Nuestra vida es siempre el resultado de aquello en lo que estamos frecuentemente pensando y expresando. Esto es una cuestión delicada porque, en verdad, nos exige tener que pensar antes en lo que vamos a pensar, toda vez que pensar significa crear de manera incondicional en un proceso dinámico de vida.

Nos apoyamos en André Luiz al definir el pensamiento como nuestra capacidad creadora en acción. Nos dice que “La idea forma la condición; la condición produce el efecto; el efecto crea el destino” (Pensar en Respuestas de la Vida, cap. 23).

Igualmente, Emmanuel nos expresa significativamente que “La energía mental es el fermento vivo que compone (…) asimila, desasimila, pulveriza o recompone la materia en todas las dimensiones” (En los círculos de la materia en Derrotero, cap. 5).

Desde esta perspectiva, observamos que la energía o materia mental es la sustancia de la que están hechos nuestros pensamientos. Por consiguiente, la base de cualquier actitud constructiva y correctora de nuestro destino, de lo que construimos en nuestra vida vendrá esencialmente de nuestros pensamientos y actos y de la coherencia entre ambos.

Si imaginamos nuestra existencia tal como nos gustaría que fuese, bajo un comportamiento direccionado hacia el bien colectivo, nuestra vida se convertiría en fuente de alegría en todos los sentidos. Elaborando nuestras ideas en este orden, vamos a comprobar que el tiempo nos traerá los mejores resultados y multiplicados, conforme a los esfuerzos bien intencionados que realizamos. Por el contrario, podemos afirmar, igualmente, que todas las desgracias en nuestra vida son resultado de los deseos mal direccionados o como consecuencia de aquellos, alentados por nuestra mente en desaliño o aún constreñida en su desarrollo.

El espiritismo, como bien definiera Allan Kardec, trata del origen, la naturaleza y el destino de los espíritus. El espíritu, desde su manifestación inicial, ejercita y desarrolla las facultades necesarias para la individuación de su conciencia elemental, así como para la elaboración de la materia elemental. Esto ocurre bajo la orientación de la Ley de amor (El Evangelio según el espiritismo, # 888). La materia elemental se transformará en fuerza y substancia, que son los componentes de la energía universal, por unión y expansión de las leyes de atracción y repulsión. Es la consecuencia de la cuestión 43 de El libro de los espíritus donde encontramos que “Al principio todo era caos, y los elementos estaban mezclados”. Del caos surgió el orden bajo la acción de estas leyes. Las obras de la Naturaleza –nos dirá Allan Kardecson el producto de fuerzas naturales que actúan de forma implícita a la ley inmanente, esto es, mecánicamente a consecuencia de las leyes de atracción y repulsión (Véase La Génesis, cap. 2, ítem 6).

Tratando de discernir esta realidad entendemos que la materia tangible es la fuente de la vida en toda la naturaleza a partir del reino mineral, encontrando en su base la energía. Y Joanna de Ángeles nos dirá “Que en su complejidad, la energía, que es vida, se constituye del Psiquismo divino” (Complejidades de la energía en Autodescubrimiento, cap.1).

Si buscamos vislumbrar la esencia de esa energía, desde La fuente que la genera, encontramos el Verbo divino, la Voluntad divina expresándose en forma de Pensamiento: ¡hágase la luz! Y el Psiquismo divino se condensó y materializó en esa energía primordial. Podemos decir que, en ese instante, la luz representa el Pensamiento y la Voluntad divina: “En el principio era el Verbo y el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” ( Juan, 1:14).

Pietro Ubaldi definirá este pensamiento cuando nos presenta la creación de la materia primitiva de la que surge el espíritu. Expresa que: “Al principio había el movimiento y el movimiento se concentró en la materia; de la materia nació la energía y de la energía emergerá el espíritu” (Estudio de la fase: energía en La Gran síntesis, cap. 46).

Apoyándonos en estas ideas y, específicamente en Evolución en dos mundos de André Luiz (véase Fluido cósmico: fuerzas atómicas, cap. 1), vemos que el instante que antecede al nacimiento del espíritu –la mónada primitivaes semejante al caos del origen cósmico que hemos reseñado. Los elementos aún se encontraban dispersos, aguardando la orden de cohesión –hágase la luzy el fascículo de luz, de energía cósmica se condensó. He aquí nuestro origen, la vida en nosotros. En el cosmos todo es relación y expansión, del polvo cósmico a los más elevados astros; todo se encadena, todo evoluciona. En este sentido ya fuimos la sal de la tierra y seremos la luz del mundo, como nos advirtió el Maestro.

Esta trayectoria ascendente se vislumbra a partir de la cuestión 23 de El libro de los espíritus donde se hace evidente que el espíritu es el estado germinal del Espíritu, con “E” mayúscula, del ser inteligente (la cuestión 540 y 560 complementan la idea). Ese elemento primitivo estaba en algún lugar en ese caos. Cuando fue accionado por la voz del Arquitecto cósmico (la acción de su magnánima Voluntad) su Pensamiento se exteriorizó y tomó la forma de fascículos de luz (mónadas), que se transformaron en ondas y se expandieron en el océano de Su inmenso Amor, la Causa primaria de todas las cosas. El proceso de esa elaboración la encontramos en Evolución en dos mundos, capítulo 4 que correlacionamos con lo expresado en la cuestión 888 del Evangelio según el espiritismo, donde vemos que la fuerza de atracción es la ley de amor para los elementos inorgánicos; el amor es la ley de atracción para la materia orgánica, en mis palabra.

Herminio C. Miranda lo esclarece de forma explícita: “(…) El cosmos es pensamiento divino y, por lo tanto, cosa viva, inteligente, consciente y dentro de este contexto de inteligencia, en la que todo vive y se mueve, surgen pequeños núcleos individualizados a los que llamamos de espíritus o entidades espirituales” (Cerebro y mente en Alquimia de la mente, cap. 4, ítem 6). Y aunque aún no estemos en condiciones de dirimir tal horizonte, el universo puede ser definido como una sucesión de vidas concatenadas con la Gran vida. En definitiva, pensamos dentro del pensamiento del Creador. Por eso podemos decir que Dios está en nosotros y nosotros en Él. El proceso de individuación del espíritu es largo y meticuloso y le es imprescindible adquirir la sabiduría diseminada en el Cosmos. Para ello es preciso la unión del espíritu y la materia, como indica la cuestión 25 de El libro de los espíritus.

El principio inteligente individualizado, en su forma primaria, auxilia a la materia primordial de forma activa. Ésta, a su vez, respondiendo a su orientación se transforma en agente e intermediario del cual se sirve, aprovechando la experiencia adquirida. Al mismo tiempo ejerce una acción sobre esa materia, buscando intelectualizarla. Podemos decir que terminamos integrándola en un proceso continuo de asimilación, transformación y expansión. Esto estaría conforme a la idea de que la evolución es un proceso de progresiva concienciación, compatible con aquel insight de Emmanuel, según el cual la inteligencia duerme en la piedra, siente en la planta, sueña en el animal y despierta en el ser humano (Ibídem, cap. 4, ítem 6).

El Espíritu Emmanuel lo expresará en consonancia con el avance científico de hoy. Dirá que “El pensamiento es el generador de los infra corpúsculos o de las líneas de fuerza del mundo subatómico, creador de las corrientes del bien o del mal, de grandeza o decadencia, de vida o muerte, según la voluntad que lo exterioriza y dirige” (Renovación en Derrotero, cap. 30).

De esta forma, la energía (vital) se constituye del Psiquismo divino que, en su proceso de transformación, se torna un complejo altamente organizado. Se trata, según Pietro Ubaldi, de una esencia que se manifiesta por el movimiento, se condensa y da origen a la materia primitiva (substancia primaria). La materia se transformará en energía (éter cósmico) de la que emergerá el espíritu, base estructural de la energía universal (fluido universal) y del principio vital (éter físico) que, siguiendo la línea ascensional, llegará a la condición de energía vital, energía que organiza y mantiene la vida en nuestro plano. ¿Dónde estaban los elementos orgánicos antes de la formación de la Tierra –preguntaría Allan Kardec? Y los Instructores superiores revelaron que “En el espacio, en estado de fluido”.

Esta argumentación está en perfecta consonancia con las informaciones de Léon Denis (léase Dení). Dirá Denis: “Un fluido más sutil que el éter, emana del pensamiento del creador. Este fluido, demasiado quintaesenciado para ser apreciado por nuestra comprensión, se vuelve éter por fuerza de combinaciones sucesivas. Del éter han surgido todas las formas graduales de la materia y de la vida” (Las leyes universales en El gran enigma, cap. 6). La substancia derivada del Psiquismo divino resulta de la acción más sensible en Dios, sin la cual no existe la manifestación de la vida. Por tanto, esa energía se condensa y crea, en un proceso dinámico de desarrollo, todas las formas de vida en la estructura de la energía universal. Dará origen a las formas materiales de las que derivan todos los reinos, después compone los elementos constitutivos de los principios vitales. Estos ascenderán en su proceso de espiritualización y formarán las substancias del mundo espiritual a partir de la materia psi, en el que se tornarán después de cumplir las etapas concernientes al reino hominal (véase la cuestión 540 y 560 de El libro de los espíritus). Así dirá también el Espíritu André Luiz que la materia, congregando millones de vidas embrionarias, es también la condensación de la energía, atendida por los imperativos del yo que preside su destino. Esos elementos infinitesimales, después de sus experiencias en el universo de los fluidos y transformados en principios vitales, elementos básicos de la vida, se dedican a la edificación de su conciencia por medio de repeticiones incontables (metamorfosis graduales) en el mundo de las formas tangibles. Y bajo nuevos grados y experiencias se transformarán en instintos, sensaciones, emociones y sentimientos, como partes integrantes de las virtudes en desarrollo. Toda esta trayectoria es fruto del amor, la chispa divina en nosotros, ya que el amor, expresión sublime del sentimiento, es la excelsa meta en nuestro mundo.

Finalmente, expresará Léon Denis que “Todo se liga y encadena en el universo. Todo está regulado por la ley del número, de la medida, de la armonía. Las manifestaciones más elevadas de la energía confinan con la inteligencia. La fuerza se transforma en atracción; la atracción se hace amor. Todo se resume en un poder único y primordial, motor eterno y universal, al que se le ha dado diversos nombres pero no es más que el Pensamiento, la Voluntad divina” (El gran enigma, Parte I, cap. 2).

En el Espíritu, la voluntad representa su esencia conciencial y los pensamientos, junto con los demás potenciales, son fragmentos o emanaciones de la misma. Los pensamientos son los arquitectos que elaboran todas las acciones de la conciencia en el laboratorio mental, orientados por los demás colaboradores. En fin, los pensamientos son las representaciones de la voluntad conjunta de todos los potenciales del ser en acción.

“Sabéis hoy –nos dirá André Luizque en la propia ciencia humana el átomo ya no es el elemento indivisible de la materia (…) que antes de él se encuentran las líneas de fuerza, aglutinando los principios subatómicos y que antes de estos principios, surge la vida mental determinante (…) y terminará diciendo: todo es espíritu en el santuario de la Naturaleza. Modifiquemos el pensamiento y todo se modificará con él”.

Todo este fluido vivo que usamos y que, en su pureza plena, graba nuestras emociones es el vehículo de nuestros pensamientos. Sin embargo, es ciegamente obediente a las leyes universales. ¡He ahí la fuente de nuestros males en la vida: no ser obedientes a la ley divina!

Nuestros pensamientos y sentimientos se graban en esta energía divina que toma cuerpo mental, a través de los centros de fuerza y pasan a construir nuestra vida, según aquello que somos, que es lo que reflejamos y por lo que responderemos, por otra parte. Nuestra mente es un núcleo de fuerzas inteligentes generando plasma sutil que ofrece recursos de objetividad a las figuras de nuestra imaginación, ¡vida!, bajo el comando de nuestros propios designios.

En síntesis: la fuente generadora de todo lo que existe es el Psiquismo divino, la exteriorización de la Voluntad y del Pensamiento de Dios. De esas dos fuerzas síntesis exteriorizadas nace la materia primitiva. De ésta emerge el espíritu –principio inteligente del universoque desarrolla la inteligencia, uno de sus principales atributos. En palabras de Léon Denis: “El primer problema que acontece al pensamiento es el del propio pensamiento o, antes bien, el del ser pensante. Esto es un asunto capital que domina a todos los demás y cuya solución nos reconduce a los propios orígenes de la vida” (El problema del ser y del destino, cap. 3).

Al final, ¿qué es el pensamiento? Y, ¿qué es la vida? ¿Cuál es el verdadero origen y la relación de estos elementos? Por qué razón nos interesa conocer todo esto?

“No ignoramos que el universo –nos dice Áulusal extenderse hacia el infinito con miles de millones de soles es la exteriorización del Pensamiento divino, de cuya esencia participamos en nuestra condición de rayos conscientes de la Sabiduría eterna dentro de los límites de nuestras evolución espiritual. De la superestructura de los astros a la infraestructura subatómica todo está sumergido en la substancia viva de la Mente de Dios, como los peces y las plantas acuáticas están contenidas en el inmenso océano” (En los dominios de la mediumnidad, cap. 1). Si los Espíritus, es decir, todos nosotros, somos rayos conscientes de la Sabiduría eterna, consecuentemente somos dioses. Así que, cuando creamos, seres pensantes que somos, ¿qué es lo que se exterioriza realmente por medio de nuestro pensamiento? ¿El espíritu tiene o no tiene el poder de construir y reconstruir su universo, su realidad psicofísica y espiritual? Y, ¿lo que está fuera difiere de lo que está dentro, si es que hay adentro?

Por consiguiente, pensemos en la verdad que creemos; sintamos esa verdad que estamos pensando; hablemos de la verdad que estamos sintiendo; pero sobre todo, seamos la verdad que estamos diciendo. Porque en la doctrina espírita pensar es seguir a Jesús, y quien encuentra a Jesús, en sí mismo, descubre el más valioso tesoro para la vida

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