La primera vez que en la Doctrina Espírita aparece el concepto de periespíritu es en la respuesta a la cuestión nº 93 del Libro de los Espíritus, donde estos nos informan de que “El Espíritu está revestido de una substancia vaporosa para ti, pero muy grosera aún para nosotros”.

 Allan Kardec, en el comentario que sigue a esta respuesta, nombra periespíritu a esa envoltura que reviste al Espíritu. Más adelante, en la cuestión nº 135, Kardec completa mínimamente ese primer concepto diciendo que “El periespíritu es el principio intermediario, substancia semimaterial, que sirve de  envoltura  primera al Espíritu y une el alma al cuerpo”.

 De esa primera y simple, pero tan esencial y acertada información de Kardec, se derivan muchas, importantísimas y vitales consecuencias y hechos. Uno de los principales es la función del periespíritu como modelo organizador y la influencia  determinante que ejerce en la formación del nuevo cuerpo físico que ha de servir como  instrumento al  Espíritu en  su nueva reencarnación, actuando sobre la materia orgánica, provocando el desenvolvimiento biológico.

 

Este hecho es avalado por diferentes experimentos realizados desde hace tiempo por muchos científicos de variados países, que les lleva a presuponer la existencia de una especie de matriz, de padrón organizador, invisible, que es inherente a los seres vivos y que dirige el desenvolvimiento de la vida. Sin duda, están refiriéndose, sin saberlo, al periespíritu.

En los procesos reencarnatorios intervienen y coexisten, entre otros, una serie de factores esenciales para la formación del nuevo cuerpo físico:

  • Leyes físicas y naturales de la herencia y de la genética, según la cuales los padres van a transmitir al hijo, al Espíritu, por vía hereditaria, los materiales necesarios para que construya su nueva vestimenta física.
  • La situación y el estado mental del Espíritu reencarnante, superior o inferior, equilibrado o desequilibrado, que lo va a proyectar, inevitablemente, sobre los genes y las células en formación, influenciando el desarrollo del
  • Los ascendentes de orden espiritual, en el que Instructores de la Espiritualidad pueden interferir, profundamente, en el encaminamiento de la reencarnación.
  • El periespíritu, funcionando como molde y modelo organizador biológico por excelencia, que va a estructurar y a orientar la formación de ese cuerpo físico según su fuerza organizadora, sus impulsos propios y las marcas que lleve impresas y re

 En el proceso reencarnatorio, antes de la fecundación del óvulo por un espermatozoide, el Espíritu reencarnante va entrando en un contacto cada vez más directo con la futura madre, en el que se origina una creciente interpenetración fluídica y energética  entre ambos, que pasa a estrecharse progresivamente hasta alcanzar y fijarse a ese óvulo materno que ha de ser fecundado, quedando este óvulo totalmente impregnado y magnetizado por los efluvios periespirituales y por las vibraciones propias que transmite el Espíritu.

De esta manera, el óvulo en vías de ser fecundado permanece irradiando y reflejando las características particulares del Espíritu y, como un espejo, retrata fielmente su imagen energética, que es lo que servirá para seleccionar y atraer, entre tantos millones, al espermatozoide que ha de fecundarlo, que será aquél que contenga los genes que, por sintonía y afinidad, más se ajuste a las expresiones energéticas del Espíritu, a su realidad periespiritual, a sus necesidades y a su situación real, que ya se encuentra perfectamente marcada y definida en el óvulo posibilitando, de esta manera, la formación de un organismo adecuado al cumplimiento del proyecto reencarnatorio en curso.

 El propio Kardec nos informa de que en la reencarnación “el periespíritu se une molécula a molécula con el cuerpo que se forma” (La Génesis, cap. XI ítem 18).

 Por tanto, en el momento de la fecundación, el Espíritu, a través de su organismo fluídico, que es el periespíritu, se une a esa primera célula resultante de la unión entre el espermatozoide y el óvulo donde, a medida que el embrión se va desenvolviendo y multiplicando el número de células, el cuerpo espiritual del Espíritu se prende, cada vez más, a las moléculas del cuerpo físico en formación, funcionando como vigoroso modelo organizador, como el molde regulador, como el diseño previo que orienta, con sus impulsos propios, la confección del nuevo cuerpo físico, aglutinando sobre sí los recursos que recibe por vía hereditaria de sus padres, dando forma consistente a su nuevo cuerpo físico, de modo que las marcas, señales o defectos registrados en el periespíritu aparecen en el nuevo ser reencarnado.

 Es decir, que el periespíritu dirige el desarrollo embrionario ya a partir del momento inicial de la fecundación, ligándose y enraizándose a la intimidad de la red genética, actuando sobre el ADN y pasando a influir en todo el proceso de la división celular.

 En esa situación el periespíritu transfiere las condiciones espirituales hacia el embrión en desenvolvimiento, retratando las condiciones del Espíritu, donde las moléculas del molde periespiritual son capaces de alterar las propiedades específicas de las moléculas de la materia transmitidas por el código genético, plasmando todos sus detalles y registros particulares, actuando e influenciando en la formación de los correspondientes órganos del nuevo cuerpo físico.

 A partir de esa realidad pasa a tener sentido, por ejemplo, las malformaciones embrionarias o las afecciones congénitas complejas, como consecuencia de la presencia del Espíritu, con su periespíritu lesionado, emitiendo irradiaciones vibratorias desequilibradas en una faja disonante, consecuencia de los errores y excesos cometidos por el Espíritu, porque un periespíritu perjudicado y dañado, siendo como es el molde sobre el que se ha de formar el nuevo cuerpo físico, no tiene fuerzas vibratorias para modelarlo correctamente, especialmente en aquella parte del organismo físico que corresponde a la parte del organismo periespiritual directamente afectada, toda vez que la forma defectuosa del periespíritu no es capaz de producir una forma armoniosa en su manifestación física, materializando en la carne los mismas lesiones periespirituales, dando como resultado un cuerpo físico “enfermo o con algún defecto”.

 Se comprueba y reafirma, de este modo, la compleja y extraordinaria interrelación e interacción que existe ente Espíritu, periespíritu y cuerpo material, en un proceso incesante de acción y reacción, determinando entre sí los estados de salud o de enfermedad atendiendo a las necesidades y conquistas del Espíritu.

 Se unen y compaginan, de esta manera, los conceptos de Genética Humana y de Herencia Espiritual:

 Por un lado, la Genética Humana, que viene dada por las informaciones que transmiten el  espermatozoide paterno y el óvulo materno, que determina, en líneas generales, los rasgos físicos del nuevo ser. Rasgos físicos que pertenecen al cuerpo, presentando semejanza entre padres e hijos porque “lo que es de la carne, carne es”, recordando el concepto evangélico.

Y, por otro lado, la Herencia Espiritual, inherente ropio individuo, que es el resultado de sus adquisiciones en innumerables etapas reencarnatorias y la que nos enseña que, por encima de todo, el Espíritu es heredero de sí mismo, de todo su pasado, de sus conquistas, de sus obras, de sus merecimientos y de sus necesidades, donde el Espíritu, dueño de las conquistas logradas y esclavo de los errores cometidos, va a recibir el cuerpo físico adecuado para los trabajos y las actividades que ha de cumplir en su próxima vida corporal, con vistas a la continuidad de su evolución, para que pueda enfrentar las circunstancias y situaciones, favorables o no, pero que son las necesarias para los trabajos y el aprendizaje que le aguarda en su nueva reencarnación.

 

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