La Doctrina Espírita es fuente sublime de enseñanzas para una vida interior más plena y armoniosa, así como para la convivencia pacífica con los demás. Comprender a qué hemos venido en este mundo y qué nos sucede cuando lo dejamos, aprender de lo mucho que se puede hacer en la errati-cidad, vigilar pensamientos, palabras y actitudes para que estemos en constante sintonía con la es-piritualidad amiga. Éstas son sólo algunas de las invitaciones que el espiritismo nos hace, siempre convocándonos a razonar por nosotros mismos, trabajando de forma activa mente y corazón, intelecto y sentimiento.

Por la elevación de sus enseñanzas, es tamaña la transformación que el espiritismo puede operar en nuestras vidas que la espiritualidad que participó en la codificación de esta doctrina la identificó como el consolador prometido por Cristo, cuando dijo aquellas palabras que conocemos a través de los evangelios:

 Si me amáis, guardad mis mandamientos. Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que more siempre con vosotros. El espíritu de la verdad a quien no puede recibir el mundo, porque ni lo ve, ni lo conoce; mas vosotros lo conoceréis; porque morará con vosotros, y estará en vosotros. Y el Consolador, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mí nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo aquello que yo os hubiese dicho.

(San Juan. cap. XIV, v. 15, 16, 17 y 26).

En El Génesis, ítem 35 del capítulo XVII, se nos dice que el Consolador es, en el pensamiento de Jesús, la personificación de una doctrina soberanamente consoladora y cuya fuente de inspiración debe ser el Espíritu de Verdad. Por su poder moralizador, el espiritismo prepara el reino del bien sobre la Tierra. Interesante observar el uso del verbo “prepara”, que se puede entender como “ofrece las condiciones”. Pero el reino del bien en la Tierra, lo sabemos todos, no vendrá hasta que el poder moralizador del Espiritismo se traduzca en la práctica en un mundo moralizado, habitado por personas cuyos corazones pacificados conviven fraternalmente.

Un mundo moralizado es esencialmente un mundo donde las personas son felices, porque no se transgrede la ley natural. Ésta, como se nos dice en la pregunta 614 de El Libro de los Espíritus, es es la ley de Dios y la única verdadera para la felicidad del hombre. Le indica lo que debe hacer y lo que no debe hacer, y no es infeliz sino cuando se aparta de ella. Ya podemos así entender la razón de ser de las zona de nuestras vidas que no nos producen felicidad, si las hay. Tal vez una relación difícil con algún familiar, un compañero de trabajo o de ideal Espírita, o una situación económica adversa; algunas veces la salud física es un desafío importante, otras veces está en el terreno de la afectividad la fuente de tristeza. La Doctrina Espírita nos explica que cuando hay algún impedimento para nuestra felicidad, éste es el resultado de nuestras propias actitudes de transgresión de la Ley Natural. Si estas transgresiones no se han realizado en la presente encarnación, son el efecto de nuestras actitudes alejadas de la Ley de Dios en encarnaciones pasadas. Lo importante, sin embargo, es tener muy presente que en cualquier momento que decidamos, podemos aceptar la invitación del Espiritismo para pacificar nuestros corazones cultivar un futuro de mayor prosperidad en todos los ámbitos de nuestra existencia.

Son fundamentos básicos de la Doctrina Espírita la reencarnación, el libre albedrío, la ley de causa y efecto y la inmortalidad del alma. Comprender que somos seres espirituales viviendo una experiencia física, y no al revés, es el primer paso para que la Doctrina nos eduque para el abandono del juicio. Cuando lo hacemos, abrazamos la comprensión. Pero no nos podemos quedar ahí, es preciso caminar de la comprensión hacia la aceptación, porque muchas veces las cosas no son como desearíamos, las personas no actúan como esperamos, no sucede lo que queremos… No importa, si real-mente hemos abandonado el juicio. Revestidos de la aceptación pro-activa, encajamos los golpes del destino llenos de confianza en que un poder mayor gobierna nuestras existencias y nos guía hacia más y mejor, pase lo que pase. Cuando hemos alcanzado este nivel, podemos finalmente empezar la ruta de la transformación interior. El problema es cuando queremos empezar la casa por el tejado, deseando que la Doctrina nos transforme sin haber abandonado el juicio y sin haber experimentado aceptación. Caminando paso a paso, es posible que el poder moralizador del Espiritismo haga su efecto en nosotros para que, finalmente, sepamos vivir consolados y llenos de esperanza.

Conocer la Doctrina Espírita puede ser inmensamente consolador para los que hemos perdido momentáneamente a nuestros seres queridos, para los que luchan contra enfermedades, para los que viven adversidades económicas o necesitan comprender las desigualdades sociales, para los que experimentan dificultades de convivencia en el seno de la familia, en el trabajo o incluso dentro del movimiento Espírita. El Espiritismo también es fuente inagotable de esperanza cuando nos explica cómo es la vida en el más allá, nos habla del reencuentro seguro con nuestros seres queridos e incluso con afectos de los que no somos conscientes en esta encarnación. Siempre hay alguien que espera por nosotros. La Doctrina nos invita constantemente a la higiene mental y nos aclara que el destino de todos los seres de la creación, cada uno de nosotros entre ellos, es alcanzar la perfección.

Respetando el momento evolutivo y el libre albedrío de cada uno de nosotros, el Espiritismo es efectivamente una doctrina consoladora y que nos llena de esperanza. Lo que pasa es que, como dije al principio, la Doctrina ofrece las condiciones, prepara el mundo con su poder moralizador, pero el trabajo activo es intimo. Cada uno de nosotros es responsable del ritmo que imprime a su jornada evolutiva. Todo el consuelo y la esperanza que la doctrina nos ofrece no es nada si no actuamos en la vida cotidiana con más tolerancia, paciencia, respeto, perdón y humildad. La tolerancia para convivir con el que piensa diferente; la paciencia para esperar lo que el ego exige para ya; el respeto por el momento evolutivo del otro; el perdón que entiende que también nosotros nos equivocamos y nos hemos equivocado muchas veces, que en realidad no hay nada que perdonar porque el ego es el único que se ofende; la humildad que reconoce que tan poco somos para estar imponiendo formas de ver y hacer a nuestros semejantes.

Así se traduce el poder moralizador de la Doctrina Espírita: tolerancia, paciencia, respeto, perdón y humildad. Sinceramente creo que son peldaños. No podemos pretender ser humildes antes de comprender con un corazón pacífico que los demás piensan y actúan según su momento evolutivo. Si la Inteligencia Cósmica, causa primera de todas las cosas, nos ha hecho a todos perfectibles y nos ha dado la eternidad para trabajar en ello, ¿qué derecho tenemos a la crítica, a la impaciencia o al ren-cor? Derecho seguramente no es el término, porque ésta es una palabra que va en positivo: tenemos derecho a trabajar por nuestro perfeccionamiento y la reencarnación es el mecanismo que asegura este derecho divino. La opción por la la crítica, a la impaciencia o al rencor siempre está, porque todos actuamos según el momento evolutivo en el que nos encontramos. Pero en definitiva, ya somos capaces de comprender que la Doctrina Espírita nos ofrece las condiciones para elevarnos, peldaño tras peldaño, por nuestros propios esfuerzos. No lo hará ninguno por los demás, pero todos juntos, solidarios y cada día más tolerantes, podemos aspirar a acabar esta encarnación con un buen sabor de boca. Pudiendo decir, “¡Sí, he sabido vivir con una buena dosis de tolerancia, paciencia, respeto, perdón y humildad! No lo he tenido todo, no ha salido todo como yo deseaba, pero aún así he vivido lleno de esperanza y consuelo!” Los que le debemos esta actitud al conocimiento de la Doctrina, qué menos que loar al Maestro de los maestros, que nos ha enviado el consolador prometido para iluminar nuestras vidas.

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