La fatalidad que encontramos en algunos sucesos como las muertes prematuras o colectivas, tan rechazable por cualquier sentido común, nos desconcierta de tal forma que no conseguimos, a simple vista, una explicación razonable para entender por qué suceden. Empero, la Doctrina Espírita nos saca de la ignorancia de estos hechos, aportando claridad meridiana a un tema tan delicado.

Encontramos relatos de catástrofes y desastres naturales en toda la historia de la Humanidad desde los tiempos más remotos. Muchas fueron las noticias de desastres naturales que nos abatieron: los maremotos, los ciclones, los terremotos, las inundaciones, los tsunamis, los volcanes, los incendios, los deslizamientos de tierra...

Sin embargo, también nos estremecen los sucesos que desencadenan muertes colectivas provocadas por el propio hombre, como los genocidios, lo que generará bajo la visión espírita una reparación indiscutible en el futuro. La pérdida de un hijo igualmente genera siempre conflicto, tanto si es en la tierna infancia, en la adolescencia como en la edad adulta, nos rompe los esquemas, ya que lo natural es que los padres fallezcan primero.

Uno se pregunta, cuando se enfrenta a un hecho de estas características, qué ley provoca estas catástrofes, qué motivos rigen estos fenómenos, por qué suceden las muertes prematuras y colectivas o las muertes accidentales. ¿Cómo entender tamaño sufrimiento a grupos de personas, a familias enteras, a toda una cuidad o incluso a una nación? ¿Por qué unos se salvan y otros padecen? A muchos los asolan las dudas y las indagaciones.

Los seres humanos que deben pasar por tal reparación se reúnen impulsados por fuerzas magnéticas invisibles para pasar por la prueba de la muerte trágica y rescatar las consecuencias de los actos que tienen relación con el pasado, muchas veces secular del espíritu encarnado. Periódicamente los deudores son agrupados por la fuerza del destino, que de forma masiva rescatan así sus débitos sin que sea necesario que intervengan otros seres humanos, siendo la Naturaleza el agente causante. Todos reunidos en el mismo día, a la misma hora, en el mismo lugar. Hecho absolutamente amoroso, pues no genera una nueva deuda a nadie, exime de cualquier compromiso a los seres humanos y a la vez facilita la restitución del deudor por la liberación de la falta.

¿Cómo conciliar tales sucesos con la idea de una bondadosa Providencia, de la justicia Divina y la armonía universal? El Espiritismo explica de forma coherente y con extrema nitidez que estamos bajo la ley de causa y efecto, por lo tanto cada uno recibe según sus obras. Nos enseña que las aflicciones a que estamos sujetos tienen una causa anterior absolutamente justa, cuyo origen está vinculado a los actos de cada uno en esta vida o en una vida anterior.

Nos explicó el gran espiritista Léon Denis que las existencias interrumpidas prematuramente por causa de accidente llegaron a su debido tiempo y son, en general, complementarias a existencias anteriores truncadas por los excesos o abusos a consecuencia de hábitos insanos, donde los recursos vitales se agotaron antes del tiempo marcado por la Naturaleza. A continuación, surge la necesidad de volver a encarnar en una nueva existencia, eso sí más corta, para cumplir el lapso de tiempo que la existencia precedente acortó. (El Problema del Ser y del Destino, 1ª parte, 10, “La muerte”)

Si los espíritus están por todas partes, podríamos cuestionarnos sobre su intervención en los hechos. ¿Por qué los buenos espíritus no se afligen en estos acontecimientos? Ellos, conocedores de las Leyes Universales, no se desesperan o se rebelan, saben de antemano que una gran dificultad va a suceder y, al contrario de lo que se pueda pensar, esperan compadecidos y tranquilos que cada uno de los encarnados rescate sus débitos. Intervienen sí, cómo no, auxiliando a las víctimas de las catástrofes e infortunios, aprovechando estas circunstancias para servir al prójimo encarnado o desencarnado. Colaboran para que entren tranquilos y triunfantes en el Mundo Espiritual los que desencarnen y proporcionando estímulo y calma a los damnificados que permanecen encarnados. Los desencarnados seguirán su crecimiento moral y se prepararán para futuras experiencias, ya que la reencarnación es un hecho real, sin embargo los encarnados deberán seguir adelante con el aprendizaje que el siniestro proporciona.

Allan Kardec interrogó a los espíritus acerca de las pruebas colectivas en las cuestiones 737 a 741. Recomendamos indiscutiblemente tales ítems al atento lector. Acerca de estos flagelos destructores nos contestaron los buenos espíritus que estos fenómenos son permitidos para hacer progresar a la Humanidad. ¿Parece incoherente, verdad? Pero es necesaria la destrucción para que haya regeneración moral de los espíritus, las calamidades despiertan la conciencia humana hacia la solidaridad.

Fatalidad, destino, azar, casualidad, mala suerte como causa es lo primero que se suele pensar en estas situaciones. Las cuestiones 851 a la 867 de El Libro de los Espíritus, que tratan de la fatalidad, nos enseñan que este término concierne solamente a la elección del nacimiento y desencarnación del espíritu, y éste, al aceptar afrontar tal o cual prueba, sabe inconscientemente el género de muerte que le espera.

¿Qué finalidad tendrían esas tragedias? El espíritu San Luis afirma en la Revue Spirite de 1858 que, cuando una existencia ha sido puesta en peligro en una catástrofe, es una advertencia solicitada antes de la encarnación de este espíritu para evitar su desvío de conducta hacia el mal y proporcionar su mejoría moral por el cambio de conducta, favoreciendo las elevadas reflexiones, ampliando las inclinaciones solidarias y la autoiluminación.

La meta es por lo tanto impulsar el progreso. La forma de rescate colectivo es una manera más de desarrollo, de hacer avanzar más deprisa a espíritus estancados o cuyo progreso va muy lento, solicitado por el propio espíritu. Las calamidades proporcionan a los supervivientes ocasión de ejercitar su inteligencia, además son llamados a la transformación moral, a una interpretación de la vida, a demostrar su paciencia y resignación frente a Dios, despertando el sentimiento de altruismo, desinterés propio y amor al prójimo. Pero como todo en la vida, el padecimiento es pasajero si se compara la desgracia con la vida eterna del espíritu.

En el caso de muerte prematura los familiares tienen que vencer las dificultades, los sufrimientos y comprender la situación con aceptación para poder ir hacia adelante. El Evangelio Según el Espiritismo nos dice que las grandes pruebas son casi siempre un indicio de un fin del sufrimiento y de perfeccionamiento del espíritu (cap. 14, 9). Una educación para la aceptación de la muerte es fundamental, saber que estamos aquí de paso y que todos iremos por medio de la puerta de la muerte a adentrarnos en el verdadero mundo, el mundo de los espíritus. Si actuamos bien durante la encarnación tendremos un futuro espiritual mejor.

El alma es inmortal y las sucesivas encarnaciones son herramientas útiles y efectivas de evolución que proporcionarán el progreso del espíritu. Solamente la correcta educación del espíritu para el entendimiento del nacimiento, de la vida y de la muerte puede proporcionar consuelo y abnegación durante las pruebas. Cuando se comprende que se viene a la Tierra para progresar, se disuelve el enigma insoluble de la desencarnación.

Fundamentando nuestra reflexión en los principios de la Doctrina Espírita, las muertes prematuras o colectivas tienen un carácter sanador. De acuerdo con Joanna de Ângelis, renuevan las pesadas cargas psíquicas existentes en la atmósfera y significan la realización de la justicia integral, pues la justicia Divina para nuestro reequilibrio recurre a métodos purificadores y liberadores de los cuales no podemos fugarnos jamás.

Kardec resume en tres las condiciones necesarias para borrar los resultados de una falta frente a las Leyes Divinas: expiación, arrepentimiento y reparación: «El arrepentimiento suaviza la traba de la expiación, abriendo por la esperanza el camino de la rehabilitación, no obstante, solamente la reparación puede anular el efecto destruyéndole la causa». Podemos comprender pues la justicia de las muertes prematuras y pruebas colectivas como amortizadoras de los débitos pasados que amplían el área de servicio iluminativo individual y en favor de la Humanidad. Por tanto, cuando nos enteremos de una situación calamitosa como las antedichas, oremos y predispongámonos a ayudar siempre.

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