Han transcurrido muchos años en los que un valeroso grupo de espiritistas luchaban ideológicamente para divulgar el Espiritismo en nuestra España, frenados siempre por las fuerzas religiosas que se oponían una y otra vez en colaboración con los gobiernos, para que la Doctrina Espírita no tuviese futuro. Ellos fueron instrumentos de divulgación de la ética espírita a través de su comportamiento, de sus hechos, de su vida, no de sus palabras, constituyendo un ejemplo para la sociedad. Entre ellos vamos a resaltar hoy a Augusto Vives y Vives, nacido en Barcelona en el año 1835 en una familia humilde y pobre.

¿Por qué sufrimos? Mejor, ¿para qué sufrimos? ¿Tiene sentido el sufrimiento? ¿Cuál es el motivo de nuestras angustias, de nuestros anhelos? En fin, ¿cuáles son las causas de nuestros dolores e insuficiencias, de nuestras enfermedades y adversidades? Observando nuestro mundo, el panorama que refleja nuestras sociedades –por otra parte, cada vez más complejas– donde predomina de forma significativa el sufrimiento, el dolor y las enfermedades, tanto individual como colectivamente, nos cabe preguntar: ¿qué es lo que hacemos para que este horizonte de dolor permanezca como base de nuestra realidad? Si bien es verdad que vivimos en un mundo de pruebas y expiaciones, hace ya más de dos mil años que vino Jesús Cristo al mundo, mostrándonos que es posible progresar por amor y no ya por mediación del dolor.

La fatalidad que encontramos en algunos sucesos como las muertes prematuras o colectivas, tan rechazable por cualquier sentido común, nos desconcierta de tal forma que no conseguimos, a simple vista, una explicación razonable para entender por qué suceden. Empero, la Doctrina Espírita nos saca de la ignorancia de estos hechos, aportando claridad meridiana a un tema tan delicado.

En esta edición de la Revista Espírita que trata el tema “Desafíos de la existencia”, no podría faltar una reflexión sobre la riqueza y la pobreza. Ambas representan tanto oportunidades de desarrollo de nuestras facultades como seres inmortales, como retos a los que nos tenemos que sobreponer para no contraer deudas mayores que las que ya cargamos. Por lo menos en este sentido son iguales: la riqueza y la pobreza son situaciones transitorias, auténticos desafíos existenciales que convocan al ser humano a vencerse a sí mismo. Es más, ambas son herramientas, ya que cada uno de nosotros recibirá su parte de riqueza o de pobreza según la necesidad de aprendizaje de su espíritu. Es precisamente para liberarnos de las deudas de existencias anteriores que recibimos, como préstamo divino, nuestra propia cuota de riqueza o de pobreza.

En el capítulo VII de El Evangelio según el Espiritismo, el espíritu Lacordaire nos hace una interesante reflexión. Nos dice que puede haber gran diferencia entre el rico y el pobre cuando están vestidos, pero desnudos son sencillamente seres humanos. La química, nos dice el espíritu, no ha encontrado ninguna diferencia entre la sangre de uno y de otro. En la pregunta 803 de El Libro de los Espíritus, se nos dice que todos los hombres son iguales ante Dios. El cuerpo vuelve a la tumba, los bienes materiales se quedan en la tierra, pero el espíritu vive. Ricos y pobres, y todos los grados intermedios que hay entre estos dos extremos, antes o después entregamos la envoltura perecedera al polvo para penetrar la realidad espiritual que hayamos elaborado con nuestro patrimonio intelectual y moral. Finalmente nos encontramos con la verdad íntima que nos transfiere, sin necesidad de juicios exteriores, a nuestras propias conquistas. ¿Quién es el rico y quién es el pobre en este momento decisivo?

Desde el punto de vista que nos aporta la Doctrina Espírita, la igualdad absoluta de riquezas en la Tierra no es posible, ya que hay diversidad de facultades y de carácter. Cada ser se encuentra en un momento evolutivo distinto, necesitando pruebas y expiaciones particulares a su propia caminata. No debemos, sin embargo, pensar en la riqueza y en la pobreza como dádivas de Dios. Sería una gran equivocación pensar en Dios como si fuera un dispensador de bienes, escogiendo entre sus criaturas aquellas a quiénes entregará más propiedades. Somos nosotros mismos, con la forma como nos conducimos moralmente por la vida, quiénes atraemos a nuestras existencias físicas todos los recursos de los que dispondremos para nuestra evolución o la carencia de ellos. El codificador es sabio al hacer a los espíritus la pregunta 806, ¿La desigualdad de condiciones sociales es una ley natural? Nos dicen los espíritus: «No; es obra del hombre y no de Dios». Seamos conscientes, por tanto, que individualmente cada uno es responsable de su propia cuota de riqueza o de pobreza; de forma colectiva, somos todos responsables de las desigualdades que persisten en la sociedad y en el planeta.

Como desafíos existenciales, tanto la riqueza como la pobreza son pruebas duras y resbaladizas. La pobreza puede conducir a la murmuración contra Dios, la rebeldía contra las leyes perfectas y justas de la inteligencia cósmica, la desesperación y la falta de esperanza. ¡Qué difícil mantener la fe en un Dios justo cuando hay carencia de todo! La riqueza puede conducir a los excesos, la vanidad, el orgullo y el egoísmo. ¡Qué difícil sentir la necesidad de valores espirituales cuando no falta de nada! Sin embargo, tales vacilaciones sólo son obras de la ignorancia de las leyes naturales. Los que estamos instruidos por la Doctrina Espírita, sabemos que el rico de hoy puede ser el pobre de mañana; el pobre de ayer puede ser el rico de hoy. La reencarnación nos concede a cada uno lo que necesitamos y a la sociedad la manera de buscar el progreso colectivo.

Los hombres, sea cual sea su condición social, tienen por misión trabajar para la mejora material del globo. La misión del rico se traduce en ofrecer trabajo, estimular la ciencia, cultivar la cultura, repartir educación entre sus hermanos de humanidad. El pobre ofrece su mano de obra, trabajando con disciplina, aprovecha las oportunidades que se le ofrecen en el campo de la educación y de la cultura, lucha por trascender su condición materialmente inferior a través del esfuerzo honrado, pautado por principios morales y éticos. Ricos y pobres están llamados, como seres inmortales en transitorias experiencias corporales, a encontrar en la humildad el recurso divino que nos debe hacer agradecidos a la vida por todas y cada una de las oportunidades de aprendizaje que ella nos concede.

El valor es casi siempre algo relativo. Lo que tiene valor en la Tierra ya no lo tendrá en el plano espiritual. Lo que tiene valor para una persona puede serle totalmente indiferente a otra o a ella misma en otro momento existencial.

¿Cuántas veces cambiamos de idea respecto al valor de las cosas, situaciones y personas? ¿Quién no habrá pensado alguna vez, cómo pude actuar de aquella manera? Pero si digo que el valor es casi siempre algo relativo, es porque aún no está pautado en el amor, verdad imperecedera. Como todavía estamos muy distantes de pautar nuestros sistemas de valor en el amor, nos queda cambiar de ideas muchas veces. Hasta que el amor ajuste nuestra comprensión de lo que vale la propia vida, la vida del prójimo, la vida de los animales y de los vegetales, seremos peregrinos. Ora ricos, ora pobres, reencarnaremos para que aprendamos definitivamente que el único valor de la vida es amar.

Cualquier muerte física nos causa, en primer término, un sentimiento de vacío y duda, principalmente cuando tenemos una filosofía de vida materialista o sin ninguna creencia en el porvenir. Vivir el presente es una manera de liberarnos de las ansiedades de la vida futura y no tiene nada que ver con vivirlo sin responsabilidad, respeto o consciencia. El dicho ya decía: ‘Cosecharemos lo que plantemos’, y plantamos las acciones en el presente para cosechar en el futuro. Pero, ¿qué tiene que ver la muerte con la temporalidad de la vida?

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