El concepto de libre albedrío  está tratado en El libro de los Espíritus en las cuestiónes de 843 a 850, donde los Espíritus superiores dejan claro que teniendo el hombre libertad de pensar dispone asimismo de la libertad de actuar. 

Gozan los Espíritus de esta libertad de obrar tan pronto como adquieren la voluntad de hacer. Cuando se encuentran en la etapa infantil los pensamientos se expresan  conforme  a las necesidades propias de la edad, aplicando el niño su libre albedrío a las cosas que necesita. Según pasa el tiempo, con el desarrollo de las facultades, la libertad se desarrolla y cambia de objeto.

Así cuando una persona decide hacer o dejar de hacer algo, su conciencia, siempre alerta, aprueba o censura los sentimientos, pensamientos y acciones. Aún así, el ser siempre hace lo que es decidido por su voluntad. El Espiritismo aclara que los Espíritus somos responsables de lo que realizamos y de la construcción de nuestros destinos. El libro albedrío es pues la facultad que tiene el individuo de determinar su propia conducta sea como Espíritu en el mundo espiritual, sea como encarnado en la Tierra u otros planetas.

Las predisposiciones instintivas que el hombre trae consigo al nacer son las que el Espíritu acumuló en otras experiencias antes de la actual encarnación, siempre atendiendo a las necesidades de su evolución. Exceptuando el caso de las reencarnaciones compulsorias, en las que el Espíritu no tiene condiciones de opinar al respecto de su planeamiento reencarnatorio,  los que ya han alcanzado cierto nivel de consciencia y desarrollo intelecto-moral, le es dada la posibilidad de escoger la familia, el medio social, es decir, todo lo más importante que va a experimentar en la siguiente encarnación, teniendo conocimiento  de antemano de cuales serán las pruebas que le aguarden. No obstante, comprenden, igualmente, sus necesidad a fin de desarrollar las cualidades, pulir los defectos, y despojarse tanto de preconceptos como de  vicios.

Con relación a la ley de causa y efecto, explica el Espiritismo, que toda falta cometida, todo mal realizado es una deuda contraída que deberá ser sufragada; si no lo fuera en una existencia, lo será en la siguiente o siguientes, porque todas las existencias son solidarias entre sí. Sin embargo, aclara que no todos los sufrimientos que padecemos en la Tierra son el indicio de faltas en el pasado. Con frecuencia podrá tratarse de pruebas escogidas por el Espíritu para concluir su depuración y apresurar su progreso. 

León Denis, en el libro El Problema del Ser, del Destino y del Dolor, define la libertad como la condición necesaria al alma humana, sin ella, no podría construir su destino. La libertad y la responsabilidad son correlativas en el ser y aumentan con su elevación. Es la responsabilidad del hombre que hace su dignidad y moralidad.

Y en Obras Póstumas, Allan Kardec, en apartado con el título Libertad, Igualdad y Fraternidad, aclara que esas tres palabras constituyen por sí solas el programa de todo un orden social que realizaría el progreso más absoluto de la humanidad, si los principios que las mismas representan pudieran recibir entera aplicación.

Las vicisitudes, luchas y dificultades que el Espíritu enfrenta, no constituyen una fatalidad. Ésta solo existe por la elección que ha hecho el Espíritu ante su vuelta a la carne. Al escoger las pruebas físicas, se traza una línea que es consecuencia misma de la situación en la que se encontraba. En lo referente a las pruebas morales y a las tentaciones que se afronten, el Espíritu al conservar su libre albedrío respecto del bien y del mal, es siempre dueño de ceder o resistir. 

La ley de justicia se revela en las menores particularidades de la existencia. El destino del ser no es más que el desarrollo, a través de las edades, de la larga serie de causas y efectos generados por sus actos. 

Nuestro Padre permite, por medio del libre albedrío, la libertad y la responsabilidad de tomar nuestras propias decisiones, de practicar el bien o el mal; no obstante, a partir del momento en que decidimos qué hacer, nuestra  acción generará una reacción característica, cosechada del fruto que un día decidimos sembrar.

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