Antoine de Saint-Exupéry, el famoso autor de Le Petit Prince, expresó que «Debemos poner la inteligencia al servicio del amor, si queremos un mundo de paz y de justicia». Y es verdad. Es verdad porque la función principal de la inteligencia no es conocer, sino alcanzar la felicidad y la dignidad. En este sentido, la moral hay que considerarla como el desarrollo más decisivo de la inteligencia, como una necesaria creación de la inteligencia. Por consiguiente, podemos definir la moral como el conjunto de soluciones más inteligentes que se nos ha ocurrido para resolver problemas que afectan a nuestra felicidad personal y a la propia convivencia.

Como instrumento, el cuerpo físico posee sus órganos y sistemas que permiten la vida, la locomoción, el habla, la visión, la respiración, la asimilación de energías, etc. En la esfera extrafísica de materia sutilizada, el cuerpo de relación, lógicamente como instrumento de acción, también posee sus órganos y sistemas. El cuerpo físico es moldeado por el cuerpo espiritual, que es el lazo intermediario entre el alma y la materia propiamente dicha.

Para comprender la ley de la reencarnación, es inevitable aceptar la inmortalidad del alma, ya que en una sola existencia el Espíritu no puede adquirir la sabiduría y la perfección. Por eso, nos dicen los Espíritus de la Codificación en la respuesta a la p. 132 El Libro de los Espíritus, que: «Dios impone la encarnación con el objetivo de que lleguemos a la perfección. Para unos es una expiación, para otros una misión. Pero para alcanzar esa perfección, deben soportar todas las vicisitudes de la existencia corporal. (…) La encarnación tiene también otro objetivo que es, el de poner al Espíritu en condiciones de cumplir con su parte en la obra de la Creación, para cuya realización toma en cada mundo un cuerpo en armonía con la materia esencial de ese mundo, cumpliendo así, bajo este aspecto, las órdenes de Dios, de tal manera que concurriendo para la obra general, él mismo progrese también».

Cuando la muerte arrebata a los padres a aquellos seres que se encuentran en plena infancia surgen, inevitablemente, una serie de preguntas y de dudas angustiosas, martilleando la mente, llevando, a veces, a los familiares, a modificar sus conceptos sobre la vida y la muerte, tratando de comprender los designios divinos, o bien, rebelarse ante ellos, en un proceso particular e individual que forma parte de cada uno.

El hombre y la mujer de la actualidad, después de los grandes e inimaginables vuelos del conocimiento y de la tecnología, se debaten sorprendidos en las aguas turbias de la inquietud y del sufrimiento, constatando que los milenios de cultura y de civilización que les ampliaron los horizontes del entendimiento, no les han solucionado los grandes desafíos de la emoción. Existe un desfase inmenso entre el homo tecnológico y el ser espiritual, que se presenta desprovisto de recursos para los grandes enfrentamientos propuestos por los mecanismos de sus propias construcciones.

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