En la noche estrellada el ser humano alza la mirada al cielo y queda cautivado ante la grandeza del firmamento. La belleza de la creación le invade y las penas que pueda arrostrar se empequeñecen ante la nimiedad de nuestra existencia, menor que un grano de arena en la infinidad del universo.

Y sin embargo, algo en nosotros necesita trascender, pero acude el miedo a la mutación, el miedo al cambio. Las estrellas también mueren, pero en realidad su polvo cósmico da lugar a nuevas formaciones, que todavía no llegamos a comprender del todo. ¿Qué es un agujero negro? ¿Qué es la energía oscura? Preguntas que nos dejan atónitos.

Cuando bajamos la vista, vemos lo que nos envuelve. Volvemos a las cosas que nos preocupan, gustan o requieren, siendo más o menos conscientes de lo que hacemos o no. De cómo lo hacemos o no. Pero indudablemente haciéndolas, pues todo en la vida es cambio, movimiento. Y de repente, nos saca de nuestra inopia existencial la pérdida de algún ser querido. Nos hace volver a mirar al cielo, pero esta vez al de nuestra propia existencia, y ver qué lejanos están los astros de nuestras dudas e incertidumbres, y qué pequeños son nuestros problemas ante un «manotazo duro, un golpe helado»1 que nos puede arrojar de esta existencia sin más. ¿Qué nos duele de la muerte? ¿Qué es lo que nos da miedo? El miedo a la muerte es el miedo a la pérdida.

«Abandona con donaire las cosas de la juventud2 y despójate de las que te hicieron ser de un modo u otro para recomenzar con el nuevo día». Sería un lema válido, muy olvidado en Occidente. Porque la muerte es un acto natural de cambio, de mutación. Y obviamente de pérdida de las cosas materiales.

En la Antigüedad, los seres queridos eran rememorados en casa, depositados en una urna funeraria. En la cultura romana, por citar un ejemplo cercano culturalmente hablando, había que ofrecer veneración y respeto a los lares y penates. ¿Dónde están ahora nuestros seres queridos? En los mausoleos fríos de pomposa arquitectura, amontonados sin más, no siendo diferentes a un osario sino por estar separados en nichos.

Y si vamos más atrás, en esta nuestra querida zona levantina, en la cultura del Argar enterraban a sus difuntos en cistas y vasijas dentro de la propia casa, curiosamente en posición fetal, ¿quién sabe si como ritual que emulaba el renacimiento al lugar del cual se ha venido? Curioso ritual que no hacía sino presente que ellos seguían ahí, formando parte del clan, recordando a cada instante «polvo eres y en polvo te convertirás».

Vivimos actualmente en una cultura aséptica hacia la muerte.Y de lo que no se habla, se tiene miedo, porque falta naturalidad. Dolor, muerte, sufrimiento, temas tabú en una cultura hedonista y en ocasiones cínica, en su versión más rampante. «El muerto al hoyo y el vivo al bollo». Magnífico lema de nuestro sentir cultural actual.

La muerte es la incógnita para los grandes pensadores de todos los tiempos. ¿Dejaré de pensar? ¿Dejaré de sentir? ¿Todo esto para qué? Y el azar se convierte en una pesada losa, una variable que explica una pequeña cantidad de fenómenos, pero que abre nuevos interrogantes todavía más intrincados.

Lucrecio, adalid del ateísmo clásico, en su obra De rerum natura, proponía como solución al miedo irracional, la consabida afirmación que si nada hay tras la descomposición de nuestra energía vital atómica, no sentiremos nada, porque la nada es poco más que un silencio indoloro. Por tanto, se teme al dolor, no a la muerte. Ya sea éste físico, o de pérdidas afectivas o materiales.

Cuando se trata de pérdidas afectivas, aquí se abre un foco de luz, donde el Espiritismo tiene mucho que aportar. Conmemorando como estamos el ciento cincuenta aniversario de la obra de A. Kardec El Cielo y el Infierno, en su 2ª parte podemos leer las distintas clases de comunicación que los seres ya desencarnados dan sobre su estado, estando éstas muy influenciadas por el tipo de vida, el tipo de afectos y afecciones que durante la última existencia tuvieron.

La grandeza del Espiritismo radica en darle sentido a la continuidad de los lazos afectivos más allá de la mutación física, que llamamos muerte. Porque las almas de los seres queridos siguen ligadas por afecto a nosotros y viceversa, creándose a lo largo de los siglos verdaderas familias espirituales, dando sentido a aquel sentimiento tribal y de clan que las primeras culturas tenían, en donde aun fallecidos los jefes eran constantemente rememorados mediante la tradición oral. En la Biblia, libro Génesis, bien podemos ver cómo Jacob hacía aprender de memoria la lista de sus antepasados a José, como claro ejemplo de esta importancia dada a la memoria de los antepasados, ya que éstos eran los protectores de la familia. Y volviendo a nuestros antepasados romanos, los lares y penates eran los custodios de cada familia y a los cuales no había que deshonrar o agraviar con acciones impías, dignas de vituperio y vergüenza.

Por tanto el miedo actual a la muerte, que tenemos en Occidente, viene de un miedo a la pérdida afectiva o material, que racionalmente no aceptamos, pero que emocionalmente es patente. Por suerte el atavismo aquél, el miedo a un infierno hirviendo y de azufre, ya no causa ninguna sensación, ni para nada es causa de miedos inconscientes hacia el qué habrá después. Al menos en una sociedad laica como es la española. Un claro ejemplo de este miedo en épocas anteriores lo podemos rastrear en la novela La Regenta, de Alas Clarín (1884-85), donde un ateo redomado ante la muerte sin extremaunción de su pupilo, al cual había llevado a su bando, siente tal pavor, con pesadilla incluida, que accede a los sacramentos por no verse él también desposeído de ser enterrado en camposanto; porque antes, si no eras católico sin mácula, no te enterraban en “tierra santa”, es decir en el cementerio.

El Espiritismo nos devuelve parte de esa naturalidad perdida con el mundo de la muerte y el renacer al mundo espiritual, al cual se asiste con alegría, como quien sale de un estado pesado (un fondo marino) a uno más liviano y ligero (la superficie). Donde todas nuestras facultades se hallan en plenitud y nuestro corazón siente ciento por mil, las emociones que durante la existencia terrenal no han sido sino un pálido reflejo.

Por tanto mi invitación a seguir indagando en esta maravillosa filosofía espiritualista, que es el Espiritismo, que tanto consuelo otorga al corazón a través de la razón, y nos conecta con nuestras más ancestrales esencias a través de una metodología empírica, deudora de la filosofía helena, que tanto ha caracterizado a Occidente y su forma de encarar la existencia.

Callosa de Segura, a 6 de septiembre de 2015. 


1 Hernández, Miguel (1936). “Elegía a Ramón Sijé”, en: El rayo que no cesa.

2 Ehrmann, Max (1948). “Desiderata”, en: Desiderata of Happiness.

Usamos cookies en nuestro sitio web. Algunas de ellas son esenciales para el funcionamiento del sitio, mientras que otras nos ayudan a mejorar el sitio web y también la experiencia del usuario (cookies de rastreo). Puedes decidir por ti mismo si quieres permitir el uso de las cookies. Ten en cuenta que si las rechazas, puede que no puedas usar todas las funcionalidades del sitio web.