Entre los muchos retos a los que se enfrenta la sociedad en los tiempos venideros de cara a la educación que vienen demandando las nuevas generaciones de jóvenes y adolescentes, está la educación en valores.

Por supuesto, no hablamos aquí de valores añejos, desfasados, sujetos a los usos y costumbres del momento, sino a aquellos valores imperecederos inscritos en nuestra conciencia, revelados por Jesús y todos los grandes Espíritus que nos han visitado, y que serán los que verdaderamente propiciarán un cambio real en la sociedad y un adelanto moral a la humanidad.

Dice Allan Kardec en la Génesis, cap. XVIII: “Para que los hombres sean felices sobre la Tierra es preciso que sólo espíritus buenos encarnados y desencarnados la habiten…”

Y más aún, nos esclarece al respecto de la necesidad que tiene la humanidad de aspiraciones más amplias y elevadas ya que comprende el vacío de las ideas que la acunaron y la insuficiencia de las instituciones para lograr su felicidad.

Este vacío y esta infelicidad, unidos al egoísmo, al orgullo, al individualismo, son los cánceres que minan nuestras sociedades generando sufrimiento, dolor, hambre, guerras fraticidas, esclavitud, abandono y tantas y tantas situaciones terribles que asolan nuestro hogar planetario.

Si quisiéramos de verdad revertir este panorama deberíamos empezar a trabajar desde ahora mismo el momento es hoy, nos dice Bezerra de Menezes en sus mensajespara hacer de la educación la herramienta fundamental y más importante del cambio.

Padres, madres, educadores, tienen la responsabilidad de ofrecer a los niños y jóvenes la posibilidad de cambiar el mundo que les rodea, generando y propiciando oportunidades para trabajar la solidaridad, el respeto  al prójimo, el respeto a las diferencias, la capacidad de amar sin esperar nada a cambio y la de sentirse copartícipes de una transformación que, no sólo es posible, sino que está ya iniciándose.

Basta mirar la cantidad de movimientos humanitarios, ONG,s, voluntarios de todas las índoles y las respuestas masivas de diferentes colectivos y personas anónimas cuando se generan situaciones catastróficas de la índole que sean, o que simplemente colaboran donando su tiempo, sus recursos en países, poblaciones o colectivos necesitados de atención de manera de propiciar su desarrollo.

La sensibilidad hacia el dolor y el sufrimiento del otro, cada vez es mayor, y debemos aprovecharla para salir de nuestras zonas de confort y actuar como esperaríamos que se actuara con nosotros.

El Maestro de Lyon establece que la fraternidad debe constituirse como la piedra angular de la nueva sociedad, porque el amor al otro, que es también un hijo de Dios, invita a paliar tanto como sea posible el dolor y las carencias de manera natural, construyendo sociedades más justas e implicadas en cubrir las necesidades de los más desfavorecidos por las circunstancias, generando más igualdad, más solidaridad, más alegría y, como no, impulsando el progreso de la humanidad en general.

Por lo tanto, es una asignatura pendiente de la educación concienciar a los niños y jóvenes en este sentido.

Hay multitud de iniciativas que podemos proponerles desde casa, eso sí, siendo conscientes de que el ejemplo de los padres y de los educadores es fundamental para crear nuevos hábitos.

Es importante que los niños vivan en un ambiente de respeto, de solidaridad entre los miembros de la familia, de amor y de perdón, de comprensión y tolerancia.

Y digo esto, porque el hogar, la familia, son el lugar, el laboratorio, en el que estos espíritus van a poder experimentar en la convivencia diaria estos valores imperecederos, venciendo su egoísmo, doblegando su orgullo, comprendiendo la importancia de la interacción en el grupo familiar y el valor de caminar juntos y unidos con un mismo objetivo, para después, en su contacto con otros miembros de la sociedad, poder trasmitir a su vez estos valores en el ámbito de las relaciones laborales, sociales, de amistad, etc. En este sentido, todos tenemos que hacer un esfuerzo de auto-educación, pero, sin duda alguna, este es el primer paso y la base más sólida que se puede construir.

Además de esta cuestión debemos implicarles, en la medida de nuestras posibilidades, en acciones solidarias de todo tipo: regalando esos juguetes y libros que no usan o que ya han leído a los niños carentes, acompañándonos a visitar a alguna persona enferma, recogiendo aquella ropa que les quedó pequeña para donar a alguna ONG o institución dedicada a esta cuestión.

Es obligación nuestra, y un grito clamoroso de la humanidad, mostrarles la importancia del consumo responsable, el respeto al medio ambiente, el aprovechamiento de las materias primas, etc., de manera de hacerles adultos responsables e implicados en un reparto más equitativo de los recursos del planeta, impidiendo por lo mismo, los abusos, las guerras, la escasez de agua, las hambrunas, y todo cuanto se deriva de una sociedad que depreda a otras generando desigualdad y dolor.

Pero aún hay mucho más que podemos enseñarles y es el valor que tiene ofrecer una sonrisa a todo el mundo, el respeto por las personas mayores, la paciencia y la capacidad para escuchar a sus amiguitos, el mérito del esfuerzo, de la buena voluntad, de ser agradecidos con la vida, con Dios, con cuanto nos rodea, el amor a los animales y a la naturaleza, a nuestra casa planetaria tan bella y delicada como es…. En fin, todo aquello de bueno que podamos sembrar en sus corazones…

Quiero finalizar este artículo con unas bellísimas palabras de la Madre Teresa de Calcuta, quien no precisa de presentación y que ha sido, sin duda alguna, una de las mayores mensajeras del Amor, de la fraternidad y de la paz, de nuestro tiempo: “Enseñarás a volar, pero no volarán tu vuelo; Enseñarás a soñar, pero no soñarán tu sueño; Enseñarás a vivir, pero no vivirán tu vida. Sin embargo, en cada vuelo, en cada vida, en cada sueño, Perdurará la  huella del camino enseñado.”

Así es amigos, que tenemos por delante un gran trabajo de siembra en los corazones infantiles. Tenemos las semillas que podemos tomar del granero de las enseñanzas de Jesús y sólo nos hace falta cavar los surcos, alimentarlas con el agua de la paciencia, iluminarlas con el Sol del amor y pronto podremos ver los primeros y tiernos tallos abandonando la oscuridad de la Tierra para abrirse al Mundo y florecer y con el tiempo, llegada la primavera, dar frutos.

 El momento es hoy…

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