos como el retraso mental cuando el proyectil alcanza la hipófisis, u otros efectos como la sordera, la ceguera, o el mutismo.

Ineludiblemente, nuestra siembra es libre, pero la cosecha siempre será obligatoria. Al finalizar la existencia en la carne, veremos los pasos que hemos dado y comprenderemos cuánto nos falta todavía, en materia de pureza, para alcanzar los estados de perfección. He ahí por qué los espíritus se someten de buen grado a todas las vicisitudes de la vida corporal, pidiendo por sí mismos las pruebas más rudas, que puedan hacerles avanzar más rápidamente, con la esperanza de alcanzar más pronto un estado mejor, como el enfermo elige muchas veces el remedio más desagradable para curarse en un plazo de tiempo más breve.

En la práctica de estas dos verdades: «Ama a Dios sobre todas la cosas y al prójimo como a ti mismo», podemos estar seguros que la cosecha será satisfactoria, pero no olvidemos que lo importante no se basa en palabras, ni rituales de ningún tipo, solamente se sustenta en nuestros actos y pensamientos.

Sin lugar a dudas, estamos en la situación y lugar mejores y más necesarios a nuestro aprendizaje evolutivo y nunca es tarde para empezar a cambiar, pues somos espíritus inmortales. ¡Aprovechemos esta gran oportunidad, agradeciendo la bendición divina, en las pequeñas y grandes cosas que nos suceden en la vida!.


 Francisco Cándido Xavier (1910-2002). Chico Xavier fue un gran médium y divulgador del Espiritismo en el mundo. Escribió 451 libros, vendió más de 40 millones de copias traducidas a 33 idiomas y 30 libros en Braille. Chico Xavier nunca admitió ser el autor de ninguno de esos libros, afirmando siempre que escribía solo lo que los espíritus le pedían. Por ese motivo, Chico no recibió dinero producto de la venta de sus libros, al contrario, el donó los derechos de autor a diferentes instituciones sin ánimo de lucro

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