En determinado momento de la cultura humana, cuando la psicología intentó interpretar el ser humano y sus problemas, ha constatado que el problema más grave que hay en el mundo es el propio ser humano. En la mitología griega, llega hacia nosotros el momento en el que la esfinge en la carretera de Tebas le pregunta a Édipo, “descíframe o te devoro”, proponiendo una forma enigmática de interpretar el ser humano.

Y ese muchacho que serviría de punto fundamental para la doctrina freudiana tuvo facilidad en interpretar que ese ser que por la mañana camina a cuatro patas, al mediodía a dos, y al atardecer a tres patas, nada más es que el ser humano. Y descifrada, la esfinge le presentó una punición: él tenía que sufrir por su sabiduría. Debería casarse con su propia madre, matar a su padre y cegarse después. Esta mitología trágica intenta interpretar la criatura humana demostrando que somos enigmas en nuestros adentros y que la esfinge no pasa de ser las incógnitas del vivir.

 Vivir es un fenómeno natural que se procesa por intermedio del automatismo propio de la biología. Pero bien vivir, vivir con sabiduría, conocer la realidad de la vida, es el gran desafío. Y para interpretar esa criatura humana, los psicólogos, a partir de Gurdjieff, en Rusia, y posteriormente de Pedro Ouspensky, su discípulo, pasó a ser conocida como ser animal, bípedo, con instinto gregario, con una percepción, intelecto-moral y una realidad espiritual.

 La última definición viene de la psicología transpersonal de los años 70 del siglo pasado. Y esta actualidad, si nos fuera posible interpretar al ser humano, diríamos que es el poseedor de cinco características propias que lo identifican entre todos los animales.

 La primera característica de una criatura humana es la persona. Esa mascara que nosotros nos ponemos para disfrazar nuestra realidad. Hay aquellos que dicen que el ser humano es un animal que la civilización ha domesticado temporalmente. Y que delante de un desafío, una provocación, este animal rompe el barniz que le oculta la ferocidad y se presenta como es, atacando para defenderse. Defenderse para sobrevivir. Pero para que haya en la sociedad un equilibrio más o menos normal del ser humano y de sus compañeros de lucha, esos psicólogos establecieron, inspirados en la tragedia griega, en el teatro, que es necesario poner una máscara. Con esa máscara, disfrazamos nuestra realidad profunda.

Posteriormente, cuando Carl G. Jung hizo un estudio del ser humano, descubrió la doctrina de los arquetipos. Todos nosotros cargamos en nuestro inconsciente colectivo estas experiencias de vivencias continuas que nos presentan de acuerdo con esa característica de un self, un si mismo y de un ego, la apariencia. El ego es la construcción de nuestros intereses personales, de nuestras luchas; el self es ese ser  indestructible,  ese  psiquismo  en la opinión de Jung, el espíritu en la opinión de la ciencia espirita, que sobrevive a la muerte y que vive antes de encarnarse. De esa manera, para que podamos entendernos y tener una vida equilibrada, la persona es una necesidad. Por ello, decimos que hay personas caracterizadas por la grandeza moral, o por su pequeñez, por la criminalidad o por sus valores éticos. Y muchas veces decimos “es una personalidad”, lo que no nos parece un halago, porque el ser una personalidad es tener una apariencia de algo que en realidad no lo es. Sin embargo, no podemos vivir, dice el Dr. Rollo May, sin esta apariencia, que sería agresiva, desagradable, peligrosa si nos presentáramos como somos. Entonces todos nosotros tenemos esta mascara también llamada persona.

La segunda característica de un ser humano es la identificación que Allan Kardec llama afinidad. Este sentimiento de unión, de parecencia, y que nosotros nos identificamos con los gustos por la franja del pensamiento, por las ideas, por los ideales. Esa identificación es, quizás, una de las formas más bellas para el sentimiento de la amistad, de la comprensión, del amor. Nos identificamos con aquellos que suponemos tener las mismas características nuestras. A partir de ese momento, ese sentimiento que es la presencia divina en nuestro mundo interior desabrocha y nos propicia vivir en relación social, en el grupo humano formando la humanidad.

 La tercera característica de una criatura humana es el conocimiento. Desde el momento en que nosotros abandonamos los instintos primarios y abrimos campo para la manifestación de la razón, del pensamiento, él pasa a gobernar nuestra vida. Sin embargo, somos seres inconscientes y gracias a este inconsciente biológico, porque tenemos funciones automáticas incluso el sistema nervioso simpático, parasimpático, el sistema nervioso central, y este otro que se manifiesta sin una programación. Nosotros vamos abandonando el instinto sustituyéndolo por la razón para poder ser profundamente felices. El conocimiento nos propicia la identificación con la naturaleza, la identificación con Dios, la identificación con nuestro prójimo. Y es fantástico poder superar cuando no hay este sentimiento de simpatía. La inferioridad moral resulta del instinto de conservación de la vida y  transforma  aquello  que nos parece tan difícil, tan insoportable, en un   ser amigo adaptado a nuestras convicciones y nosotros, tolerantes a su comportamiento.

 La cuarta característica de un ser humano fue muy difícil de ser identificada. Porque dice respecto a la consciencia. Y en psicología, consciencia es un drama. Por muchos años los padres del pensamiento psicológico que vivieron de la filosofía intentaron difundir lo que es la consciencia. Y por largos años se ha confundido consciencia con conocimiento. Toda vez que una persona adquiría un título académico, una posición de destaque en la sociedad, esta persona era tenida como un hombre, una mujer de consciencia.

 Fue en el periodo del Nazismo, repitiendo las experiencias macabras de la Humanidad en otros periodos que Jung tuvo oportunidad de estudiar la consciencia humana en profundidad. En la obra Respuesta a Job, Jung dice que hay un momento en la vida en que todos nosotros descubrimos la consciencia. Que la consciencia es el momento de lucidez; es el instante cuando el ego toma conocimiento de todos sus impulsos psíquicos.

 Por lo tanto, la consciencia es este anhelo inmenso de valores éticos de nuestro ser en el proceso de la evolución hasta el momento de un despertar, cuando nos damos cuenta que somos seres que tenemos una visión compleja de la vida; que nos dedicamos a optar por aquello que produce nuestra mejora espiritual, ética, moral y fundamental, que es amar a la humanidad.

 Todos tenemos consciencia. Sin embargo, cada quien tiene un nivel de consciencia. Por ello, los científicos de la psicología demostraron que el primer estadio de nuestro estado de consciencia es un estado de sueño. Es este estado egoísta en que nosotros somos dominados por los tres instintos básicos: dormir, comer y procrear. Ahí está la base fundamental de la vida. A medida que este fenómeno ocurre como en los otros animales, en las plantas, en todo lo que tiene vida, nosotros pasamos un periodo de sueño enorme y que Platón presentó en el Mito de la Cueva. Este mito ha servido a la psicología para hablar de la sombra psicológica, para hablar de la reencarnación, para hablar de los guías espirituales, para hablar de las comunicaciones trascendentales. Entonces, ese periodo inicial bárbaro, es un arquetipo que traemos todos nosotros y que muchas veces estamos en un nivel superior y una contrariedad, un problema nos hace caer; y esa situación lamentable de regreso, de retorno al primitivismo. Se trata, por lo tanto, de un trastorno psiquiátrico, de una problemática emocional y tiene un dolor de naturaleza moral.

 El segundo nivel que los psicólogos materialistas no saben explicar es cuando pasamos de ese estado de sueño para el estado de despertar que Platón denomina estado de sueño. Ese estado en que nosotros despertamos y pasamos a tener sueños, ideales, ambiciones, deseos, ternuras, sentimientos, amor, devoción. Es el momento cuando nosotros, en cualquier filosofía de vida, intentamos ayudar; y en el primer estado somos ególatras, egoísticas, egocentristas; en el segundo periodo somos fraternales, amigos, participantes de los objetivos de la vida. Y solamente se puede explicar esto por intermedio de la reencarnación.

 El tercer nivel de la consciencia es cuando nos damos cuenta que nuestro cuerpo es una máquina; que tiene funciones y que la consciencia debe controlar esas funciones. Y son siete las funciones de la máquina. La primera es intelectiva, es necesario que desarrollemos la inteligencia para una vida agradable. Esto forma parte del desarrollo de la personalidad. El segundo nivel de consciencia se llama nivel emocional y debe estar siempre en equilibrio. La tercera función de la consciencia es controlar el movimiento. La cuarta función es el instinto. Es necesario que nuestra consciencia nos enseñe la mejor manera de comportarnos. La quinta función es la sexualidad. Jung encontró la feminidad en la masculinidad y la masculinidad en la feminidad, y estableció el ser masculino y el ser femenino como arquetipos y que solamente la reencarnación explica. La sexta función es la capacidad de discernir, de poder amar. Es esta función grandiosa, que nos habla del sentimiento con inmensa ternura para llegar a la séptima función: la intelecto-moral. Allan Kardec, en 1857, antes de que apareciera la doctrina de los arquetipos ya nos habla del desarrollo intelecto-moral, de la inteligencia, de la emoción, del sentimiento, de la vida.

 El cuarto nivel de la consciencia es la consciencia total, cósmica. Cuando ya no soy yo quien vive; es Cristo quien vive en mí.

 Esto es lo que conforma el ser humano que, de acuerdo a Platón, vino del mundo de las ideas; en el Espiritismo la consciencia es el ser que somos, el espíritu inmortal. Para la psicología, esta consciencia no disgrega nunca; y Jung decía que ella vive en otros cuerpos, quiere decir que se reencarna.

 Todos tenemos   guías   espirituales. Son nuestros maestros; son  aquellos que se responsabilizan de nuestra reencarnación. Nos hacen firmar un documento en el más allá cuando estamos reencarnando para nuestras tareas en la Tierra. Es necesario que nos pongamos en sintonía con nuestros guías espirituales para saber qué quieren de nosotros.

Jung no leyó la obra de Kardec, sino que estuvo leyendo otras doctrinas, como el Budismo o el Taoísmo y quedó fascinado con la reencarnación. Estableció una doctrina de mantras y una doctrina para llegar al inconsciente profundo del individuo. Pero Allan Kardec, acompañando los pasos de Sócrates, de Platón y de Jesucristo, después de estudiar científicamente qué es un ser humano, estableció que está constituido de tres elementos: de la energía pensante; la energía que se condensa: el periespiritu; y de materia. El ser piensa, el periespiritu decodifica y la materia actúa. La materia, por lo tanto, está controlada por el ser que somos, llamemos consciencia, alma o espíritu. El ser que “estamos” (en esta encarnación) vinimos del mundo real para el mundo de aprendizaje, una escuela para retornar a nuestro mundo real llevando realizaciones positivas o negativas que nos imponen retornar tantas veces sean necesarias para poder progresar. Pero esa labor la Divinidad establece que seres superiores se encarguen de cuidar de nosotros. Estos seres superiores son los guías espirituales. Todos tenemos guías espirituales. Son nuestros maestros; son aquellos que se responsabilizan de nuestra reencarnación. Nos hacen firmar un documento en el más allá cuando estamos reencarnando para nuestras tareas en la Tierra. Es necesario que nos pongamos en sintonía con nuestros guías espirituales para saber qué quieren de nosotros.

 El Espiritismo es una doctrina cristiana. Vino para combatir la ignorancia, la superstición, el desconocimiento para decirnos que el valor de la vida es superior a nuestros caprichos, que nos vino a enseñar, como lo hacen los guías fidelidad, fraternidad, amistad, cariño, gratitud. Porque si alguien me salva la vida ahora, la vida no me pertenece, pertenece a Él, que me la salvó.

 Vivimos un momento histórico en que los guías espirituales, los espíritus que se dedican a salvar la humanidad, están atentos a todo lo que pasa en la Tierra. Es el momento de crisis y si miramos la obra Génesis, cap. XIV cuando Kardec habla de la transición del mundo de pruebas y expiaciones para un mundo de regeneración, tenemos que apelar para los mensajeros espirituales que se encuentran a nuestro lado. Bajo la protección de los mensajeros espirituales, nosotros, los espiritas, tenemos el deber de ser diferentes en la sociedad, es decir, tener una ética, tener   un comportamiento cristiano. Tenemos el deber de demostrar a la humanidad que somos constructores de una nueva era y que nuestra vida no nos pertenece. Pertenece a la VIDA. Y la vida suena, llamándonos de regreso en cualquier momento. La vida nos vuelve exuberantes: ante una sonrisa, un abrazo, un apretón de manos, de un beso, de un cariño; esta es la finalidad de la reencarnación, del vivir.

Usamos cookies en nuestro sitio web. Algunas de ellas son esenciales para el funcionamiento del sitio, mientras que otras nos ayudan a mejorar el sitio web y también la experiencia del usuario (cookies de rastreo). Puedes decidir por ti mismo si quieres permitir el uso de las cookies. Ten en cuenta que si las rechazas, puede que no puedas usar todas las funcionalidades del sitio web.