Al tratar el tema El adolescente, un espíritu en formación, y abrir espacio para la discusión del suicidio y su relación con el bulling, la Revista Espírita de la FEE contribuye a romper uno de los tabúes más resistentes en nuestra sociedad. Mientras avanzamos en el debate público y comprensión de temas como la homosexualidad y el divorcio, por ejemplo, el suicidio sigue cubierto de silencio, miedo y vergüenza.

Sin embargo, es la primera causa de muerte externa en España, duplicando las muertes en el tráfico, según datos del Instituto Nacional de Estadística. En 2017, los datos disponibles más recientes, hubo 3.679 fallecimientos por suicidio; 13 de ellos eran menores de 15 años y 273 tenían entre 15 y 29 años. No entran en las estadísticas los intentos de suicidio.

El suicidio es un fenómeno complejo que no tiene una única causa. Pese a ello, resultados de investigaciones detallan una importante asociación causal entre experiencias de bullying en la infancia y el posterior desarrollo de pensamientos y/o conductas autolesivas. En otras palabras, el bulling no es la única causa del suicidio, pero muchos suicidios son causados por el acoso entre iguales.

El término 'bullying' fue desarrollado en la década de 1970 para hacer referencia a una forma de maltrato, normalmente intencionado, que se da en el marco de la escuela entre un estudiante (o un grupo de estudiantes) hacia otro alumno que es considerado el blanco habitual de los ataques. De ahí que se le denomine acoso entre iguales. En el ámbito escolar el hostigamiento entre los estudiantes puede tomar diferentes formas: físico, verbal o social. El físico es probablemente el de más fácil identificación: suele dejar marcas que lo delatan y genera jaleo si se da en la misma escuela. El hostigamiento verbal se produce a través de ataques que buscan ridiculizar o difamar al acosado, y se traduce en el uso de motes, insultos, ofensas y rumores expresados oralmente o a través de las tecnologías de la comunicación. El hostigamiento social se da cuando el acosado es deliberada y sistemáticamente aislado y excluido de la convivencia en momentos como la formación de grupos de estudio, el deporte o en el patio. Todo esto nos suena demasiado, es demasiado frecuente, pese a los mejores y más sinceros esfuerzos de los educadores por que la escuela sea un ambiente de paz y aprendizaje.

La adolescencia es un momento clave en la existencia del espíritu encarnado. Es un momento de delimitación se su espacio individual, afirmación del ego y desarrollo más intenso de las facultades mentales y emocionales. La necesidad de pertenecer se intensifica, así como la de sentirse apreciado, incluido, tenido en consideración, valorado. Las escuelas e institutos son el escenario vivo donde las almas, se empiezan a descubrir a sí mismas, empiezan a exteriorizar de forma más intensa y dramática quiénes son, cada cual con su particular patrimonio de valores, arsenal de vicios y abanico de aspiraciones. Los encuentros y reencuentros que se producen en las escuelas e institutos, teniendo en cuenta la trayectoria inmortal del ser, son marcantes. Ahí se hacen amigos y enemigos, se luchan algunas de las batallas más reñidas y se viven experiencias que forjan el carácter. La verdad es que niños y adolescentes pasan más tiempo en las escuelas e institutos que con sus progenitores. Es innegable el papel de la escuela, con todos sus protagonistas, en la formación moral y emocional de las personas, más allá de la instrucción formal.

Los espiritistas sabemos que el suicidio es, como mínimo, una grave equivocación. El adolescente que se suicida  por haber sufrido acoso lo hace porque ya no tolera el dolor que le infligen y cree que  él mismo desaparecerá tras su muerte. Ambas cosas son falsas: el dolor no se va con el acto suicida y el ser no deja de existir. Somos espíritus inmortales, habitando temporalmente un cuerpo físico mientras aprendemos a amar. Podemos destruir nuestro cuerpo físico, pero no al espíritu que lo habita. Éste sufre las consecuencias de la interrupción voluntaria de la existencia física, siempre en proporción al conocimiento que poseía y según las circunstancias que lo impulsaron al acto terrible. Las consecuencias de un suicidio se pueden extender sobre diversas existencias físicas, traduciéndose en rasgos físicos (malformaciones) y sociales (timidez excesiva, fobias sociales) y psicológicos (tendencia a la depresión).

Tenemos que cuidar nuestra adolescencia, amar a nuestros adolescentes con más ahínco, ayudarles a encontrase con más paciencia, más tolerancia, más amor. Los adolescentes son un grupo muy vulnerable. En primer lugar, por lo general, no se les enseña a tener entereza ante el dolor. El dolor tiene una función en nuestra trayectoria existencial, pero en nuestra sociedad, el materialismo sólo enseña a los jóvenes cómo huir o despistar al dolor. De ahí que las adicciones a las drogas, los juegos y a la tecnología sean epidemias tan graves entre nuestros adolescentes, antesala de procesos depresivos y síntomas de enfermedades del alma. En segundo lugar, la fe en la que se le educa a los niños y jóvenes, si existe, es muchas veces titubeante, una fe que se derrumba ante las situaciones difíciles de la vida. En tercer lugar, a nuestros niños y adolescentes les falta muchísimo auto-amor, auto aceptación, aceptación de su propio cuerpo, de su condición social, de lo que trae al mundo físico para realizar el encargo del self: vivir, con alegría y en gratitud; vivir, con esperanza y humildad; vivir, dando lo mejor de sí y aceptando a los demás.

En el bulling aparentemente podemos identificar a los acosadores como verdugos y a los acosados como las víctimas. En una visión espírita, sin embargo, ¿qué vemos? Todos son espíritus en evolución, necesitados de fe, auto-amor y entereza ante el dolor. El acosador no es fuerte, sino el que ha aprendido a expresar su debilidad con violencia. ¿Dónde aprendió a hacerlo? ¿Quién le ha servido de modelo? El cómplice del  acosador tiene miedo a estar sólo, tiene miedo a ponerse del lado del acosado, aparentemente más débil y socialmente rechazado. ¿Quién le ha enseñado a este adolescente a depender tan profundamente de la aprobación exterior? ¿Quién ha silenciado la lección de la bienaventuranza en la persecución de los justos? En el mejor de los casos, el acosado puede aprender aquí mismo, en la adolescencia, lecciones sublimes. La humildad del pedido de ayuda a los padres y los profesores; el perdón de los ofensores. El acosado también puede tropezar ante la que tal vez sea la primera piedra en el camino de su existencia física, sintiéndose herido de por vida por sus compañeros de escuela o instituto. En el peor de los casos, el adolescente puede caer ante esta prueba, y posponer a través del suicidio, esta y muchas otras experiencias dolorosas a encarnaciones futuras. ¿Quién le habrá enseñado a gestionar las emociones? ¿Quién le habrá hecho creer que el cuerpo físico encierra las posibilidades del ser?

Todos somos responsables por cada adolescente con quien convivimos, personal o profesionalmente. Con nuestros pensamientos, palabras y actitudes educamos a las generaciones que vienen siguiendo nuestros pasos. A menudo nos preguntamos qué mundo les estamos dejando, pero cuándo nos preguntamos, ¿qué hijos le dejo al mundo? ¿Son capaces de soportar el dolor y la la vez conscientes de que no deben infringir dolor a los demás? ¿Cómo de titubeante será su fe si tiene la mía propia como ejemplo? ¿Le enseñé a amarse y a aceptarse a sí mismo con mi manera se ser y estar en el mundo? Cuando tenemos hijos, nos preocupamos por encontrar la mejor escuela para ellos. Tal vez la clave esté precisamente en preocuparnos por hacer mejores hijos para la escuela, para que ésta pueda definitivamente ser escenario de encuentros y reencuentros sanos y redentores, ricos en aprendizajes ennoblecedores.

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