Con una simple mirada al mundo vemos la magnitud de las desigualdades sociales que nos causan infinidad de interrogantes. La existencia de conflictos bélicos, pobreza, enfermedades, en contraposición a la paz, la riqueza y la salud nos llevan, generalmente, a experimentar un verdadero conflicto interior. Una sensación de injusticia nos invade y no comprendemos los motivos que llevan a esta dura realidad. La iniquidad consterna e inquieta el alma y nos preguntamos, ¿por qué pasan estas cosas? ¿Cuál es la línea que delimita una u otra situación y permite los matices que diferencian una existencia frente a otra? Debe haber una respuesta lógica que rige estas aparentes disparidades.

La justicia humana, simbolizada por una mujer con los ojos vendados sujetando una balanza y una espada, representa en esta forma alegórica: la imparcialidad, la capacidad de hacer cumplir la justicia y la exigencia de respeto a la ley en el acto de juzgar. Los jueces dictaminan sus resoluciones acordes a los valores éticos-morales de cada época. Hay una amplia cantidad de leyes, normas y sentencias que varían dependiendo del nivel moral de cada zona, lugar o nación. Las pasiones y los derechos establecidos cambian cada cierto tiempo, alterando los sentimientos y haciendo que los hombres juzguen bajo falsos puntos de vista, hecho que demuestra una justicia imperfecta. La Humanidad aún camina hacia un poder jurídico más sublime, por lo tanto, no puede ser comparable a la Justicia Divina.

Dios es imparcial, ecuánime, neutral, recto y objetivo en la aplicación de Su Ley de Justicia. Su aplicación es el patrón Universal, la suprema regla de equidad, exacta y perfecta, porque la Justicia que rige el Cosmos es el principio moral que inclina a obrar y juzgar respetando la verdad y dando a cada uno lo que le corresponde. En su suprema sabiduría, crea a todas las almas sencillas e ignorantes, aunque son innumerables las oportunidades que se les ofrecen para progresar.

La reencarnación es una excelente demostración de la Justicia Divina, hecho que trae a las sociedades el sosiego del alma, sin la cual no se comprenden las evidentes diferencias de la Tierra. Las sucesivas encarnaciones despojan al espíritu de sus imperfecciones y le dan medios de evolución. Es imposible engañar o disimular en el mundo espiritual los actos realizados en la encarnación. Las mentes que cumplen y actúan en consonancia con la Ley tienen su conciencia en paz; las que no la siguen estarán desajustadas y en deuda.

En cada nueva existencia se avanza, pudiéndose así distinguir mucho mejor el bien del mal, reajustándonos cada vez más a la Ley Divina de Justicia, Amor y Caridad. Lo que no pudo aprenderse en una existencia se hace en otra, acertando y errando hasta que se llegue al entendimiento de las sublimes virtudes. Bajo el influjo de la ley de acción y reacción, los destinos de los seres humanos experimentarán las diferentes circunstancias de la vida.

El conocimiento de las Leyes de Dios está a disposición de todo aquel que anhele la mejoría de sí mismo, buscando el perfeccionamiento moral para tornarse un hombre de bien. Se identifica Su Justicia en las penas y recompensas futuras que cada uno siembra y recoge en la encarnación y en el mundo espiritual. Por lo tanto, las desigualdades tienen su origen en la patente e incontestable adquisición moral lograda por medio de innumerables encarnaciones. Nadie escapa a la ley natural de evolución, siendo pues retribuido según sus méritos reales.

De los actos particulares deriva el destino de cada uno. Esto implica la rotunda conclusión de que es el responsable de su futuro; de acuerdo a cómo actúe durante la vida tendrá uno u otro porvenir. Consciente de tal hecho, no es válido “echar la culpa” de lo que nos pasa a otra persona, al azar o a Dios. La responsabilidad es de uno mismo, tanto la “buena suerte” como las vicisitudes o los sufrimientos. Muchos piensan que los infortunios son obra de la casualidad o la fatalidad, por no entender los mecanismos de las vidas sucesivas.

La enseñanza eminentemente cristiana del Espiritismo esclarece sobre la inmortalidad del alma, las penas y las recompensas futuras, la justicia de Dios, el libre albedrío y la moral de Cristo, bases sólidas que resuelven con lógica las cuestiones insolubles de las aparentes injusticias. El olvido del pasado es un verdadero regalo a las conciencias desajustadas, conflictivas, cuyo remordimiento al recordar todos los errores sería un sufrimiento añadido en la encarnación actual. No nos acordamos de las vidas pasadas, sin embargo por las circunstancias que vivimos podemos sacar una lección, y para ello basta que nos analicemos diariamente.

Oímos frecuentemente: ¡Este no tiene conciencia, no se responsabiliza de sus actos, es un desgraciado, debe pagar por lo que ha hecho! A estas personas el Espiritismo responde que todo llegará, hay espíritus que todavía no son conscientes de sus deberes y responsabilidades. Por lo tanto, son menos infractores. ¿Debemos pues proceder a buscar justicia con las propias manos ante un agravio personal? ¡No, jamás! No debemos nunca tomar la revancha, vengarnos o buscar un ajuste de cuentas. Nada ni nadie aparta a la Providencia del camino de la equidad. Si no vemos en esta vida que se ha hecho justicia, esperemos a llegar a la vida espiritual, que es una realidad, pues la justicia de Dios sigue su curso también en el Más Allá. En el mundo espiritual se logrará la dicha o la infelicidad de acuerdo al proceder en la Tierra.

Es de sabios comprender las condiciones que rigen las Leyes Morales y saber confiar en la Justicia Divina. Puede que uno sea considerado un ser despreciable, lleno de fallos, mentiroso, deshonesto o traidor, pero Dios ve todo y a todos. ¿Qué importa la opinión de los demás? ¿Qué importa no ser comprendido si uno cumple con las Leyes Morales? Si usted trabaja para el bien y para Dios, permaneciendo fiel a su principio de amor y solidaridad, de perdón y olvido de las ofensas, está en el camino. Su conciencia será su árbitro, por esto es importante conocer las Leyes de Dios: para actuar cada vez mejor.

Muy pocas veces la razón está de una sola parte, a pesar del empeño de algunos en poseer siempre la verdad. ¿Quién dice que no es el otro el equivocado, arbitrario y frío de sentimientos que erróneamente siempre se cree con la razón? Muchas veces el origen de un desacuerdo está, por ejemplo, en el afán de control, en el egoísmo, en la presunción, en la frustración o las ganas de poder. En estos casos pregunto si vale la pena una discusión dialéctica para intentar cambiar el punto de vista del otro y mostrarle que está equivocado, o simplemente callar. El libro El Cielo y el Infierno está lleno de ejemplos de incomprendidos que, al llegar al mundo espiritual, tuvieron su recompensa. ¡La propia conciencia dirá si usted tiene o no la razón! Si no es justa tal o cual situación, lo que debemos hacer es esperar y confiar en la Justicia Divina. Sin embargo, si se analiza lo que se reclama y se encuentra una actitud errónea en uno mismo, una buena solución sería reconocer lo que se ha hecho y tratar de rectificar procurando proceder mejor en situaciones similares venideras. Recordemos que cada día es un nuevo amanecer, lleno de oportunidades, para empezar de nuevo.

A partir del momento en que el codificador del Espiritismo, el francés Allan Kardec, redactó El Cielo y el Infierno, el hombre ha recibido la información para comprender los mecanismos de la Justicia Divina. Sin el conocimiento de la reencarnación sugerido por Cristo y explícitamente aclarado por el Espiritismo, no podemos concebir un Dios justo y bueno. Los espíritus nos dicen que los males morales afligen más que los males físicos, pues la vida corporal es pasajera, mientras que la espiritual es definitiva. Ellos expresan que las aflicciones son crisis momentáneas de la vida, un camino de purificación para el adelanto del espíritu inmortal. Cuando los hombres comprendan la Justicia Divina y practiquen la ley de Dios, la caridad y la humildad sustituirán al egoísmo y al orgullo, entonces no procurarán perjudicarse más; respetarán los derechos de cada uno y harán reinar entre ellos la concordia y la justicia.

Usamos cookies en nuestro sitio web. Algunas de ellas son esenciales para el funcionamiento del sitio, mientras que otras nos ayudan a mejorar el sitio web y también la experiencia del usuario (cookies de rastreo). Puedes decidir por ti mismo si quieres permitir el uso de las cookies. Ten en cuenta que si las rechazas, puede que no puedas usar todas las funcionalidades del sitio web.