Antoine de Saint-Exupéry, el famoso autor de Le Petit Prince, expresó que «Debemos poner la inteligencia al servicio del amor, si queremos un mundo de paz y de justicia». Y es verdad. Es verdad porque la función principal de la inteligencia no es conocer, sino alcanzar la felicidad y la dignidad. En este sentido, la moral hay que considerarla como el desarrollo más decisivo de la inteligencia, como una necesaria creación de la inteligencia. Por consiguiente, podemos definir la moral como el conjunto de soluciones más inteligentes que se nos ha ocurrido para resolver problemas que afectan a nuestra felicidad personal y a la propia convivencia.

El correlato de esta realidad, como sabéis, tiene su origen en el Psiquismo divino partiendo como fascículo de luz, como mónada celeste rumbo a la infinitud; todo un proceso de desenvolvimiento de fuerzas vitales en el principio inteligente que dieron origen a los instintos, a las sensaciones, a las emociones, a los sentimientos y en el estadio actual de la humanidad a la razón, encontrándonos ahora en avance a la intuición, rumbo a la angelitud, por la plenitud del amor.

Afirmamos, con la doctrina espírita, que la moral es, pues, una forzosidad, una necesidad exigida por la propia naturaleza, por el desarrollo antropo-socio-psicológico del ser humano.Ver surgir la moral en este transcurso equivale a ver surgir al hombre del animal, esto es, la humanización del principio inteligente del universo.

La visión de la inteligencia hoy es múltiple (basta recordar a Gardner, Robert Emmons, Daniel Goleman y otros). Robert Cooper, por ejemplo, pionero en el campo de la neurología, propuso en 2008 que la inteligencia está distribuida por todo el cuerpo; que la inteligencia no depende únicamente del cerebro dentro del cráneo, sino del cerebro del corazón y del intestino. Estos emplean redes neuronales que le permiten operar de forma autónoma.

Pues bien, partiendo de presupuestos aportados por la neurociencia, la experiencia proporcionada por las investigaciones sobre inteligencia artificial y la observación psicológica, hay que admitir un modelo de inteligencia estructurado en dos niveles. Un primer nivel generador de ideas, sentimientos, deseos, imaginaciones e impulsos y un nivel ejecutivo que intenta controlar, dirigir, corregir todas esas operaciones mentales. Nuestra inteligencia puede entenderse, entonces, como un poderoso navío dotado de una sala de máquinas y un puente de mando. En la sala de máquinas se generan ocurrencias, ideas, sentimientos,

deseos y algunos de ellos se hacen conscientes. Son los que acceden al puesto de mando, que se encarga de comparar las órdenes con otras superiores y da el visto bueno o rechaza la sugerencia de la sala de máquinas. Por tanto, la inteligencia es la capacidad de dirigir bien el comportamiento, eligiendo las metas, aprovechando la información y regulando las emociones.

Recordamos el caso de un estudiante de bachillerato que con un cociente intelectual de más de 130, un cociente muy alto, se equivocó en la elección de sus metas. Al terminar el curso había llegado a la conclusión que era más listo que sus profesores. Como le gustaba mangonear a los demás, se convirtió en el cabecilla de un grupo de su barrio, marginados del mundo escolar, a los que fue animando a cometer pequeños delitos. Al año siguiente no fue al instituto, porque pensaba que no podrían enseñarle nada interesante. Ahora está en la cárcel por tráfico de drogas.

¿Es verdad que era tan inteligente? Básicamente sí. Pero no supo usar inteligentemente su inteligencia. Con esto vemos que, para enfrentar los problemas, hay que aprender destrezas que unan la idea con la realización. Y este es el trabajo de la voluntad, que en verdad es un hábito.

Todo lo que hacemos lo aprendemos. Para ello contamos con una herramienta psicológica:los automatismos, los hábitos. Esta es una propiedad del sistema nervioso que se da en todos los niveles: desde el reflejo condicionado hasta el hábito creativo. Esta realidad ya se hizo evidente en la antigua Grecia donde la educación consistía en fomentar la adquisición de virtudes y para ello hacía falta entrenamiento, una ascesis. De esta forma, podemos intuir que la construcción asombrosa de la inteligencia ha sido producir comportamientos libres a partir de mecanismos no libres. De ahí que los procesos inconscientes sean el fundamento de los procesos conscientes (recordando a Vygotsky, Goleman y otros), que culminarán, a su vez, en un bucle prodigioso en el que construimos el inconsciente. Esto encuentra apoyo en base a la cuestión 540 y fundamentalmente en la 560 de El Libro de los Espíritus donde nos instruyen las Inteligencias superiores que todos los espíritus habitamos en todas partes, a fin de adquirir el conocimiento de todas las cosas. Primero obedeciendo y después digiriendo; antes las cosas del mundo físico y después las del moral. Sintetizamos, así, que la libertad se aprende obedeciendo primero, puesto que esta obediencia permite construir las herramientas psicológicas de la libertad, instrumento de nuestras decisiones.

Joanna de Angelis nos señala este proceso de construcción en Conflictos existenciales cuando nos dice que «Cada nivel conciencial menos experimentado, aunque adormecido, construye el nivel más experimentado». El ego, incluso inconsciente, construye el self, el Sí mismo con los contenidos resultantes de la promoción y sublimación de los instintos.Y lo hace del siguiente modo: un pensamiento crea un condicionamiento psíquico. Este, repetido, se convierte en hábito. El hábito se transformará en consciencia instintiva y ésta terminará como automatismos e ideas innatas, que son los embriones de los sentimientos y la inteligencia -el ser moral. Como todo prosigue rumbo a lo inmensurable, el ser moral ascenderá a la escala del ser espiritual.

De esta forma, intuimos que de las sensaciones que se derivan de nuestro cuerpo físico surgirá, básicamente, el periespíritu. De estos instintos originarios nacen las emociones, que se transmutarán en sentimientos y en inteligencia –en sus distintos niveles de manifestación– los cuales se convertirán en virtudes, que se transformarán en potenciales de la mente. La mente sintetiza todos estos elementos, originarios del universo psicofísico, transformándolos en nobles y sublimes virtudes. Luego la esencia del espíritu, podemos decir, son las virtudes inmanentes al amor incondicional que lo constituye. En otras palabras, las dos alas del Espíritu son la inteligencia y el amor originados de los instintos, los cuales surgieron de las experiencias repetidas que generaran los automatismos. Estos vinieron de los hábitos que comenzaron como condicionamientos físicos, en primer lugar, luego periespirituales y mentales.

Según Joanna de Angelis perfeccionar los sentimientos desarrolla y mejora las emociones que pasan a gobernar con más suavidad las sensaciones; libera al ser de las sombras resultantes del imperio de los instintos y lo impulsa a la conquista de lo luminoso, el reino de los cielos (Triunfo personal, cap. 11). Nos encontramos, pues, en la tarea de construcción y auto renovación de nuestro Espíritu. Aprendemos como el animal, automáticamente. Pero también decidimos con la adquisición de la conciencia lo que queremos aprender: chino, cálculo o encaje de bolillos. Cada cual explotando su nivel de inteligencia. Este mecanismo, en nuestro estadio, se establece por medio de la razón. La razón como mecanismo decisorio elige entre dos o varias opciones. Pero la razón no tiene poderes coactivos. El razonamiento no es capaz de cambiar los deseos ni las emociones. En este sentido, la razón adquiere el papel de asesor de decisiones. No obstante, necesita de un proceso educativo.

La educación viene intentando imponer un sabio hábito: haz caso de tu asesor. Con este procedimiento junto al hábito de la voluntad –que, en verdad, la tenemos si la entrenamos y si alguien nos la enseña– logramos los objetivos diseñados o planeados. Necesitamos de un entrenamiento, de la asimilación de automatismos y hábitos que son los que construyen las redes neuronales. Por tanto, el núcleo duro de la inteligencia es el hábito de obedecer a una norma, que consistirá en obedecer a la Razón. Y esta era la definición de voluntad dada por Aristóteles (discípulo de Platón): la acción inteligente. Pensar si no por qué no hacemos ciertas cosas. Pues, porque nos produce repugnancia moral. Se trata de un sentimiento relacionado con unas emociones muy poderosas: la culpa o la vergüenza, por ejemplo.

Así pues, actuar inteligentemente es la verdadera noción de libertad. La libertad no consiste en hacer lo que se quiera, sino en tomar las decisiones más inteligentes. Este hábito es el último recurso que proporciona seguridad al comportamiento humano y nos introduce en el terreno moral, una de cuyas funciones es hacer inteligente el comportamiento. El desafío existencial de hoy es unificar, por consiguiente, los tres niveles de inteligencia, a saber: el cociente intelectual (entiéndase como conquistar cosas), el emocional (conquistar personas) y el espiritual (conquistarse a sí mismo). La inteligencia se expresa por estos tres niveles de manifestación del Espíritu. De la unión de estas tres surge la inteligencia ética, que nos proyecta de manera transcendente a la comprensión de las leyes divinas por la vivencia del conocimiento, por la aplicación del saber.

La doctrina espírita nos aclara que cada pensamiento representa un atributo del ser espiritual. La voluntad lo expresa por medio de la inteligencia intelectiva o cognitiva, emotiva y espiritual. Es una virtud en construcción, en expansión y sublimación. Los embriones de esa virtud son los instintos, las sensaciones, las emociones y los sentimientos. Y en la cúspide del sentimiento se encuentra el amor, que resume de forma completa la doctrina de Jesús. Núcleo de todos los deseos y revelaciones de nuestro ser, nuestra esencia misma. La suma de estos valores forma nuestro carácter, que para los griegos era lo que estaba grabado. Es así como las acciones proceden de las virtudes y educar en los hábitos se torna la gran empresa educativa, porque sólo aprendemos aquello que hacemos. Esos hábitos morales que vamos grabando caracterizarán al verdadero hombre de bien, cuyo patrimonio esencial son las virtudes. Por tanto, el espiritismo establece el sublime itinerario: “El verdadero hombre de bien es aquel que práctica la ley de justicia, amor y caridad en su mayor pureza”. Solamente el progreso moral como desarrollo decisivo de la inteligencia podrá asegurar la felicidad en la Tierra dominando las pasiones, sublimando nuestros vicios en virtudes. Y la regla de oro de la conducta para conseguir esta meta es la enseñada por Jesús: hacer todo aquello que nos gustaría que se nos hiciese a nosotros; es toda la ley. Es la forma de construir nuestro inconsciente, los automatismos grabados mediante entrenamiento, mediante experiencias de vida. Y si hemos sido suficientemente inteligentes, los habremos construido para poder llevar una vida libre y feliz.

¿Cuál es, entonces, nuestro modelo de inteligencia?

¿Cuál será el modelo de inteligencia que los Espíritus superiores, las Virtudes de los cielos, señalan para un mundo de regeneración, como es ya nuestro planeta? Miremos a nuestro sublime Maestro y Señor. Él nos conduce hacia la felicidad eterna. Sólo necesitamos llevar su yugo, esto es, observar Su ley. Ley que es fácil de llevar porque su carga es suave. Consiste en la práctica del bien. Y como el bien se relaciona con la virtud, expresemos nuestras cualidades esenciales a través de la fe que las reúne a todas. ¡Amemos mucho para que seamos amados! Esta es la inteligencia que nos trae el espiritismo y que reunirá a todos los pueblos, razas y culturas en un mundo de regeneración rumbo a la felicidad.

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