Érase una vez que se era… hace mucho, mucho tiempo atrás... sucedió un acontecimiento muy importante para todos nosotros. 

Eran los primeros días de otoño y los árboles empezaban a perder sus hojitas, mientras una suave y dorada luz envolvía el paisaje. La ciudad de Lyon, en Francia, lucía hermosa y fue allí que aquel 3 de octubre de 1804, abriría sus ojitos al mundo un niño muy especial. Sus papás, como todos los papás del mundo, estaban llenos de alegría y recibieron a ese bebe con mucho amor. 

Fue así que decidieron llamarle Hippolyte Léon Denizard Rivail, un nombre difícil porque él era francés. 

Hippolyte era un niño educado, inteligente y bueno, y también muy curioso, le encantaba jugar y observar todas las cosas que le rodeaban.

Sus padres se dieron cuenta enseguida de que Hippolyte tenía muchas cualidades y decidieron enviarle a una de las escuelas más fabulosas de su época, asi que los diez años de edad lo enviaron a Suiza, a la ciudad de Yverdun, en la que un maestro llamado Pestalozzi dirigía un instituto con un método muy especial de aprendizaje basado en la observación, la experimentación y en el descubrimiento y potenciación de las cualidades lindas que todos tenemos.

Era la escuela de la fraternidad, que cuidaba de que los niños y los jóvenes se convirtieran en hombres responsables y útiles a la sociedad. 

Hippolyte conoció allí a muchos, muchos niños y, muy pronto, se hizo amigo de todos, ayudando siempre a los que les costaba un poquito más aprender. 

Fue así que se convirtió en un gran profesor. Entre otras cosas aprendió y lenguas, además del francés, su lengua natal. 

Cuando se fue a vivir a la ciudad de Paris, capital de Francia, empezó a enseñar en su casa, gratuitamente a muchos jóvenes que no tenían condiciones de pagar una escuela. 

Ahora sería conocido como el profesor Rivail. 

Alrededor del año de 1831, se dio un episodio feliz en su vida. Conoció a Amélie Gabrielle Boudet, una linda profesora, como él, con la que se casó un año más tarde. 

Ambos trabajaban muchísimo porque, entre otros quehaceres, él escribía libros de estudio para las escuelas. De esta forma se hizo un hombre conocido y respetado. 

Un buen día, cuando ya había cumplido 50 años de edad, se encontró a un buen amigo. Conversando con él, este le contó un misterio que venía ocurriendo en la ciudad. Muy interesado en desvelar de qué se trataba, escucho a su amigo con mucha atención:

  • Asisto a unas reuniones semanales en la que los objetos se mueven y las mesas hablan. 

El profesor Rivail, se quedó perplejo... acostumbrado al estudio, a la investigación, lo encontró muy extraño, pero después de que el amigo insistiera mucho, decidió asistir él mismo a una de esas reuniones. 

Allí, vio por primera vez el fenómeno de las mesas que se movían solas. Objetos diversos como vasos, flores y sombreros se movían en el aire, sin ninguna ayuda. Era todo muy extraño, a la vez que maravilloso.

Después de asistir a estas reuniones y observar con atención lo que sucedía, el profesor se quedó pensando que, si no eran las personas que se encontraban reunidas, las causantes de aquello, debía haber alguna causa oculta que produjera este fenómeno. Así que, decidió ponerse a estudiar e investigar para desvelar este misterio dispuesto a descubrir lo que había detrás de todo aquello.

Para hablar con la mesa, había un método especial. Cuando la mesa daba un golpe, con uno de los pies, quería decir no, dos golpes, si. Después se fabricó un alfabeto con un golpe para la primera letra del alfabeto, dos para la segunda y así en adelante. Más tarde, para hacerlo más rápido, alguien iba diciendo las letras del alfabeto en voz alta y la mesa, con un golpe, señalaba la letra deseada. Por medio de tales golpes, se podía establecer una conversación con la mesa, obteniendo respuestas a preguntas.

Fue así que, cuando Rivail preguntó qué quién movía la mesa, y para su sorpresa recibió la siguiente respuesta:

  • ¡¡¡Somos los espíritus!!!
  • ¿Los espíritus?- ¿Cómo es posible?¿Qué significaba este magnífico descubrimiento?

Continuando con el diálogo a través de los golpes, los espíritus informaron que no eran sino las almas de los hombres que ya habían dejado el cuerpo físico. Y una cosa muy importante: ¡que no eran fantasmas! Tan sólo que no tenía el cuerpo físico. Es decir, que como se dice de manera vulgar, habían muerto.

Fue así que el profesor Rivail supo que las personas, al morir, continúan viviendo, solo que con otro cuerpo y que podían comunicarse gracias a la colaboración de algunas personas llamadas médiums.

También le dijeron que él ya había vivido otras veces y en una de sus vidas anteriores se llamó Allan Kardec.

Fue una revelación magnífica: ¡no morimos!¡la vida continúa después de la muerte!¡somos espíritus inmortales!

Comprendiendo que tenía que compartir estas maravillosas noticias con todo el mundo siguió trabajando, investigando, haciendo preguntas, anotando las respuestas, volviendo a preguntar, anotándolo todo, comparando, estudiando… hasta que el profesor Rivail reunió todas las enseñanzas dadas por los espíritus en un libro: “El Libro de los Espíritus”, que publicó el 18 de abril de 1857.

Como él era muy conocido por los libros que escribió como profesor, y no deseaba poner su nombre en una obra que no le pertenecía, ya que era la enseñanza de los espíritus, se puso el nombre de “Allan Kardec”, que es el nombre por el que nosotros le conocemos.

El Libro fue un éxito, todo el mundo en París quiso tener uno para leerlo y es así como, con el paso de los años, la Doctrina Espírita fue divulgada por el mundo entero y Allan Kardec escribió muchos libros más, muchos artículos que reunió en la Revista Espírita, dio muchas conferencias y dedicó toda su vida a esta hermosa doctrina.

El 31 de marzo de 1869, Allan Kardec, regresó a la Patria Espiritual, después de haber cumplido con su hermosa misión. 

Su esposa, Amelie, todavía vivió algunos años y continuó trabajando, hasta el día de su desencarnación, por la propagación de la Doctrina Espírita.

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