Juan Jacobo Rousseau de quien bebería el célebre  profesor de Rivail: Johann Heinrich Pestalozzisostuvo, en su Discurso sobre los orígenes y fundamentos de las desigualdades entre los hombres (1758), que el arte y las ciencias han corrompido al hombre; que el hombre es el producto cultural de sucesivas impurezas que se han adherido a su verdadera naturaleza. El hombre natural –entiéndase en oposición al hombre de la cultura es esencialmente bueno. A este hombre lo constituye originariamente la bondad del sentimiento y la relación directa con la Naturaleza.

Con esta hipótesis no pretendía Rousseau defender una existencia perfecta anterior a la constitución de la sociedad y del nacimiento de la civilización. Rousseau no predica la vuelta al hombre natural como la regresión a un supuesto estado primitivo perfecto, no. Sin embargo, este estado constituye, por así decirlo, el punto de referencia hacia el cual se vuelve toda consideración de tipo social y moral. De ahí su teoría jurídica del Contrato social que, completada con la pedagogía del Emilio (Émile ou sur l’éducation, 1762), señala el método para llegar a la pureza del hombre natural con la supresión de toda la maldad acumulada por la cultura artificiosa y por la desigualdad humana. El medio para alcanzar ese desiderátum es el desarrollo de las fuerzas naturalmente buenas del hombre, expresadas en sus sentimientos puros, con vistas a la formación de un nuevo estado social. Estas teorías fueron las que influyeron considerablemente sobre la Revolución Francesa, que adoptó el lema “Igualdad, Libertad, Fraternidad” como líneas esenciales del orden moral, a saber, social, político y religioso de la sociedad. Quizá descubriera, el estimado filósofo, que la verdad del propio yo puede encontrarse únicamente en la comunidad, en la unidad-con-el-otro.

Vislumbramos, así, que el problema de la desigualdad es un problema social. Aunque como veremos más adelante está anclado en un fenómeno natural. Para enfrentarlo como problema social, es decir, como fenómeno histórico y cultural vamos a proponer la tesis, supuesta en las teorías rousseaunianas, de que las desigualdades se establecen en nuestro mundo por los intereses personales, es decir, por nuestro egoísmo. Es producto del comportamiento del ser humano por la diversidad de aptitudes que comienzan a caracterizarlo desde su nacimiento y que lo pervierten. En verdad, podemos decir, con el espiritismo, que las desigualdades sociales, como el resto de todas las desigualdades, son fruto de nuestra ignorancia, de forma general; del predominio inferior de nuestra naturaleza, en conformidad al nivel evolutivo en que nos encontramos en nuestro planeta como seres espirituales. Ello quiere decir que no constituyen una expresión del capricho divino, sino obra de nuestras propias manos que, en la elaboración de nuestro destino futuro, se convierten, por designio divino, en agentes de progreso y desempeñan, transitoriamente, una necesidad en la economía de la evolución, tanto individual como colectiva de los mundos y de los seres.

En efecto, remitiéndonos a nuestro origen, somos espíritus creados iguales, esto es, sencillos e ignorantes.

Surgidos del Psiquismo divino o Amor de Dios (Inteligencia suprema y Causa primera) que, con el objeto de concurrir a la armonía del universo, se perfeccionan diversificándose en su desarrollo. Remitiéndonos a nuestra realidad más concreta: el planeta Tierra, un mundo aún inferior, nos permite, a través de las vicisitudes de la vida corporal, sublimar nuestras potencias divinas –como espíritude progreso y alcanzar, así, el objeto de nuestra creación: el perfeccionamiento o la integración en la unidad de La ley de Dios.

Alcanzamos la razón de esta verdad en El libro de los espíritus, en su Tercera parte, donde el insigne Allan Kardec organiza el establecimiento de las leyes que regulan la vida. Es ahí donde comprobamos que la ley natural es la ley de Dios. Única ley que permite al ser humano ser feliz, puesto que esta ley es la que le indica lo que debe hacer, tornándose infeliz si se separa de ella. Vemos reflejada aquí la idea que entreviera el gran educador en su sentido directo con la Naturaleza.

El problema es que no se puede comprender la ley natural, que concierne a todas las circunstancias de la vida, en una sola existencia. El ser humano necesita, por lo tanto, de múltiples existencias, de vidas sucesivas que le permitan la adquisición de su individuación. De aquellas cualidades y valores que le posicionarán como Espíritu puro, alcanzando aquella integración con La ley. Como el sentido común indica que estas leyes deben ser proporcionales al grado de adelantamiento de los seres, concluimos, de manera simple, que el planeta Tierra es un mundo inferior caracterizado por los contrastes; donde aún predomina los instintos en el hombre, sus pasiones más bajas. Obviar este proceso evolutivo significa desconocer la ley natural o apartarse de ella; o bien, lo que sería peor, olvidarla: lo que le haría contraer mayores sufrimientos y, por consecuencia, mayores desigualdades sociales.

En este proceso intuimos, ya, que nos necesitamos unos a otros para lograr aquel propósito o finalidad existencial. En una palabra: no se puede avanzar fuera de la vida social; no podríamos conquistar valores de ninguna clase fuera de la sociedad. Fue esto lo que originó en el tiempo, por la fuerza de las cosas, la división del trabajo, que fomentó el progreso en la vida social en todos los sentidos. El progreso ocasionó, como resultado, dos leyes más a cumplir en nuestra naturaleza social: la ley de igualdad y de libertad. Estas leyes son fundamentales a partir del progreso.

En definitiva, todos somos iguales ante Dios, es decir, todos estamos sometidos a las mismas leyes. Pero cada cual es libre de escoger el camino que quiere recorrer, en virtud de nuestro propio libre albedrío. Con lo cual, el ser se torna diferente al conquistar valores y recursos de forma distinta. Y es esta diferencia, cada vez mayor, la que va a ir consolidando aquella diversificación del trabajo de forma específica. Irrevocablemente las diferentes aptitudes de los seres humanos aseguran el progreso social. Y esto es el resultado de la ley de igualdad. Esta ley, a su vez, determina la desigualdad porque la contiene; es un proceso natural. Pero esa desigualdad se mantendrá si y sólo si el hombre permanece sujeto a su tendencias inferiores. Si sigue dando predominio a sus sentimientos impuros, principalmente, al egoísmo y al orgullo, luchando contra sus iguales en vez de promover que nadie llegue a estar privado realmente de sus necesidades en las sociedades que llama civilizadas.

Entendemos, así, que igualdad ante la ley e igualdad de oportunidades en las sociedades contemporáneas son ideales democráticos que debemos defender e inculcar en una sana educación por mor de la propia Naturaleza para equiparar las desigualdades. En este sentido, comprendemos que las líneas establecidas por los reformadores y educadores modernos (Locke, Comenius, Rousseau, Pestalozzi, Jan Hus) en verdad buscaban la solución a este problema. Un problema social arraigado desde el inicio de las primeras civilizaciones, cuya salida residía en establecer una buena educación. Fue la aspiración de Pestalozzi buscando el desarrollo integral del alumno. Su verdadero objetivo educativo era fomentar el desarrollo de un hombre moral total. Éste, hace el bien y ama; sus acciones se basan en la fe y, en lo posible, deja a un lado su egoísmo. Entrevió, así, el insigne profesor, que la educación sólo se podría producir conforme a un principio de armonía con la Naturaleza. De este principio se deriva la necesidad de libertad para que se dé la educación en su mayor pureza.

Allan Kardec, que recibió aquella herencia en su cultura de pedagogo, nos legó la revisión del cristianismo como propuesta educativa de las propias manos de Jesús, que nos insta al cumplimiento de dos preceptos fundamentales para nuestra felicidad: amaos e instruíos. Se trata del proyecto educacional de la humanidad, que de forma individual va desarrollando gradualmente sus potencialidades en el devenir de su Historia. Este proyecto forma parte de la propia estructura del orden natural instituido por Dios: que todas las almas se realicen, cada una en su ritmo de ascensión, respetando siempre su libre albedrío. La libertad de auto-elaboración, pues, no puede ser atributo de una mera existencia, sino derecho del ser en evolución permanente dentro del progreso que determina la igualdad en la diversidad de aptitudes intelecto-morales adquiridas en dicho proceso. Cuanto más elevado es el Espíritu más igualitariamente se ve y trata a los otros, absteniéndose de toda jerarquía humillante, de toda autoridad impuesta. En fin, quien, reconociendo la igualdad esencial de todas las personas, adelanta en conocimiento y virtud, oculta su propio brillo y estimula lo que hay de mejor en el otro; neutraliza la desigualdad, por así decir. El ejemplo máximo de esta actitud nos la mostró el Maestro Jesús. Por eso Allan Kardec, siguiendo a Jesús, ensalzó los valores de una organización social basada en el trabajo, la solidaridad y la tolerancia para realizar las aspiraciones de libertad, igualdad y fraternidad, heredadas de la perspectiva iluminista. De ahí que, al final, estableciera como lema: fuera de la caridad no hay salvación. Es decir: fuera de la ley de amor no hay caridad.

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