Es de una grandísima responsabilidad hablar de reuniones mediúmnicas, hablar de mediumnidad, hablar de Espiritismo, sin hablar de Jesús.

León Denis, en su obra Después de la Muerte, dice lo siguiente: “la verdad se asemeja a las gotas de agua temblorosas en el borde de una rama que mientras están suspendidas, brillan como diamantes puros bajo el esplendor del cielo pero que cuando tocan el suelo se mezclan con todas las impurezas de la tierra. Todo lo que viene de lo alto se corrompe al contacto con el suelo (…) Así que, en todas las religiones el error, fruto de la tierra, se mezcla con la verdad, que es el bien de los cielos.“

Por lo tanto, la VERDAD que recibimos, que hemos recibido a lo largo de los siglos, a través de distintos Espíritus, mentores, maestros, se ha visto comprometida por las pasiones, los deseos, las miserias morales que aún hacen parte de los paisajes interiores del alma humana, generando una amalgama de confusión que ha impedido que podamos discernir con claridad, lo que ha tenido como consecuencia dolor, sufrimiento, conmoción.

La mediumnidad con Jesús es esa que nos invita a la reforma íntima, a la caridad, al perdón, pues esos espíritus, que acuden a nuestras mesas no son ni más ni menos que los hombres y mujeres que poblaron la tierra transferidos a otro plano tras el proceso que llamamos muerte.

Así, las reuniones mediumnicas se convierten en ese espacio en el que los espíritus mentores vienen a orientarnos, a guiarnos, a recordarnos nuestras responsabilidades. Mientras el gran objetivo de cualquier reunión mediumnica, son los espíritus sufrientes y obsesores, que nos muestran las consecuencias que la falta de responsabilidad, la negación del amor y el triunfo del egoísmo tienen para cada uno de nosotros.

¿Quiénes serían pues estos espíritus obsesores, sufrientes…?

Recordemos a Allan Kardec, quien un día se hallaba preparando las cuestiones que presentaría a la espiritualidad cuando estaba trabajando en el Libro de los Espíritus. Kardec preparaba con inmenso cariño las preguntas y solicitaba siempre la orientación de los Espíritus Superiores para que estas fueran oportunas, adecuadas.

Un día tuvo un sueño. Se veía en una zona densa, oscura, acompañado de su guía espiritual. En aquella zona se escuchaban terribles lamentos, gemidos y lloros. Kardec, invadido una inmensa piedad, interpeló a su guía:

- ¿Quiénes son? ¿Son acaso aquellos que traicionaron al Maestro y le llevaron al sacrificio, a la crucifixión? -su guía, le miró negando con la cabeza.

- ¿Son entonces aquellos grandes tiranos crueles que provocaron guerras? tampocodijo su guía.

- Pero, entonces, ¿quiénes son ellos? – Son espíritus que conocían la verdad, que tenían conciencia del bien y del mal, que usaron sus conocimientos y saberes religiosos para su ganancia personal, para satisfacción Aquellos que sabían, que conocían, pero que no aprovecharon las lecciones evangélicas.

Kardec, entonces, hizo esta pregunta en el Libro de los Espíritus:

Preg. 642. ¿Basta con no hacer el mal para ser grato a Dios y asegurarse tal situación en el porvenir?

- Hay que realizar el bien, dentro del límite de las propias fuerzas. Porque cada cual responderá de todo el mal que haya hecho a causa del bien que no realizó.

Este es pues el punto clave para que no nos convirtamos en esos espíritus sufrientes en las reuniones mediúmnicas. Los espiritistas tenemos el conocimiento, la información, la oportunidad de integrar y vivenciar las enseñanzas morales.

Pero, ¿qué estamos haciendo con este conocimiento? ¿qué estamos haciendo con esta oportunidad de vida?

Encontramos una frase de Pedro que ha de animarnos a comprender la necesidad de poner en práctica la doctrina predicada por Jesús: “Y, sobre todo, tened entre vosotros mucho amor, porque el amor cubrirá multitud de pecados.” En este mismo sentido el noble espíritu Joanna de Ângelis nos dice: “El bien que hoy se hace borra el mal que ayer se hizo.”

Todos tenemos la posibilidad, la oportunidad que nos ofrece la reencarnación para comenzar de nuevo. Dios es paciente con nosotros.

Cada día nos ofrece al despertar un gran regalo, envuelto en un lindo papel, que contiene 24 horas, que debemos usar para combatir el hombre viejo que hay en nosotros, extirpando el egoísmo y el orgullo, verdaderos cánceres morales, aprendiendo los verdaderos valores y , sobre todo, poniéndolos en práctica en nuestras relaciones, con nuestros familiares, amigos, en definitiva, con el prójimo.

Ser espírita es una gran responsabilidad porque no podemos alegar ignorancia: sabemos, conocemos, tenemos conciencia…

El espírita sin fe es como una vela apagada en el altar de la FE. El espírita sin obras es como una vela apagada en el altar de la FE

Podemos conocer, estudiar las Obras de básicas de la Codificación, podemos hablar, predicar, pero si no hay amor, renuncia, y acción, de nada nos sirve.

Jesús  encarnó  hace  dos  mil  años  para  enseñarnos la senda correcta, el Espíritu de la Verdad, vino a recordarnos, hace ya casi 160 años, que caminábamos errados y trajo informaciones nuevas.

Hoy se nos exige un paso más.

Estamos ante la gran transición y Jesús necesita trabajadores comprometidos para trabajar en la evolución del planeta.

Tal y como se anuncia en el capítulo XVII del Génesis, estamos recibiendo la llegada de espíritus que vienen a trabajar para la evolución de nuestro mundo. Espíritus más amorosos, justos, sabios, espíritus de gran evolución moral.

Nosotros tenemos que trabajar para no seguir cometiendo los mismos errores, los errores que han cometido aquellos espíritus que atraemos para las reuniones mediúmnicas.

Cada uno de nosotros ha de preguntarse en la soledad de sus meditaciones:

¿queremos ser parte de estos espíritus sufridores o del equipo de trabajadores convocados por Jesús para mejorar el planeta?

Tenemos delante una gran responsabilidad y el futuro depende de nosotros.

La respuesta es nuestra…

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