El Espiritismo se fundamenta en la idea de la existencia de Dios, esto es, en la representación de un ser omnisciente, omnipotente y omnipresente. Causa sui, Arquitecto cósmico de todas las formas y de todos los seres.

Los Espíritus superiores definieron a Dios sin limitarlo cuando, tras la pregunta de Allan Kardec (¿Qué es Dios?), nos enunciaron que es la “Inteligencia suprema, causa primera de todas las cosas”. Es decir: que por encima de todo lo existente en el universo (seres, mundos y cosas), se encuentra Dios, Creador de todo y de todos; el Padre amoroso, como nos descubrió Jesús, modelo y guía de la humanidad.

Todos nosotros, seres medianos en el proceso evolutivo, encontramos serias dificultades para percibir la esencia de Dios. De hecho, no podemos descubrirla, puesto que nos falta un sentido por mor del grado de evolución en que nos encontramos en el planeta Tierra.

No obstante, Allan Kardec con el raciocinio que le caracterizaba nos muestra que en virtud del principio utilizado por la ciencia, por el que se establece que todo efecto proviene de una causa, necesariamente tenemos que admitir el axioma que para todo efecto inteligente tiene que concebirse igualmente una causa inteligente. De este modo, se hace evidente la existencia de Dios a través de sus propios atributos, es decir, de los efectos que tal existencia muestra en la Naturaleza. Y que podemos entender tanto a través de nuestra facultad racional como de nuestra capacidad de sentir.

Así pues, el Espiritismo hace de la existencia de Dios un principio básico como fundamento de nuestra propia condición de posibilidad de conocimiento. Dios, con relación a nosotros mismos, es la Providencia misma en su más alta expresión, esto es, el Signo infinitamente por encima de todas las posibilidades humanas de manutención y preservación de la vida, desde la conciencia lucida de nuestro propio entendimiento y desenvolvimiento. Dios provee todo en beneficio de sus creaturas, sentando Su ley inmanente en la propia conciencia, y, dejando, en el uso de su libre albedrío el cumplimiento de los designios de esa Providencia, que establece la solidaridad para con todo y con todos. De esta forma, el ser va ampliando su conciencia y aprendiendo a actuar en conformidad a las leyes naturales, que son las leyes de Dios, haciéndonos del mismo modo partícipes de Su acción providencial y de la construcción de nuestro propio destino.

León Denis expone de forma poética esta Solicitud de Dios para con todo y todos cuando expresa en Después de la muerte que el alma ha sido creada para la felicidad; mas para apreciar esa felicidad en todo su valor, para conocer su precio, es menester que la conquiste ella misma y que para esto desarrolle libremente las facultades que le son propias. Así vemos la necesidad de instruirnos y de ejercitar la voluntad, sin faltarnos nunca el auxilio y la protección. Es así como Dios nos confió a Jesús, dándonos la certeza de que jamás estaremos desamparados en este proceso. Y acogiéndonos una vez más al pensamiento del insigne Denis, con relación a la vivencia de la propuesta impostergable del maestro Jesús, recordar que todo el poder del alma –para alcanzar éste fin, la construcción de nuestro destino en dirección a Dios- se resume en tres palabras: querer, saber y amar.