La situación de los refugiados aquí en Europa es calamitosa, llena de prejuicios y de conceptos xenófobos. Vemos diariamente, tanto en la televisión, como en los periódicos, las terribles imágenes de centenares de personas que cada día ponen en riesgo sus vidas lanzándose al mar en barcazas improvisadas, de plástico. Familias enteras vienen buscando la salvación en Europa. Otros, llegan caminando, después de atravesar varios países, para sólo encontrarse con muros y vallas recientemente construidos con el objeto de impedir su entrada.


He visto y oído comentarios de todo tipo para justificar estos impedimentos, tales como: “¡Si aquí en Europa no hay empleo para los europeos! ¿Por qué recibir más gente que también quedaría sin empleo, sobrecargando aún más los hospitales y una seguridad social que ya es deficiente? Otros argumentan basándose en prejuicios religiosos, principalmente cuando los refugiados son musulmanes, o de raza, cuando los refugiados vienen del continente africano. Algunos, esgrimen que la violencia va aumentar, que los ataques terroristas serán frecuentes, extendiéndose así una atmosfera de xenofobia y miedo, lo que lamentablemente da lugar a que las semillas del odio racial y religioso sean esparcidas.

Una pregunta nos llega a la mente: ¿Por qué estas personas están arriesgando sus vidas y las de sus hijos menores, llenos de miedo, hambre, sed y frío, cruzando el mar en estos barcos inadecuados, con la posibilidad real de morir todos? ¿Qué desesperación es esta para tomar una decisión tan drástica? Y la respuesta es simple, sencilla: huir de la certeza de la muerte por la guerra y del hambre para tener la posibilidad de una vida mejor para sus hijos. Entendamos bien la frase anterior. Estos refugiados están cambiando la certeza de la muerte por una posibilidad de sobrevivir, de salvar a sus hijos.

Y, ahora, otra pregunta nos asalta: ¿Y si fuéramos nosotros, nuestros hijos, los que estuviésemos amenazados por las bombas? ¿Acaso no haríamos lo mismo?

 Recuerdo ahora algo que me contaron y que nos sirve para reflexionar: en una conversación en la mesa, durante la comida en casa, el joven padre, de unos 35 años, estaba comentando esta situación con su mujer, y su hijo, de unos 10 años estaba escuchando – los hijos escuchan todo, incluso cuando pensamos que ellos están en su mundo-. El padre que estaba en el paro y buscando empleo, comentaba con su mujer lo absurdo que era que el gobierno aceptara a estos refugiados, que no había empleo ni para los españoles, que la tasa de paro en España era de más del 20% y que ellos– los refugiados – deberían quedarse en su tierra. La mujer asentía afirmativamente con la cabeza, cuando el hijo dijo: Papá, entonces si nosotros estuviéramos en esas condiciones, con las bombas cayendo ¿tu preferirías que yo muriera? ¿Tú no intentarías huir para salvar a mamá y a mi hermanita Paloma?

 El padre paró de remover la sopa caliente con la cuchara, miró a su mujer, su recién nacida hija dormida en los brazos de su mujer, a su hijo y lágrimas en sus ojos empezaran a brotar y dijo: Es evidente que sí, hijo mío. Haría de todo…haría lo mismo que estos refugiados están haciendo… gracias por preguntarme esto mi hijo. Y se levantó de la mesa para dar salida a sus lágrimas y no dejar que su hijo ni su mujer le viesen llorar. (A nosotros, los españoles, no nos parece bien mostrar nuestras emociones en público…)

 A ninguna persona en sana conciencia le gustan los cambios. Todos nosotros buscamos la estabilidad, nuestra casa, nuestra familia, nuestro trabajo, el encuentro con los amigos en bares y restaurantes, las tapas, un buen vino. Ahora imaginemos el acontecimiento de una guerra. Todo cambia y el sentido de la sobrevivencia habla más alto que todo lo demás. Nadie sale de su país si no hay una razón muy apremiante, y la certeza de la muerte por las bombas o de una vida en condiciones degradantes son los motivos principales. Los refugiados, primero buscan la sobrevivencia, y, después, recuperar la dignidad en otro país, que habla otro idioma, que tiene otra religión, y cuyos habitantes tienen miedo de su llegada. Y por desgracia, cuando llegan a suelo europeo, después de dejar atrás miles de muertos en el mar y en el camino, encuentran vallas, muros, y solamente tiendas de campaña para recibirlos, con soldados armados hasta los dientes como si fuesen peligrosos criminales. ¿Dónde está la dignidad humana, dónde está la caridad? ¡Qué difícil, qué pruebas más duras!

Pero esta es la realidad y no hay como huir de ella. Nosotros los espíritas tenemos que cuestionarnos mucho cómo andan nuestros sentimientos de solidaridad, de comprensión y de tolerancia; ¿qué pensamientos lanzamos al espacio cuando el tema nos llega al alma? ¿Son de prejuicio, este pariente directo del egoísmo y del orgullo? En esa encrucijada, deberíamos recordar las palabras del maestro Jesús en Mateo que abre este artículo: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui extranjero, y me recogisteis.” Y, mismo, en el Antiguo Testamento, en la Torah, el libro sagrado de los judíos del que Jesús aprendió y predicó, hay diversos pasajes a cerca del trato a los forasteros y extranjeros, en uno de ellos, en Génesis 25,9 se dice: Y no angustiarás al extranjero: pues vosotros sabéis cómo se halla el alma del extranjero, ya que extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto. Otro pasaje importante está en Job 31,32: El extranjero no tenía fuera la noche; mis puertas, abría al caminante.

 Estamos en tiempos de grandes cambios. La transiciónplanetaria de la Tierra para un planeta de regeneración, mejor espiritualmente, está en camino; espíritus superiores de la talla de Emmanuel ya están reencarnados y, otros, como Joanna de Ângelis, están preparando sus reencarnaciones.

 Todavía hay muchos espíritas que dudan de esta afirmación, justificando sus argumentos principalmente con la eclosión del grupo terrorista DAESH (Estado Islámico) y similares, y sus ataques terroristas, con decapitaciones y mutilaciones mostradas en las redes sociales sin ningún pudor, en los telediarios y en las portadas de los periódicos. Estas cosas, mantienen, demostrarían que el mundo no está cambiando para mejor.

 Es muy importante resaltar que estos espíritus, endurecidos espíritus, están teniendo sus últimas oportunidades aquí en el planeta, y muchos están fracasando y son causantes de estos verdaderos escándalos, y que como Jesús ya nos dijo, ellos serán arrastrados por el torbellino y no reencarnarán más aquí en nuestro planeta, y serán relevados por espíritus mejores. Recordemos a Kardec, en el ítem. 20 de la Génesis: La generación que desaparece se llevará consigo sus prejuicios y errores. La generación que vendrá, alimentada en una fuente de aguas más limpias e imbuida de ideas más sanas, imprimirá al mundo el movimiento ascensional del progreso moral, que caracterizará a la nueva etapa de la Humanidad.

 Los refugiados, en su gran parte, son una consecuencia directa de estas guerras fratricidas entre las diferentes facciones musulmanas que se disputan el poder en la región, y son el “prójimo” a quien Jesús se refiere en su parábola del buen samaritano. Y los causantes del éxodo de los refugiados son los causantes de los escándalos, a quien Jesús se refiere cuando decía en una de sus parábolas, en Mateo 18, versículo 7 “¡Ay del mundo a causa de los escándalos, pero ay del que causa el escándalo!”.

 Debemos también orar para que nuestros políticos, cuando duermen, en sus sueños puedan ser inspirados por la Espiritualidad Superior, para que sean conscientes de la responsabilidad que está en sus manos, para que puedan actuar con presteza, caridad y compasión para acabar con esta crisis humanitaria de una manera definitiva.

 En conclusión, mientras los políticos trabajan para combatir las causas de estas guerras que provocan las crisis de refugiados, nosotros tenemos que armarnos de fe, amor, caridad, tolerancia y comprensión, y ayudar como podamos a estos hermanos infelices, que tuvieron que huir de sus países en guerra para poder salvarse y dar una vida más digna a sus hijos.

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