Si la máxima de Conócete a ti mismo ha llegado hasta nosotros como un precepto moral y un símbolo para todos los enamorados de la verdad y del saber ha sido, en buena medida, gracias a Sócrates (Atenas, 470 al 399 a.C), que se sirvió de esta inscripción délfica como uno de los principios esenciales de sus enseñanzas, recogiendo toda la sabiduría de los grandes filósofos de la Grecia antigua. En este aforismo de “Conócete a ti mismo” se intenta ofrecer respuesta a algunas de las preguntas más antiguas y tradicionales del pensamiento filosófico: quién soy, de dónde vengo y a dónde voy.

Preguntas por medio de las cuales cada uno debe tratar de estudiarse y comprenderse, en la más sencilla invitación para descubrir quién somos y, de esta manera, penetrando en nuestro propio ser, en nuestra intimidad, despertar la conciencia y acceder al misterio de nuestra esencia divina.

 Desde algunos siglos antes de Jesús, hasta la fecha, la máxima de Conócete a ti mismo se ha mantenido viva y no ha dejado de animar al ser humano a conocerse, en todos los tiempos y culturas, a través de distintas generaciones reflexionado sobre ella.

 Y, 20 siglos después de Cristo, a pesar de tanto tiempo transcurrido, los mensajeros espirituales nos continúan diciendo e insistiendo exactamente en lo mismo:

“Debemos reafirmar que la mayor necesidad del ser humano aún sigue siendo la de conocerse a sí mismo”. (1)

Sin embargo, ello no es tarea nada sencilla. Tales de Mileto, el primero de los siete sabios de Grecia, seis siglos a.C. ya afirmaba que la cosa más difícil del mundo es conocerse a uno mismo.

 Alejandro Magno, el gran conquistador, rey de Macedonia (356 a 323 a.C.) nos da alguna pista y deja entrever el por qué de esa dificultad cuando afirma que: “Conocerse a uno mismo es la tarea más difícil porque pone en juego directamente nuestra racionalidad, pero también nuestros miedos y pasiones”.

 En esta tarea de conocernos a nosotros mismos, San Agustín, uno de los Espíritus que participó en la codificación espírita, aplicando el método socrático de incitar a preguntarse a uno mismo, nos va a proponer que analicemos y reflexionemos sobre nuestro comportamiento diario, pensando sobre lo que uno hace y, sobretodo, por qué lo hace, sin miedo, de una manera categórica que no dé lugar a alternativas, encadenado una cuestión tras otra, tomando consciencia de la propia ignorancia y, de este modo, comprobar las cosas que aún no sabemos de nosotros mismos y de nuestro modo de actuar.

 En la cuestión nº 919 del Libro de los Espíritus, a la pregunta de “¿Cuál es el medio práctico más eficaz para mejorarse en esta existencia y resistir a las incitaciones del mal?”, San Agustín contesta del siguiente modo: “Un sabio de la antigüedad os lo dijo: Conócete a ti mismo”.

 Y, a partir de ahí, San Agustín, desde el plano espiritual, comparte su experiencia sobre este interesante ejercicio de conocerse a uno mismo, empezando con las siguientes palabras:

“Haced lo que yo mismo hacía durante mi vida en la Tierra: al término de la jornada interrogaba a mi conciencia, pasaba revista a cuanto había realizado ese día, y me preguntaba si no había faltado a algún deber y si nadie había tenido quejas de mí. Así llegué a conocerme y a averiguar qué era lo que debía reformar en mí”.

 Sentenciando, más adelante que: “El conocimiento de sí es, por tanto, la clave del mejoramiento individual”

 A partir de este punto, me permito recomendar, encarecidamente, el análisis completo de dicha cuestión nº 919 del Libro Espíritus. Se trata, en verdad, de un examen moral de uno mismo ante la propia conciencia, que debemos hacer con humildad y sinceridad, sin miedo a lo que nos vayamos a encontrar, examinando la naturaleza y el móvil de nuestros actos, identificando nuestras emociones y sentimientos, analizando nuestras acciones y reacciones, donde San Agustín nos a poner en serios aprietos, en los que nos encontraremos de cara a la meta de juzgarnos a nosotros mismos, con la obligación de buscar la objetividad y la autocrítica de nuestros errores, desvíos, defectos e imperfecciones y, como consecuencia de ello, de una manera consciente y decidida, emprender esa lucha personal, improrrogable e intransferible, de nuestra renovación íntima: la reforma de cada uno de nosotros sobre las bases establecidas por el Evangelio de Jesús.

  Abrazar, pues, esa propuesta de modificación en el comportamiento debe ser la meta prioritaria de todo aquel que, de verdad, se considera espírita, como afirma Allan Kardec: “Se reconoce al verdadero espírita por su transformación moral y por los esfuerzos que hace para dominar sus malas inclinaciones”. (2)

Si en esta apasionante, valiente y sincera búsqueda de conocerse a uno mismo nos encontramos con algo que no nos gusta o, incluso, que nos avergüenza, desilusionémonos sólo lo justo y, a partir de ahí, tomemos plena conciencia de ello, seamos optimistas, positivos y considerémoslo como esa gran oportunidad, como el primer y más importante paso de iniciar dicha renovación y reforma moral, porque solamente quien reconoce los defectos e imperfecciones que posee puede tratar de rectificarlos.

 Conocerse a sí mismo, además de difícil, como ya se nos dijo anteriormente, es, también, algo muy duro porque, antes o después, de una manera o de otra, reconoceremos que una parte de nosotros se encuentra todavía en la sombra y eso es muy duro porque choca frontalmente con el egoísmo y todo lo que se deriva de él y de ese excesivo amor que uno se tiene a sí mismo, en el que se encuentra, enmascarado de uno u otro modo, la raíz de todos los males, imperfecciones morales y vicios de comportamiento que existen en el ser humano, representando, además, el principio básico de toda nuestra dolencia sentimental, emocional y psicológica.

Egoísmo que, como nos dicen los Espíritus amigos, es, “de todas las imperfecciones humanas, la más difícil de arrancar de raíz, porque procede de la influencia de la materia, de la cual el hombre todavía demasiado cerca de su origen no ha podido liberarse…” (3)

 Y es que, ciertamente, somos el resultado de una suma de experiencias reencarnatorias, donde el peso e influencia de los instintos animales de conservación adquiridos a través de milenios de lucha por la supervivencia han estado demasiado recientes y arraigados, impulsándonos a sobrevivir como fuera, aún a costa de lo que fuera, es decir, a ser egoístas y pensar siempre en nosotros mismos antes que en los demás. Pero nos encontramos con el hecho ineludible de que la evolución es una ley divina y, con el paso del tiempo, impulsado por esa naturaleza superior, fruto del origen divino que, sin excepción, vibra en la intimidad espiritual de todos los seres, el ser humano, a base de experiencias y múltiples aprendizajes, poco a poco entenderá y aprenderá a vivir de acuerdo a las leyes divinas, transformando esos instintos egoístas y primarios, en sentimientos cada vez más nobles y elevados.

 Entonces, comprobaremos, como, a través de este conocimiento de uno mismo, de una manera natural, seremos capaces de emprender el viaje exterior hacia el prójimo, hacia la humanidad, poniendo de relieve el ejemplo vivo que nos dejó Jesús de Ama al prójimo como a ti mismo”, que es la antítesis total del egoísmo.

 En este sentido, la Doctrina Espírita proporciona, al que de verdad esté interesado, elementos más que suficientes de reflexión a través de los cuales podamos, de forma voluntaria y consciente, analizar y trabajar nuestros sentimientos y nuestra razón, nuestro corazón y cerebro, las dos alas del progreso espiritual que nos han de acompañar y sostener en nuestro viaje, tratando, en todo momento, de garantizar el equilibrio entre ambos para que convivan armoniosamente, aprendiendo a amar con sabiduría y a pensar con amor.

 Sin embargo, infelizmente, vivimos todavía en una sociedad tremendamente materialista, llena de descubrimientos científicos maravillosos y progresos tecnológicos sorprendentes, en la que a medida que el confort material y las soluciones para las necesidades y enfermedades del cuerpo avanzan, se multiplican las aflicciones, las necesidades y las enfermedades del alma, evidenciándose una clara crisis de valores morales y una total desorientación espiritual, en una excesiva apertura hacia fuera para saber de otras cosas y una muy pobre introspección para saber de uno mismo, a la par que asistimos a una serie de imperdonables olvidos: el olvido de Dios, el olvido del alma, de nuestra inmortalidad y el hecho grandioso e ineludible de que en todos nosotros palpita desde el inicio una esencia divina que nos impulsa al progreso, hacia la Verdad, hacia lo Bello, hacia la Bondad y hacia el Bien.

 Por tanto, para conocerse bien a uno mismo, en toda su plenitud, en toda la extraordinaria dimensión que ello comporta, es totalmente imprescindible descubrir y abrazar nuestro origen divino y naturaleza espiritual, de la que no podemos evadirnos nunca, así como conocer y comprender las leyes de Dios, perfectas, llenas de armonía, de equilibrio y de amor que rigen el universo en el que nos movemos y del que formamos parte.

 Y, a partir de ahí, iniciar el camino de nuestra renovación, de nuestra reforma intima que, sin más excusas, debe ser el resultado directo de ese conocernos a nosotros mismos, conscientes en vivir de acuerdo a las enseñanzas de Jesús, el Sublime Mensajero, atendiendo, de este modo, a los continuos y ya urgentes llamados que, en Su nombre, los mensajeros espirituales nos hacen.

 Entonces, nuestra visión de la vida se transformará radicalmente, donde nuestra búsqueda ya no será algo exterior, sino algo interior forjado en sentimientos espirituales infinitos que tienen un significado muy profundo y en la certeza que resulta del encuentro, de un modo maravilloso e inequívoco, con nosotros mismos, con nuestra inmortalidad y con Dios.

 Una vez asumida la transcendencia de ese encuentro con nuestro origen y naturaleza, comprobaremos que ese otro ejercicio de conócete a ti mismo del que hemos estado tratando desde el inicio, va a resultar mucho más gratificante y enriquecedor ¡porque sólo podemos conocernos y comprendernos plenamente si lo hacernos a la luz de Dios!.

 A partir de ese momento comprobaremos que, efectivamente, tal y como nos han dicho, conocerse a uno mismo era nuestra mayor necesidad y que en ello hallaremos nuestra mayor sabiduría.

 Y, por otro lado, descubriremos, para nuestra felicidad, que conocerse a sí mismo, si lo hacemos asumiendo nuestro origen divino y naturaleza espiritual, dejándonos abrazar y envolver por el infinito amor del Padre, no es ni tan difícil, ni tan duro como nos han dicho.


 1. El consolador que prometió Jesús, ítem 232 (Emmanuel / Chico Xavier)

2. El Evangelio según el Espiritismo (Allan Kardec, cap. XVII, ítem 4, Los buenos espíritas)

3. El Libro de los Espíritus, cuestión nº 917 (Allan Kardec)

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