Muchos de los que nos llamamos espíritas tenemos la suerte de poder acudir de manera asidua a algún centro. En estas escuelas que, muchas veces, se convierten en hogares espirituales, aprendemos conceptos sobre la muerte y el más allá, recibimos respuestas acerca de la vida, de las pruebas que suceden en ella y adquirimos las herramientas necesarias para comprender que nada pasa por casualidad, que todo forma parte de la evolución del ser humano, tan necesaria e importante. Cada semana asistimos a clase y desgranamos punto por punto, lección por lección, la maravillosa codificación que nos dejó el gran Allan Kardec, a quien le debemos nuestro mayor agradecimiento.

Todos somos conscientes de la importancia de adquirir estos conocimientos, que nos van a llevar a ser cada vez mejores personas y, como consecuencia, todo nuestro alrededor mejorará de la misma manera. Pero… ¿y nuestros niños? ¿También asisten al centro? Si no es así, deberían hacerlo. Si algo es bueno para nosotros, y el centro espírita lo es, mucho más para ellos. Veamos algunos motivos.

En “El Libro de los Espíritus”, en las preguntas 383/385, encontramos la razón por la cual es necesario volver a pasar por el estado de infancia. Al encarnarse el espíritu, con el fin de ir evolucionando, es más flexible y accesible a las impresiones que recibe y a los consejos de la experiencia de los que deben hacerles progresar. Entonces es cuando puede reformarse su carácter y reprimir sus malas inclinaciones ya que no debemos olvidar que, el niño es, antes que nada, un espíritu reencarnado, un alma que reanuda una nueva existencia, con sus defectos y sus virtudes, con sus experiencias pasadas y con una gran necesidad de aprendizaje, siendo el periodo infantil el más serio y propicio para la asimilación de los principios educativos.

En la obra “Los Misioneros de la Luz” André Luiz nos muestra una situación en la que queda contrastado que la etapa física reencarnacionista queda concluida alrededor de los siete años de edad, porque lo que hasta esa edad, el espíritu no está completamente acoplado al cuerpo físico y es exactamente por causa del estado de semi-consciencia del Espíritu encarnado en un cuerpo infantil, que sus barreras de defensa psíquica están neutralizadas siendo a través del proceso de olvido y renovación de la vida, que puede construir una nueva personalidad. Por todo esto, es más que obvio, que todas las herramientas que el espiritismo nos ofrece son esenciales para formar una base sólida a través de la cual, años después, cuando la vida vaya presentando las dificultades de cada uno en forma de pruebas y expiaciones, el niño, ya transformado en adulto será capaz de resolverlas de manera provechosa y positiva. 

Los padres tenemos un papel fundamental con respecto a nuestros hijos. En El Libro de los Espíritus, en la pregunta 208, encontramos: “¿No tiene influencia el espíritu de los padres en el del hijo, después de haber nacido este? …El espíritu de los padres tiene la misión de desarrollar, por medio de la educación, el de sus hijos, lo que les impone una tarea. Si falta en ella, se hace culpable.” Y es que los padres tenemos una gran responsabilidad para con nuestros pequeños, tenemos la obligación de ayudarles, de proporcionarles las herramientas necesarias para que poco a poco se conviertan en buenas personas, educándoles, siendo el ejemplo la mejor manera para ello. Pensemos que la experiencia de los padres sobre la adversidad, cuán dura o fácil es la vida, se transmite a los hijos a través del comportamiento cotidiano y las impresiones positivas o negativas que el niño recibe durante la infancia, pueden ser determinantes en su existencia actual e incluso en próximas vidas. Debemos estar vigilantes, puesto que somos responsables de lo que les trasmitimos y enseñamos.

En este sentido, el centro espírita nos brinda una gran ayuda puesto que allí aprendemos que la meta de todo espírita debe ser elevar, transformar, despertar conciencias, contribuyendo al cambio y mejora interna de todos los hombres. En este sentido hay una doble responsabilidad, por un lado, nosotros debemos asistir al centro con nuestros hijos, puesto que, si los niños y jóvenes acuden al centro espírita, haremos adultos con menos problemas gracias a las enseñanzas que el Espiritismo nos ofrece y, en consecuencia, habrá menos espíritus sufrientes, encarnados y desencarnados. Por otro lado, Joanna de Angelis, a través de la Mediumnidad de Divaldo Franco, nos dice que “la Educación Espírita Infanto-juvenil es una de las primeras actividades que deben ser iniciadas como base para la construcción moral de un mundo nuevo” El centro espírita, por lo tanto, debe poner todo de su parte para que esta actividad tan importante y fundamental se pueda llevar a cabo y es que educar a los niños y jóvenes es una labor que nos compete a todos. Al principio puede parecer una actividad complicada, pero en realidad, no lleva más trabajo del que nos pueda dar preparar una clase para adultos. Lo más importante es tener una buena base doctrinaria, para no transmitir ningún tipo de errores, y muchas ganas de trabajar, entusiasmo y querer devolver, en cierta manera, un poquito de todo lo que el espiritismo nos da… qué mejor manera que trabajar por nuestro futuro, los niños y jóvenes, lo mejor del mundo.

Me gustaría terminar este pequeño artículo con las sabias palabras de Allan Kardec, con las que concuerdo totalmente: “... La educación, convenientemente entendida, es la llave del progreso moral...”

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