¿Por qué sufrimos? Mejor, ¿para qué sufrimos? ¿Tiene sentido el sufrimiento? ¿Cuál es el motivo de nuestras angustias, de nuestros anhelos? En fin, ¿cuáles son las causas de nuestros dolores e insuficiencias, de nuestras enfermedades y adversidades? Observando nuestro mundo, el panorama que refleja nuestras sociedades –por otra parte, cada vez más complejas– donde predomina de forma significativa el sufrimiento, el dolor y las enfermedades, tanto individual como colectivamente, nos cabe preguntar: ¿qué es lo que hacemos para que este horizonte de dolor permanezca como base de nuestra realidad? Si bien es verdad que vivimos en un mundo de pruebas y expiaciones, hace ya más de dos mil años que vino Jesús Cristo al mundo, mostrándonos que es posible progresar por amor y no ya por mediación del dolor.

Recordamos aquella célebre frase –escrita con letra de oro, según Plinio y atribuida a los Siete Sabios de la antigüedad griega– instituida en el frontispicio del templo de Apolo en Delfos: Gnothi seauton, conócete a ti mismo. A la par de esta inscripción se encontraba otra frase no menos significativa: «Nada en demasía». Nos preguntamos, entonces, si no nos indicaban ya los padres de nuestra civilización la necesidad de atender nuestras pasiones bajo el signo de la prudencia. En este sentido, acaso ¿no podrá entenderse la dolencia como el contrapeso, el ajuste que el individuo necesita para encontrar su equilibrio? O bien, ¿aquel punto de control que nos señala que la ruta que seguimos no es la correcta, que nos desviamos del destino al que nos dirigimos? En fin, vemos que se trata de nuestra propia conducta en la vida, de nuestra forma de pensar, de ser y actuar la que nos lleva a mantener el equilibrio o a perderlo, ocasionándose en este último caso nuestros males. La imprudencia en nuestros actos, el abuso en nuestros deseos, se constituyen en elementos desencadenantes de posibles dolencias, al margen de las viables causas de predisposición determinadas por el ser moral. Por consiguiente, debemos examinar el problema interrogando a nuestra conciencia, tratando de conocer los motivos que han podido desencadenar nuestras angustias y veremos que aquella situación que nos aflige o nos causa dolor radica en aquello que pudimos haber hecho y no hicimos, o bien en aquello que no debíamos hacer y que insistentemente hacemos. Las causas, pues, de estos males residen en nuestra forma de ser, en la forma de vida que actualmente estamos llevando más o menos disoluta. Es un hecho, en nuestro grado evolutivo, dejarnos arrastrar por nuestras tendencias negativas, nuestras pasiones y sentimientos que nos estructuran moralmente, haciendo mal uso de nuestras propias energías.

Sin embargo, es verdad que nos acontecen vicisitudes que no tienen explicación en nuestra conducta presente, puesto que se dan al margen de tener un comportamiento poco deseado o desequilibrado. Son innumerables los casos de personas honestas, trabajadoras y serias, con una vida ordenada y buena, que sufren diversidad de dolencias y aflicciones que aparentemente no tienen razón de ser. Nuestras propias sociedades presentan desequilibrios que no tienen explicación a simple vista: las desigualdades sociales, las malformaciones, entre otras circunstancias, son ejemplo de ello. Como las causas no se hallan en la actual encarnación, volviendo a los casos individuales, debemos necesariamente remontarnos a encarnaciones pasadas. Sí, a la lógica de la reencarnación.

Hay que recordar que somos espíritus creados por Dios simples e ignorantes que debemos desarrollar nuestras potencias de progreso y sublimación, en tanto seres perfectibles, a través de las experiencias necesarias que nos posibilitan las progresivas encarnaciones. Y, aquí, hay que considerar un elemento que es ordenador de la Vida: la ley de causa y efecto. Esta ley está implícita en la Creación y representa la Justicia divina, que es expresión del Amor de Dios. Esto presupone que no puede haber castigo, con lo cual el dolor, igualmente, no puede considerarse punitivo. ¿Qué entraña, entonces, las dolencias, cuál es el porqué, el sentido profundo de nuestros tormentos? Encontramos respuesta si consideramos que los padecimientos, las aflicciones son, pues, consecuencias de la pérdida de libertad frente a la ley divina de causa y efecto. Esta ley es limitadora de la libertad en tanto transgredimos la ley por decisión propia, contrayendo obligaciones de orden moral frente a nuestra conciencia y a la Conciencia cósmica en la que se refleja la de nuestros hermanos.

El ser encuentra, por consiguiente, una existencia de carácter expiatorio, donde se le permite la posibilidad de restaurar aquellos agravios de conciencia, liberándose, así, de la carga aflictiva que lo constituía, consecuencia de su elección, del mal uso de nuestro libre albedrío; un reajuste ante la vida de nuestra conciencia frente a los compromisos asumidos por su proceder, fruto, por qué no, de su propia ignorancia metafísica frente a la ley divina que la organiza.

El alma en situación de rescate, de reeducación, ansía libertad. Esta restricción puede generar a su vez sentimientos de rebeldía, de inadaptación, que puede comprometer la redención en la que se encuentra sumida. Las alergias podrían considerarse como efecto de aquel sentimiento de inadaptación en el que el ser no cree estar en su ambiente, en el entorno adecuado a su ideal de vida. De ahí que los procesos de desvío del ser humano adquieran complejidades en las que se puede ver enmarañado por siglos de agonía, producto de su propia insania. Requiere de atención, por tanto, para no perpetuar el error; de pararnos en nuestro proceder y bucear hacia los confines de nuestra alma para encontrar la causa verdadera de nuestras aflicciones, que radican en nuestro propio Espíritu. El Espíritu es la causa eficiente de todas nuestras enfermedades.

Además, hay un aspecto del dolor que nos preserva de desastrosas caídas. El dolor, nos decía Léon Denis, es el aguijón que nos impulsa en la vida; evita que nos estanquemos o desviemos, provocando nuestro crecimiento; es, por tanto, una contingencia inherente a la vida que nos permite el progreso, la adquisición de conocimiento y virtudes, de sabiduría. El mundo es la escuela de la vida. Miremos con buenos ojos los acontecimientos que nos suceden porque son parte de nuestra propia realidad; aquella que vamos elaborando a lo largo de siglos y milenios configurando las bases para el establecimiento del reino de Dios prometido por Jesús a nuestros corazones. Jesús, cuando hablaba de dolor lo envolvía en dos sustantivos conexos a la vida: sed y hambre. Se refería, así, al “dolor evolución”, al dolor connatural al crecimiento del Espíritu impulsado por el hambre de aprender y la sed de amar. Es la esencia divina en nosotros rigiéndose bajo el principio del fototropismo, direccionándonos a La luz de Jesús, nuestro Señor.

No obstante, en un primer momento el dolor anuncia que algo no va bien y hay necesidad de mejorarlo. Aunque siempre queremos huir del dolor, en verdad nos ofrece una alerta natural para atender a una necesidad, así como una oportunidad de reflexión, una vuelta sobre la conciencia, teniendo la posibilidad de auto examinarnos, auto descubrirnos para así conocer a Dios y al universo, como pensaban los antiguos griegos y quedó evidenciado en las inscripciones del templo de Apolo.

Sepamos sufrir con amor, porque aún nos encontramos en un mundo de aflicciones consecuencia de nuestro escaso nivel evolutivo. Fue la enseñanza que Jesús también nos trajo. Estando clavado en la cruz, frente a las burlas en las que aún se entretenían las sombras de la ignorancia, expresó su amor compasivo y misericordioso hacia todo y a todos. Sabiendo que aún necesitábamos pasar por el sufrimiento, originado por nuestra propia ignorancia, nos envolvió en sentimientos de piedad, hija predilecta del amor. En este sentido tenemos que acoger nuestro sufrimiento para no proyectar la causa hacia fuera, responsabilizar a los otros de nuestro malestar; es el único medio de salir de nuestros resentimientos y proyecciones mentales. Si la necesidad es aprender a amar, a amarnos y Jesús nos exhortó a que amemos a nuestros enemigos, inferimos que no existe más enemigo que nosotros mismos.

Sepamos sufrir y sufriremos menos. Recordemos esto y manteniendo la confianza en Dios nuestro Padre, la fe viva en la realidad omnipresente del Espíritu, aún en proceso evolutivo, entendamos la propuesta del espiritismo que nos proporciona la comprensión de la realidad por la que pasamos. Apliquemos el conocimiento que nos trae, su saber para el buen vivir y para eliminar las causas de aquellas aflicciones que son transitorias, fruto de nuestra responsabilidad como seres libre-pensantes. Las aflicciones llevan a las enfermedades fisiopsicosomáticas, a las dolencias de la mente y del cuerpo. Nosotros somos Espíritus. Empleemos el saber espírita en la vida diaria, en el día a día para que vaya conformándose aquella realidad anhelada por nuestros corazones y prometida por el Maestro. Él nos aconsejó “Orar y vigilar”.Vigilemos, pues, para que no actúen nuestras mentes bajo el sentimiento de culpa, o nos dejemos arrastrar por nuestras tendencias negativas, nuestras imperfecciones, o bien para limpiar nuestro campo mental de pensamientos en desaliño, que llevan a desestructurar nuestro equilibrio homeostático periespirítico y, por ende, nuestro cuerpo físico. La autodisciplina para mantener pensamientos edificantes, lecturas nobles que nos auxilien en la busca de ese equilibrio, el trabajo en el bien de nuestro semejante, la meditación y la oración son factores preponderantes para establecer el ideal de equilibrio. Todos estos elementos vienen en la consecución de nuestro auto conocimiento, permitiendo el encuentro con nuestro dios interno que nos conduce a la plenitud a través de la Ley de Dios adscrita a nuestra conciencia.

En fin, recordemos las palabras del apóstol (1 Pedro 4:8): «El amor cubre la multitud de pecados», pues es trabajando en el bien, esmerándonos en el cumplimiento del deber, que lograremos saldar, en amor, los compromisos ante la Justicia divina y disciplinar nuestra voluntad.


Bibliografía

KARDEC, A. El Evangelio según el espiritismo [www. espiritismo.es]

XAVIER, F. C. Acción y Reacción, por el Espíritu André Luiz [www.espiritismo.es]

Evolución en dos mundos [www.espiritismo.es]

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