Comprobamos en El Cielo y el Infierno, una vez más, el carácter pedagógico de Allan Kardec, quien continúa así con el compromiso de mostrar al mundo la esencia del Espiritismo y la Verdad. En este libro nos ofrece un exhaustivo estudio que compara los diversos dogmas y creencias con la fuerza del razonamiento y la educación del Espíritu inmortal. El Cielo y el Infierno o la Justicia Divina está dividido en dos partes, expuestas con rigor para la comprensión de todos aquellos que se sientan interesados por el aprendizaje de la vida espiritual.

En la primera de ellas, Kardec presenta aspectos fundamentales de la realidad humana y su relación con los acontecimientos naturales que nos esperan tras dejar el envoltorio físico. Encontramos aquí un extraordinario examen comparativo y desmitificador de las diversas creencias que nos hablan del “cielo y el infierno”, los “ángeles y demonios”, el dogma de las “penas eternas”, las “recompensas futuras”, y un tema al que dedica especial atención, “el purgatorio”, asuntos todos que siempre inquietaron al ser humano. En definitiva, observamos cuestiones de imprescindible lectura, expuestas con maestría y razonamientos de peso, estimulando al lector interesado a sumergirse en el aprendizaje.

Para ilustrar con ejemplos reales estos temas, encontramos en la segunda parte que Allan Kardec conversa con espíritus en diferentes situaciones. Acostumbrado al rigor científico, de los muchos casos que llegó a recopilar en sus investigaciones, elige aquellos que pueden ser más cercanos y comunes, con el fin de que podamos extraer y asimilar las instrucciones más provechosas para la comparación y la comprensión.

“Ejemplos” es el nombre de la segunda parte del libro, que empieza con el capítulo “La transición”, trayendo luz a ese paso muchas veces desconocido o temido que todos daremos desde la vida corporal a la vida espiritual.

Correspondía al Espiritismo, en su conocimiento de las leyes que rigen las relaciones del Espíritu con la materia, describir el fenómeno fisiológico de la separación del alma y el cuerpo y las sensaciones que se presentan en el momento de la muerte, basándose en el estudio exhaustivo de la clave de este fenómeno: el lazo fluídico, y de otros muchos factores que solamente la sumersión en la literatura espírita puede llevarnos a su comprensión.

¿Y quién mejor que aquellos que nos precedieron en el paso hacia la vida espiritual para ofrecernos su testimonio y poder observar de primera mano su verdadero estado tras la turbación de los primeros momentos del tránsito? Allan Kardec evoca con conocimiento, prudencia, palabras benevolentes y reconfortantes a espíritus que como veremos se encuentran en diferentes fases de felicidad o desdicha en la vida espiritual.

Samuel Philippe muere el 1862 a los cincuenta años de edad a consecuencia de una dolorosa enfermedad. Hombre de bien en toda la acepción de la palabra, había adquirido en el conocimiento del Espiritismo una fe ardiente en la vida futura y una gran resignación para los males de la vida terrestre. Fue evocado muchos meses después de su muerte ofreciendo su humilde testimonio acerca de cómo se produjo el proceso: «Aunque sufrí cruelmente en mi última enfermedad, no tuve agonía. La muerte llegó como un sueño, sin luchas ni sacudidas. No temiendo al porvenir, no me aferré a la vida, y, por consiguiente, no tuve necesidad de luchar para romper los lazos postreros; la separación se cumplió sin esfuerzo, sin dolor y sin que me apercibiese de él». Se vio en calma rodeado de personas que apreciaba, que ya habían muerto hacía tiempo, y otras que no conocía y cuidaban de él esperando que despertase. Samuel forma parte de los ejemplos mostrados en el libro, en el apartado de Espíritus felices.

La Sra. Hélène Michel es evocada tres días después de su muerte. Allan Kardec nos cita este caso que engloba entre los Espíritus de mediana condición. Joven de veinticinco años, murió súbitamente sin sufrimientos y sin causa previa conocida. Se ocupaba fundamentalmente de las futilezas de la vida que le permitía su posición económica pero mostraba un corazón bueno, era dulce, delicada y caritativa. La mujer expresa una gran turbación, con un sentimiento de dualidad que no le permite ubicarse ni comunicarse con claridad. Después de varios días se procede de nuevo a la evocación. Hélène muestra su agradecimiento por las oraciones que se han hecho por ella: «He comprendido la muerte el mismo día en que habéis orado por mí» Expone que no sufrió en el estado de turbación, creía soñar y esperaba despertarse. Agradecida a Dios, comprende que, a pesar de no sentirse infeliz, mucho tiene que hacer para adelantar hacia la mansión de la bienaventuranza.

Leemos diálogos con espíritus en sufrimiento, con aquellos que cometieron el acto del suicidio, con criminales arrepentidos e incluso con espíritus endurecidos. Podremos extraer lecciones de gran interés de todas las experiencias narradas. Dentro de los ejemplos expuestos en el capítulo dedicado a los suicidas, nos fijamos en el caso de “una madre y su hijo”. En marzo de 1865, un joven de veinticinco años llamado Benjamin C. llama a su madre para abrazarla y besarla sintiendo ya que era la hora de su muerte. La mujer, vencida por el dolor, le dice:“Ve, hijo mío, precédeme; no demoraré en seguirte”. Nada hizo sospechar a las personas que presenciaron la escena el triste desenlace, pues pensaron que el comentario era fruto del natural dolor de una madre. Sin embargo la mujer decidió quitarse la vida una vez que hubo expirado el enfermo. El hijo explica cómo la decisión de la madre ha perjudicado a ambos, que no podrán de momento encontrarse en el mundo espiritual, pidiendo oración por ella y trasmitiendo un mensaje de valor y resignación ante las adversidades, por muy dolorosas que sean, existiendo leyes perfectamente explicadas en el Espiritismo que impiden que ambos puedan reunirse por un largo tiempo. La evocación de la madre da lugar a un estremecedor diálogo digno de estudio y meditación, pasando de una rebeldía propia de la desesperación a comprender las palabras del evocador, que consigue despertar en ella una luz de esperanza en la noche que la rodea.

Si todos estos casos despiertan importantes reflexiones en el lector, no menos ocurre con las conversaciones que se mantienen en el último capítulo: Expiaciones terrenales.

Casos como el de Marcel, niño número 4, con grandes y dolorosas deformidades que sufría en un hospicio, medio abandonado por su familia. El médico que lo cuidaba quedaba asombrado, sin embargo, por su inteligencia, dulzura, paciencia y resignación, nada propias de su edad. Marcel en su bondad pedía píldoras para dormir y no molestar con sus gritos de dolor a los otros enfermos; ejemplo de madurez que sólo se comprende admitiendo la preexistencia del alma y la pluralidad de existencias, principios de la Filosofía Espírita. Al ser evocado tras su prematura muerte, Marcel nos ofrece bellas lecciones a los espíritas y por ende a toda la Humanidad: «Yo deseo decirles algunas palabras al respecto del progreso de vuestra Doctrina […] El Espiritismo será la brújula orientadora que se expresará a través de la palabra y el ejemplo, y así, los lamentos se trasformarán en expresiones de alegría y en lágrimas de gozo». No deja el Espiritismo nunca de ofrecer explicaciones a los hechos y así San Agustín firma después de la evocación un mensaje esclareciendo sobre el tránsito del niño y las circunstancias que rodean la existencia de este Espíritu.

Estos son algunos ejemplos de espíritus marcados por duras experiencias ante la visión de la realidad espiritual, donde la angustia, los padecimientos, la inevitable verdad, se presenta en múltiples variaciones, siempre como consecuencia de la Ley de Causa y Efecto. Situaciones que sólo son comprensibles mediante el estudio serio y secuencial de la Codificación Espírita, que viene a derramar Luz sobre la forma de obrar de la Justicia Divina.

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