«Hay muchas moradas en la casa de mi Padre»

(Jesús de Nazareth)

Tomamos como principio generador de cuerpos y naturalezas al Éter Universal, definiendo su comportamiento de acuerdo a las leyes propias de la materia. Inherentes al Fluido, esas leyes mantienen el equilibrio y todas las propiedades en las infinitas manifestaciones que presentan. Leyes poderosas y activas, ocultas o latentes, pero destinadas a dirigir, mantener, conservar o destruir a los mundos en los diferentes periodos. De ellas se derivan los diferentes torbellinos y aglomeraciones de fluidos difusos, materia nebulosa, que dan origen a centros de creaciones simultáneas y sucesivas.

Nuestro sistema solar no había iniciado su etapa evolutiva y, sin embargo, los soles iluminaban el éter primitivo y los planetas habitados abundaban. La Creación estaba exuberante y los ojos maravillados de seres que nos antecedieron. Nebulosas, galaxias, vías lácteas de mundos habitados, la materia cósmica encerraba los elementos materiales, fluídicos y vitales de todos los sistemas y todos los cuerpos celestes.

Ese fluido penetra los cuerpos como un inmenso océano. En él reside el principio vital que da origen a los seres y perpetúa la vida en cada planeta de acuerdo con su necesidad, principio en estado latente que dormita allí donde la voz de un ser no lo reclama. Toda criatura, mineral, vegetal, animal o de otra especie –ya que existen otros reinos naturales cuya existencia ni siquiera imaginamos– en virtud de ese principio, se apropian de las condiciones necesarias para su existencia y durabilidad.

Así se lleva a cabo la creación universal.

Hablando del mundo espiritual, el espíritu no recibe la iluminación divina que le otorga el libre albedrío, la conciencia y el conocimiento de la importancia de su destino sin haber pasado previamente la serie divinamente fatal de encarnaciones inferiores, en las que elabora su individualidad. Esa es la hora en que el Señor imprime sobre su frente su augusta señal y el espíritu toma un lugar entre los seres Espirituales. Nuevas fuerzas surgen con posterioridad a este movimiento de rotación: la fuerza centrípeta y la fuerza centrífuga. El predominio de la fuerza centrífuga desprende al círculo ecuatorial de la nebulosa y forma de este anillo una nueva masa aislada de la primera, pero sujeta a su imperio.

Uno de esos planetas fue la Tierra, que antes de enfriarse y revestirse de una corteza sólida dio nacimiento a la Luna por el mismo método de formación astral al que ella misma debe su existencia.

Durante las hermosas noches estrelladas y sin luna, todos hemos observado ese fulgor blanquecino que atraviesa el cielo de un extremo al otro, al que los antiguos, por su apariencia lechosa, bautizaron con el nombre de Vía Láctea. La Vía Láctea es, en efecto, una campiña sembrada con flores solares o planetarias que brillan en la vastedad. Nuestro Sol y todos los cuerpos que lo acompañan forman parte de esos mundos refulgentes que componen la Vía Láctea. La Vía Láctea, que nos sirve de cuna, se ornamenta de 100 billones de estrellas y cerca de ella, en un archipiélago compuesto de billones de astros, distantes a 700 mil años luz, se encuentra Andrómeda, la deslumbrante galaxia. Sus millones de soles, sus millones de mundos habitados, sólo constituyen una isla en el archipiélago infinito. Un desierto inmenso y sin límites se extiende más allá de la aglomeración estelar mencionada, rodeándola. Las soledades suceden a las soledades.

Más allá de estas vastas soledades hay mundos que resplandecen en su magnificencia, al igual que en las regiones accesibles a las investigaciones humanas. Más allá de esos desiertos espléndidos, bogan oasis en el límpido éter y renuevan sin cesar escenas admirables de existencia y vida. Y estos astros, innumerables en cantidad, viven todos, una vida solidaria, pues así como nada se encuentra aislado en la organización de nuestro pequeño mundo terrestre, nada tampoco está aislado en el Universo inconmensurable. El número y estado de los satélites varía según las condiciones especiales en que se formaron. Algunos planetas no dieron vida a ningún astro secundario, por ejemplo, Mercurio, Venus y Marte, mientras que otros han formado uno o varios, como la Tierra, Júpiter y Saturno.

Allá se desarrollan y revelan nuevos mundos, cuyas condiciones diferentes y extrañas de las inherentes a nuestro planeta les otorgan una vida que ni nuestras percepciones podrían imaginar ni nuestros estudios constatar. Es allí donde resplandece en toda su plenitud el poder creador. La inmortalidad de las almas, que es la base del mundo físico, pareció imaginaria a ciertos pensadores prejuiciosos.

Pero aún no hemos hablado del Mundo Espiritual, el cual también forma parte de la Creación y cumple su destino de acuerdo con las augustas prescripciones del Señor. El espíritu no recibe la iluminación divina que le otorga el libre albedrío, la conciencia y el conocimiento de la importancia de su destino sin haber pasado previamente la serie divinamente fatal de encarnaciones inferiores, en las que elabora su individualidad. Esa es la hora en que el Señor imprime sobre su frente su augusta señal y el espíritu toma un lugar entre los seres Espirituales.

La inteligencia humana deberá esforzarse mucho para imaginar a esos mundos radiantes que brillan en la extensión como simples masas de materia inerte y sin vida. Le costará trabajo concebir que en esas regiones lejanas haya magníficos crepúsculos, noches espléndidas, soles fecundos y días plenos de luz. Valles y montañas donde las profundidades múltiples de la Naturaleza han desplegado toda su esplendente pompa, y dificultosamente podrá imaginar que el espectáculo divino con el cual el alma puede fortalecerse como con su propia vida, se encuentre desprovisto de sentido y privado de un ser pensante que pueda llegar a comprenderlo. Una misma familia humana fue creada en la universalidad de los mundos, y a esos mundos los unen lazos fraternos, aún desconocidos.

Esos astros que armonizan en sus vastos sistemas no están habitados por inteligencias extrañas unas de otras, sino por seres marcados en la frente con el mismo destino, quienes volverán a encontrarse en algún momento de acuerdo a sus funciones de vida y se buscarán siguiendo sus simpatías mutuas. Es la gran familia del espíritu divino que abarca la extensión de los cielos y que permanece como el tipo primitivo y final de perfección espiritual.

Nuestro Sol es sólo una estrella solitaria en la abundancia de 7×1022 estrellas en el universo observable. La Vía Láctea es sólo una de entre las 500.000.000.000 galaxias del Universo. Parecería entonces que debería haber plenitud de vida allí afuera. La Fórmula Drake fue concebida por el radioastrónomo y presidente del instituto SETI, Frank Drake, con el propósito de estimar la cantidad de civilizaciones en nuestra galaxia, la Vía Láctea, susceptibles de poseer emisiones de radio detectables.

Gracias a Allan Kardec que examinó meticulosamente el fenómeno espiritual, llegando a la conclusión de la inmortalidad del espíritu y presentando los medios seguros para mantener contacto con las Sociedades del mundo extrasensorial, son los Espíritus que retornan para decir con la autoridad que los habilita: «La muerte no existe, resurgen en el más allá maravillosos panoramas de la vida en sublimes manifestaciones».


Bibliografía

KARDEC, A. La Génesis [www.espiritismo.es]

CARVALHO, V. – FRANCO, D. À luz do Espiritismo. Salvador (Br.) : Alvorada, 1968.

XAVIER, FC EMMANUEL. A camino de la luz

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