«El cielo está donde el hombre ha colocado su corazón» (Swedenborg)

Era una mañana fresca del mes de marzo. Salimos del coche y los huesos se nos helaron aún más, si cabe, cuando al acercarnos a la entrada principal de la institución penitenciaria observamos los imponentes muros con alambre de espinos que cercaban el establecimiento. La cárcel desprendía de sus negruzcos muros el sentimiento de aislamiento y soledad que cohabita en su interior. El penal se encuentra situado en una zona deprimida al pie de la sierra de Carrascoy.

El helor nos recaló de manera profunda en el cuerpo cuando accedimos al interior de la prisión. Al adentrarnos en ella, pasamos por distintas estancias donde sentimos el frío del ruidoso sonido del hierro al cerrarse las puertas tras nuestras espaldas. El impacto moral era desapacible. No se abre una puerta sin cerrar la anterior. Antes de pasar a la sala de visitas, nos inspeccionan de manera completa: la sensación de presidiario se deja sentir en nuestras carnes.

Después de un amplio rato de espera, vemos aproximarse hacia nosotros a la persona que íbamos a visitar. Pareciera que los pantalones caminaban solos. La fina camiseta que le cubría el torso dejaba asomar los huesos del esternón y las tangentes de las costillas. Los brazos descarnados y descubiertos se mostraban llenos de costras, de heridas cicatrizadas que se consumían tras el suspenso castigo de la aguja. Al vernos muestra una extensa sonrisa que le cubre la caquéctica cara. “¡Estoy en la gloria!” nos declara apresuradamente; “muchas gracias por todo lo que habéis hecho por mí y sobre todo por venir”. Los temblores aún lo delatan, además de su esquelético estado. Se trata de Manuel, un politoxicómano que vuelve a entrar en la cárcel por tercera vez. Era un infierno lo que estaba viviendo. “Ahora me siento feliz”, nos expresa contento. Comprendo el disparate que estaba haciendo. “Ahora estoy muy bien”, arguye mirando al derredor del insulso recinto. “Estaba perdido, destruyéndome con la maldita droga. Hoy entiendo todo lo que hacíais por mí y os quiero dar las gracias”.

Allí donde sentía yo la más honda repulsión, aquel hombre glorificaba a Dios y a todas las personas que insignificantemente contribuíamos a aminorar su descarriada escalada de auto-destrucción. Encarcelado, se encontraba a salvo de sí mismo, de su vicio. Al salir de aquel infausto recinto, me pregunte a mí mismo: ¿qué es el cielo y qué es infierno?

Nuestra cultura ha definido el cielo y el infierno como lugares circunscritos. Espacios donde el ser humano experimenta la dicha o la desgracia en conformidad a la propia estancia en que se encuentra. En verdad es algo relativo o no del todo cierto. Si bien hay lugares deprimentes donde se pueden respirar los miasmas de la podredumbre miserable de la abyección humana, esos mismos lugares pueden convertirse en refugio y sensación de paz cuando el corazón del hombre busca a Dios en su ser y en la necesidad de ser.

La noción del cielo y la tierra ha surgido en el universo mental del hombre desde el principio. El pensamiento mágico-religioso configuró aquellas concepciones por medio de las epifanías cósmicas. Una muestra de ello es el término empleado en el radical indoeuropeo deiwos “cielo”, vocablo que designa al dios y al nombre de los principales dioses: Dyaus, Zeus, Júpiter. La idea de lo divino aparece, pues, vinculada a la sacralidad celeste, es decir, a la luz y a la trascendencia (altura). El (dios del) cielo es el padre por excelencia, el dios supremo creador del mundo, circunscrito a lo de arriba. En cuanto a la tierra, era considerada como una energía vital opuesta al cielo, lo que está abajo; derivado también de la división de los dioses. (Mircea Eliade, “La religión de los indoeuropeos. Los dioses védicos” en: Historia de las creencias y de las ideas religiosas vol. I).

Del mismo modo, El Génesis se inicia con el célebre pasaje: «Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era un caos informe sobre la faz del abismo, la tiniebla…» (I, 1-2). Constatamos, pues, que el cielo es aquello que “vemos” desde la tierra y que metafóricamente asignamos como el lugar donde habita Dios y que da origen a todas las fuerzas de la naturaleza (y dioses menores).

En contraposición a esa idea, el infierno es lo de abajo, lo oscuro y hueco, es decir, la tierra. El bien, el dios creador, lo bueno está arriba y el mal, el dios fuente de todos los males, abajo. En fin, la divinidad está por encima de nosotros, en el cielo. Luego, el infierno está en el lado opuesto al cielo, en la oscuridad, en la tierra. También habría que considerar, desde la óptica espírita, la idea de “castigo” por los malos actos fruto de las reminiscencias de aquellos seres que exiliados (procedentes o no de Capela) a nuestro planeta anhelaban la patria perdida, mundos que cual estrellas reflejaban su brillo en las apacibles noches de verano señalándoles el lugar de procedencia.

Fruto de aquellos sufrimientos provendría el cuadro de los castigos futuros y que representarían, posteriormente, de manera más viva el infierno pagano y judeocristiano. Son las leyendas o mitos del tonel de las danaides, la roca de Sísifo, las aventuras de Telémaco, entre otras muchas, que representan la idea de castigos eternos.

Comprobamos que todas estas narraciones brotan de las aspiraciones íntimas del ser humano que, con la concordancia de las experiencias vividas, vienen a constatar la realidad de los dos planos de la vida, el mundo corporal y el espiritual. El espiritismo llega a hacer patente por la realidad fenoménica esa relación, así como el origen, la naturaleza y el destino del hombre, que no es sino un Espíritu encarnado. El espíritu es el ser principal, el ser inteligente. El cuerpo es la envoltura que viste transitoriamente para la consecución de sus objetivos y metas: alcanzar la plenitud como ser perfectible en sí. Esta unión de los dos elementos se efectúa a través de una sustancia semimaterial que a modo de lazo permite la integración. Así pues, el ser humano es un ser trinitario que representa, podemos decir, en pequeño la misma trinidad universal; el triángulo de la vida, determinado por el elemento material, el elemento espiritual y el vértice en que se encuentra Dios, la causa primera de todas las cosas.

En todos los tiempos el ser humano ha creído, por intuición, que la vida futura debía ser dichosa o desgraciada en proporción al bien o al mal que haya hecho en la Tierra. Es la conciencia moral que le abastece el discernimiento, como expresión de la ley de Dios en sí misma.Y, en este sentido, la vida social es la piedra de toque de las buenas o malas cualidades del ser. El egoísmo, el orgullo, la ambición, la avaricia, la violencia, el odio, la hipocresía, son el infierno que degrada y mancilla a la persona. En cambio, la bondad, la dulzura, la benevolencia, la paciencia, la caridad, son las virtudes que hacen nuestro cielo. Por consiguiente, el cielo y el infierno no son más que estados del alma y no lugares circunscritos como se había descrito. Es la Iglesia católica, incluso, la que prescribe ya estos cambios conceptuales. En el año 2007 estableció, igualmente, que el limbo no existe.

De este modo, es en virtud de aquellos estados del alma elaborados con nuestras propias manos, acciones de nuestra vida diaria, que vamos a encontrar o sentir el cielo o el infierno. El trabajo personal, el sufrimiento de una enfermedad pueden convertirse en nuestro infierno o en nuestro cielo. La comprensión respecto a aquella realidad que nos determina en cuanto circunstancia de vida, va a definir nuestro horizonte futuro de dicha o de desgracia. Al igual que el mencionado caso del drogadicto en la cárcel, donde se encuentra a salvo de su condición viciosa y que llega a establecer como su cielo, como su estado de paz interior, de encuentro con su ser espiritual, único y verdadero. Luego, es por el punto de vista que tengamos de la vida, de las cosas y de las personas que asimilamos el cielo o el infierno. El infierno de la cárcel se convirtió, en este caso, en el medio de eliminar su mal, en el lugar de remisión de sus propios errores o conducta pervertida. En la condición de adquisición de la conciencia de nuestra necesidad real, de lo que en verdad necesitamos frente a lo que queremos. Como nos advirtió Pablo de Tarso en su auto-examen: todo nos es lícito, mas no todo nos conviene.

He aquí, pues, nuestra necesidad real: Dios nos da siempre el cielo. Nuestra elección muchas veces nos lleva al infierno. La vida nos fue dada como prueba o expiación, ya que nuestra misión en la vida, el sentido de nuestra existencia, es alcanzar nuestra purificación y elevación, el estado de Espíritu puro. El ser humano es el artífice de sí mismo. Se elabora en aquella ganancia a partir de las experiencias reencarnatorias que nos posibilita nuestra existencia. Es una prueba de conocimiento en busca de solidificar en la práctica aquello que determinamos, en teoría, en nuestro plan reencarnatorio. Nuestro mundo personal es creación de nuestra forma de ser, de pensar y de sentir. Este mundo se expresa en dos dimensiones distintas: la física, en la que estamos ahora y la espiritual de la que vinimos y a la que regresaremos. En esta confabulación, confeccionamos una psicosfera que constituirá, además de nuestro estado actual, nuestro porvenir.

La práctica de la teoría es la que constituye nuestro cielo individual: las pruebas necesarias. Puesto que lo que influye no es tanto lo que pensamos, lo que decimos, ni aún lo que hacemos, sino lo que somos. Como sabemos si somos honestos no es mirándonos al espejo, sino en la tentación, en la prueba de la vida. Un problema de nuestra sociedad actual es que buscamos lo superfluo considerándolo necesario: buscamos lo que no necesitamos y nos convertimos en esclavos. Lo opuesto crea nuestro infierno. ¿Qué es lo que en verdad necesitamos? Observamos a niños en la miseria más felices que aquellos otros que lo tienen todo. Adolescentes con más problemas que aquellos en que la tecnología no se convierte en el paladín de sus vidas, en lo necesario. Debemos aprender a ser los mismos en la felicidad y en la desdicha. Para ello podemos preguntarnos, ¿quién soy? Para saberlo, nos dice Joanna de Ángelis: ten en cuenta en qué piensas cuando estás a solas. Cuando no hay presiones de ningún tipo, máscaras que mantener en nuestras relaciones, cuando estoy yo solo conmigo, pensando, eso soy en lo más puro. Y es allí donde encontramos aquello de lo que más necesidad tenemos. Allí se presentan nuestras problemáticas, las fallas que tenemos necesidad de superar, de trabajar; las imperfecciones que nos constituyen desde el punto de vista moral y que van en contra de la ley divina.Y ese es nuestro infierno, que si no trabajamos a tiempo nos llevará a procesos dolorosos inclusive más allá de esta vida, sintiendo, asimismo, el peso de la idea de la eternidad de la pena.

El cielo y el infierno son, pues, estados de conciencia espiritual. De ahí que nuestro Maestro y Señor nos dijera: «El reino de los cielos está entre vosotros»; reside en nuestros corazones, y tenemos el deber de cultivarlo para nuestra satisfacción.

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